Reseña de Pedro Fdez. Barbadillo Una vacuna contra la leyenda negra y el pesimismo antropológico

Tercios. Historia inédita de la legendaria infantería española, de José Javier Esparza
La Esfera de los Libros. 346 págs.


Cualquier joven español se sabe los nombres de las cinco playas del desembarco de Normandía y los de una docena de generales alemanes de la Segunda Guerra Mundial, pero desconoce los de cinco batallas victoriosas de los ejércitos y las flotas españolas del Siglo de Oro y los de cinco jefes militares del Imperio.

No es sólo culpa de la educación. Es difícil oponerse a los videojuegos, el cine de Hollywood y los magníficos escritores anglosajones; pero algo podría hacerse si hubiera voluntad. Recientemente, RTVE financió una película sobre una de las mayores obras de la España, la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1814) montada por la Corona para difundir en los reinos de América la vacuna de la viruela, descubierta unos años antes. Cuando el descubridor de ésta, Edward Jenner, se enteró de la expedición, exclamó: “No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este”. ¿Y qué hizo la industria del entretenimiento española con esta proeza? Enjaretar una sarta de tópicos progresistas: obispos y aristócratas que proponen en el Consejo de Indias que la vacuna se venda; un esbirro que se introduce en el barco para envenenar a los niños; y, por supuesto, el castigo de los malvados.

Frente a estos ‘tanques’ hay varios guerrilleros, cada vez más, por suerte. Entre los escritores empeñados en recuperar y honrar nuestra historia, porque en ella encontramos acontecimientos y personajes dignos de admiración y respeto, destaca el periodista José Javier Esparza, un verdadero experto en la divulgación histórica. Como escritor, acaba de publicar un libro sobre los Tercios, atractivo no sólo por su contenido, sino también por una veintena de ilustraciones dibujadas por José Ferré Clauzel.

Esparza narra el nacimiento de los Tercios en la guerra de Granada y su traslado por Gonzalo Fernández de Córdoba a Italia, donde vencieron una y otra vez a los reyes franceses. Después, cuando Carlos de Habsburgo era rey de España y emperador, los Tercios se trasladaron a Alemania y Francia, para combatir a los príncipes protestantes y a Francisco I. Por último, en el reinado de Felipe II, la sublevación de parte de los flamencos, apoyada por los Valois y por Isabel de Inglaterra, asoció los Tercios con Flandes.

El Gran Capitán combinó innovaciones técnicas (el arcabuz) con una nueva disposición de las tropas (piqueros, arcabuceros, rodeleros y caballeros) en una unidad denominada Tercio. Tanto los piqueros como, sobre todo, los arcabuceros se convirtieron en la tropa decisiva en el campo de batalla, lo que tiene consecuencias no sólo en la guerra, sino también en la sociedad, pues los jinetes, de origen aristocrático, perdieron importancia y la ganaron esos infantes, reclutados entre los villanos.

Muchos españoles y súbditos del resto del Imperio –el autor subraya el componente internacional de esta fuerza militar: españoles, italianos, valones, alemanes, croatas…– acudieron al ejército no por el dinero, que era escaso y llegaba tarde, sino por el ascenso social que permitía.

El entrenamiento y la profesionalidad de los Tercios era tal que en muchas batallas las bajas se limitaban a un puñado de soldados. ¡Uno solo en la batalla de Bicoca y por la coz de una mula! Pero insiste Esparza en que la imbatibilidad de los Tercios no se debía a su superioridad en el armamento, en la intendencia, en hombres sobre el terreno o en demografía: “No todo era valor y destreza; los Tercios eran, además, inteligencia”.

Desde luego, sin el entrenamiento y sin elementos nacidos del ingenio, los soldados de los reyes de España no habrían constituido el ejército que dominó Europa. Pero había fuerzas inmateriales, desde el conocimiento científico al honor y la disciplina. En la misma época, al otro lado del mundo, en América, pequeños grupos de españoles conquistaban los enormes imperios militares azteca e inca. ¿Gracias a los caballos –que se limitaban a unos pocos– y a los arcabuces –cada disparo exigía unos 20 minutos de recarga–? No, fueron mucho más decisivos los pactos de los conquistadores con los pueblos oprimidos, la diferencia de estrategias militares entre unos y otros, la religión católica que confortaba y animaba a los españoles...

Entre los frutos de este trabajo de constante adaptación y mejora hecho por la corona y los generales, podemos citar el ‘Camino español’, la ruta que unía por tierra Milán con Flandes. No sólo consistió en un despliegue de puentes y caminos, sino, también de riqueza para los pueblos que atravesaba, ya que el duque de Alba subastaba los suministros y el hospedaje; así no hubo saqueos. Otra novedad fue la formación de la primera infantería de marina, es decir, de soldados entrenados para navegar, combatir en batallas navales y realizar desembarcos, como hicieron los Tercios en las islas Azores.

Consecuencia de esa “milicia de hombres honrados”, añade Esparza, es un código de honor y de disciplina muy severo, pero aceptado voluntariamente por todos los soldados. Estas normas, por ejemplo, establecen el saqueo de los enemigos derrotados, pero sólo después de la victoria; y castigan con la pena de muerte las violaciones de mujeres. Un punto este último que asombra en nuestra época, en que la violencia sexual se ha convertido en un arma más de las guerras, sea en África, sea en Europa o sea en América.

Tercios. Historia inédita de la legendaria infantería española es una vacuna contra la leyenda negra y el pesimismo antropológico que sufrimos los españoles y, también, contra la “ideología del arrepentimiento” que está arrasando Europa.


Pedro Fernández Barbadillo es periodista, crítico y escritor

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