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La ruta del voto

Javier Zarzalejos es secretario general de la Fundación FAES
13.05.2015

El titular se ha reproducido casi literalmente por casi todos los medios de comunicación: “El PP gana las elecciones pero necesitará a Ciudadanos para gobernar”. Algunos –tal vez muchos– votantes agónicos del Partido Popular habrán respirado aliviados ante la presentación que se ha hecho de las encuestas. “Al final, –pueden pensar– la composición cambiará un poco pero la mayoría será la misma”. Si eso es lo que creen, deberían matizar su confianza con una sensata dosis de cautela.

Esa afirmación reiterada e invariable de que “el PP necesitará a Ciudadanos para gobernar” se ha convertido en uno de los malentendidos más peligrosos para el Partido Popular en estas elecciones. Por un lado, transmite la idea equivocada de que Ciudadanos es un partido nacido para consolidar el poder del PP, como si su objeto fundacional fuera completar las mayorías que el PP no obtendría por sí mismo, lo cual está muy lejos de ser cierto. Por otro, porque al distorsionar de esa manera lo que Ciudadanos es, se consolida la creencia entre algún segmento del electorado popular de que el PP y Ciudadanos son votos intercambiables, que tienen un origen común y que en las instituciones tendrán un mismo destino.

Ciudadanos es un partido metido de lleno en la competición electoral como cualquier otro y, como es obvio, nada hay de reprochable en ello. Pero en este caso, ocurre que disputa al PP votos y espacio político. Su objetivo, por tanto, no puede ser otro que el de acabar con ese Partido Popular que a partir de 1990 reúne a todo lo que está a la derecha de la izquierda y derrota a esta en tres de las cinco elecciones generales habidas desde 1996, dos de ellas con mayorías absolutas.

Un partido es un acervo ideológico tanto como un proyecto de poder. Un sector del electorado que en general se ha identificado con el PP puede sentir cercanía ideológica a Ciudadanos, sobre todo si no se ha ocupado de conocer con un cierto detalle una buena parte de sus propuestas, si pasa por alto su propia definición como partido de izquierda o si olvida que su socio deseado no es el PP sino UPyD. La confrontación con el nacionalismo secesionista catalán, la explotación mediática de la imagen de su líder y la sonoridad del discurso político –lo único que puede hacer porque en la gestión está inédito– han suscitado el interés de votantes del Partido Popular que, por otra parte, ven muy reducido el coste afectivo y político de un eventual cambio en su voto. Es una hipótesis razonable pensar que muchos de ellos quieren que gobierne el PP aunque su voto vaya finalmente a Ciudadanos y no encuentran contradicción entre una cosa y la otra; es más, creen confiadamente que es lo que va a ocurrir.

Sin embargo, cualquiera que sea la proximidad ideológica que cada cual perciba en Ciudadanos, hay una lógica de poder que sitúa a este partido en rumbo de colisión con el PP, ahora y después de las elecciones. Eso no significa que no pueda haber colaboración, ni un terreno de entendimiento en esta o aquella comunidad autónoma o en este o aquel ayuntamiento. Lo que sí quiere decir es que se trata de proyectos políticos diferentes y que, en el caso de Ciudadanos, y más aún como partido emergente, esa diferencia se plasmará en opciones de poder que no pasarán por el Partido Popular sino, a menudo, contra el Partido Popular y, en todo caso, para la sustitución del Partido Popular como objetivo.

Lo que sin duda hay que reconocer a Ciudadanos es su habilidad para cubrir con un velo de firmeza ideológica y de virtuosa lejanía a las aspiraciones de poder, lo que resulta ser una llamativa versatilidad táctica y un notable pragmatismo. Ciudadanos “puede pactar con PSOE, PP y hasta con Podemos” como acaba de declarar Albert Rivera, una afirmación que cuadra mucho mejor con un político “tradicional” de la escuela italiana de Andreotti que con el líder de un partido que hace bandera de la transparencia y del respeto a la voz de los ciudadanos sin las distorsisones de la vieja partitocracia. Esas maniobras serían propias de los partidos a los que desdeñan sin distinción como “tradicionales”, pero no del partido que se atribuye la fórmula de la renovación. Hace unos días se oía a Rivera decir que no le importaba sacar uno, cinco o veinte escaños –no recuerdo si esta era la secuencia exacta–, sino que lo que quería era cambiar el país. Con la peculiar lógica de un estudiante que dijera que le da igual sacar un cero o un cuatro porque lo que él quiere es aprobar la asignatura, junto a la “transversalidad” que alienta sus cálculos tácticos y su deliberada neblina discursiva, Ciudadanos proyecta un mensaje poco sincero de amable antipolítica que hace pasar desapercibidas ante muchos potenciales votantes sus aspiraciones de poder, tan reales como legítimas, pero que, desde luego, no están llamadas a coincidir en un encuentro ineludible con el Partido Popular.

Ciudadanos ha dicho por boca de su presidente que puede pactar con el PP, con el PSOE “y hasta con Podemos”. Se trata simplemente de creer a Albert Rivera; sobre todo los que consideren la posibilidad de votar a su partido.

 

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