Turquía: entre la muerte y la malaria Deniz Torcu es economista y máster en Estudios de la UE y en Relaciones internacionales

19/07/2016

El intento de golpe de Estado en la noche del viernes 15 de julio ha sido una sorpresa tanto para Turquía como para la comunidad internacional. A pesar de haber sobrevivido a una historia llena con golpes de Estado en el siglo pasado, nadie preveía un nuevo –y débil– intento de tomar el poder en este siglo. Una fracción del ejército turco supuestamente vinculada a Fettulah Gülen, el clérigo islámico que reside en Pensilvania desde hace décadas en un exilio autoimpuesto, trató de tomar el control del Estado de una manera bastante torpe, apenas cerrando puentes y enviando tanques a los principales aeropuertos, mientras que el objetivo principal, Recep Tayyip Erdogan, era capaz de detener tranquilamente sus vacaciones en la costa del Sur para conectar con los medios de comunicación a través de su teléfono móvil.

Nada más aterrizar con total seguridad en el aeropuerto Ataturk de Estambul, Erdogan pidió a la gente salir a las calles. Su llamada fue seguida de inmediato por miles de seguidores y tuvo el eco de numerosas mezquitas que comenzaron a llamar a la oración, para apoyar al Gobierno y luchar contra los rebeldes del Ejército. Y con las primeras luces del sábado 16, Erdogan anunció que “el Presidente y el Gobierno democráticamente elegidos están a cargo de la situación y todo terminará bien”. Al cabo de pocas horas, grandes fracciones rebeldes del ejército comenzaron a entregarse a una policía que en todo momento se mantuvo leal a Erdogan.

El intento fallido ha dado lugar a más de 200 muertos, más de 1400 heridos, cerca de 8000 agentes de la policía suspendidos y unos 7500 miembros del poder judicial y militar, incluyendo varios generales, detenidos. En esta lucha encarnizada por el poder absoluto entre dos fracciones islamistas, ha ganado definitivamente una. Sin embargo, es un error la lectura apresurada realizada por algunos analistas y medios internacionales. La democracia no ha ganado. El intento de golpe permitirá justificar al actual Gobierno sus recortes de libertades y una mayor islamización del país.

Durante años, el Gobierno del AKP, gobernado como un movimiento de un solo hombre por el propio Erdogan, ha alineado al público general con su modelo autocrático polarizando a la sociedad hasta un punto alarmante. El modelo de república laica promovido por Kemal Ataturk está siendo sustituido por un nacionalismo populista que pretende crear un nuevo imperio otomano anclado en los principios fundamentales del Islam. La libertad de expresión está siendo brutalmente reprimida y se ha reiniciado una guerra contra los rebeldes kurdos, cuyas consecuencias se están sintiendo en todo el país. El fin último y no disimulado de Erdogan es incrementar sus poderes constitucionales transformando el sistema democrático parlamentario en uno presidencial autoritario, donde ninguna voz contraria pueda oírse sin sufrir las represalias de los afines al Presidente.

Todos los ciudadanos están sufriendo ya en carne propia el recorte de libertades. Según la clasificación mundial de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras del año 2016, Turquía se encuentra en el puesto 151 de los 180 países del mundo. La represión abarca desde el caso de un estudiante de 16 años, que fue detenido por insultar al presidente, a la antigua Miss Turquía, represaliada por un poema crítico compartido sobre el presidente en las redes sociales.

Desde el año 2002, varias agencias de noticias han sido expropiadas por el Gobierno para entregarse a empresas cercanas al AKP. Se han usado inspecciones de impuestos y multas tributarias para intimidar a otros medios de comunicación, que se ven obligados a autocensurarse para no ofender a Erdogan. Cualquier periodista que es crítico con el gobierno es despedido y en algunos casos, encarcelado. Actualmente más de una docena de periodistas continúan en prisión y varios periodistas extranjeros están bajo la amenaza de deportación.

Las redes sociales también han estado sufriendo una gran represión y varias redes han sido bloqueadas en momentos de crisis en el país para que los ciudadanos no tengan acceso a fuentes de información. En 2015, Twitter hizo público que más del 70% de las peticiones de eliminación de contenidos en la primera mitad del año provino de las autoridades turcas.

La libertad de expresión no ha sido la única que se ha visto empeorar bajo el Gobierno del AKP. Con la nueva legislación aprobada en 2013 es ilegal vender productos de alcohol en cualquier sitio que se encuentre a menos de 100 metros de cualquier institución de educación o mezquita, cosa que exige la prohibición de la venta de alcohol en la mayoría de los restaurantes en todo el país, dado la gran cifra de dichas instituciones.

Imponiendo un nuevo estilo islamista de vida cada vez más hostil y estricto, Erdogan no dudó en hacer públicas sus ideas de que las mujeres y los hombres por su naturaleza no se pueden considerar iguales y que una mujer que no es madre, es una mujer incompleta; de allí su propuesta para que a todas las mujeres den a luz a por lo menos tres hijos o más y renuncien a una vida profesional para ser amas de casa.

Sin duda, un golpe militar no puede ser nunca una respuesta a estos recortes de libertades ni una solución a cualquier tipo de problema de falta de democracia, y no sólo por las consecuencias dramáticas de la violencia con la que se desarrollan. Sin embargo, es un error no percatarse de que Erdogan está muy lejos de ser un “héroe de la democracia”, sino más bien una seria amenaza para que esta se consolide si no cuenta con checks and balances. Si se permite que estos límites al poder desaparezcan y se consolide un régimen autoritario islamista, los días más oscuros de Turquía no estarán muy lejos de llegar.

Las gobiernos y las sociedades civiles de la Comunidad internacional deben comprender que este intento de golpe que ha fracasado sólo ayudará a mejorar el control autoritario y la crueldad del Gobierno de Erdogan y su mafia de seguidores para apropiarse de la religión y del Estado hasta hacerse con el poder absoluto y eliminar cualquier sombra de oposición.

Un viejo refrán turco dice cuando uno tiene que elegir entre dos escenarios terribles “ha de elegir entre la muerte y la malaria”. El golpe de Estado exitoso habría sido la muerte. Un Erdogan aún más autoritario, ensimismado y dueño del poder absoluto, como será el resultado de esta intentona fracasada, será la malaria… O también la muerte. El tiempo nos dirá.

Deniz Torcu es economista y máster en Estudios de la Unión Europea por la Universidad de Estambul y en Relaciones Internacionales por IE Business School

Turquía: entre la muerte y la malaria