Los muertos de todos Editorial de FAES

21/12/2016

Al líder de la extrema derecha alemana Marcus Pretzel le ha faltado tiempo para lanzar sobre la canciller Angela Merkel los cadáveres del mercado de Navidad de Berlín. Cuando se creía que el primer detenido –un paquistaní que llegó a Alemania como refugiado hace un año– era el autor de la masacre, Pretzel, presidente de Alternativa por Alemania, vio la oportunidad: “Estos son los muertos de Merkel”, regurgitó en su cuenta de Twitter. Los radicales –si utilizamos un término suave para caracterizar a personajes de esta catadura– se emparentan en el aprovechamiento de las peores tragedias traficando políticamente con el asesinato masivo. Ahora resulta que también en Alemania.

Pero pese a lo que le gustaría a Marcus Pretzel, pese al rédito electoral que pueda conseguir, por impopulares que puedan ser las decisiones de la canciller sobre los flujos de inmigrantes y refugiados, los muertos de Berlín no son de la Sra. Merkel y no sólo porque semejante acusación sólo pueda gestarse en una personalidad moralmente enferma, sino porque es la más perversa y suicida condonación de las responsabilidad de los verdaderos culpables.

Es verdad que a los que han convertido en un oficio la explicación de los crímenes yihadistas, cada vez les resulta más difícil construir “causas” que señalen responsables distintos a los verdaderos asesinos. En París o en Niza dicen que atentaron porque la aviación francesa estaba bombardeando posiciones del Estado Islámico; sin embargo, no encajaba que Francia fuera atacada habiéndose opuesto a la intervención en Irak. De Bélgica sólo se puede decir que es la sede de las instituciones europeas y la explicación es más complicada, salvo que se considere que lo europeo, en tanto que occidental, arrastra una culpa perpetua que lo transforma en objetivo permanente y “comprensible” del yihadismo.

Pero… ¿Alemania? Alemania se opuso a la intervención en Iraq, su papel en la coalición internacional que combate al Estado Islámico en ese país es irrelevante, los contribuyentes alemanes aportan sumas millonarias a enormes programas de cooperación y la canciller Merkel ha puesto en juego su propia suerte política abriendo las puertas de par en par a los inmigrantes, refugiados y desplazados por los conflictos desde Afganistán hasta Libia. Pocos países como Alemania cumplen tan cabalmente el canon buenista que, según esta lógica, debería haberle mantenido libre de la amenaza yihadista. Lo que ocurre es que la supuesta lógica del buenismo falla porque no es una exigencia moral sino una coartada. Y cuando un camión estrellado contra un mercado navideño en Berlín destruye la coartada buenista, su vacío lo aprovecha otro extremismo para vomitar su propia mentira: “estos muertos son de Merkel”. No. Sería demasiado fácil que fueran de Merkel; demasiado tranquilizador que fueran de Merkel porque entonces sólo habría que hacer que se fueran con ella. Son muertos de todos, pero no porque hayamos incurrido en ninguna culpa colectiva, sino porque merecen ser reivindicados como parte del “nosotros” que constituye el objeto de su odio, un odio que ni distingue, ni exime.