El espectáculo interminable del secesionismo catalán Miquel Porta Perales es crítico y escritor

07/02/2017

Para el nacionalismo catalán, el juicio contra Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau –expresidente, vicepresidenta y consejera del gobierno de la Generalitat respectivamente–, por los delitos de desobediencia grave y prevaricación administrativa en la convocatoria del “proceso participativo” del 9 de noviembre de 2014 –de hecho, un referéndum encubierto–, suspendido por una resolución del Tribunal Constitucional, es importante por el hecho en sí y por la campaña propagandística que lo acompaña.

El juicio permite escenificar el conflicto entre el Estado y “Cataluña”. Un Estado –ahí está el relato del independentismo que el juicio ha desatado– que no reconoce el “derecho a decidir”, que no tolera que el gobierno de la Generalitat cumpla “el mandato democrático” de consultar a la ciudadanía, que “niega la convocatoria y celebración de un referéndum para que el pueblo catalán decida libremente su futuro político”, que es “enemigo de algo tan democrático como las urnas”, que “es incapaz de dialogar” con la Generalitat, que “judicializa la política”. Un Estado “no democrático”, o que vive en la “anomalía democrática”, que obliga al “pueblo” a salir a la calle, no solo en apoyo de los encausados, sino en defensa de la democracia y de los ciudadanos de Cataluña, porque “el 6F nos juzgan a todos”.

La campaña propagandística impulsada por la Generalitat y sus terminales mediáticas, así como la movilización promovida por esa fiel infantería del “proceso” que es la Asamblea Nacional Catalana, es de trascendental importancia. El nacionalismo catalán –ante el previsible colapso del “proceso”– necesita jugar la última carta que le queda: una manifestación de apoyo a los mártires encausados –también al “proceso”– que sea la expresión de la firme convicción de un pueblo que no está dispuesto a renunciar al “derecho a decidir” y a la República Catalana Independiente. Aseguran que “esto va de democracia” y quieren que se visualice el conflicto con un Estado que se cierra sobre sí mismo. En este sentido, la movilización –otro espectáculo del secesionismo– juega el papel de termómetro del proceso. Aunque Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau sean unos protagonistas políticamente amortizados.

Frente a eso, ahí está el pueblo, en la calle, decidido a no renunciar a las urnas y al voto. Movilizar a los indignados nacionalistas en beneficio propio, ese es el propósito del independentismo catalán. El indignado útil, podría decirse. Hay que demostrar que la “revolución de la sonrisa”, que “no ha tirado ni un papel al suelo ni ha roto ningún cristal”, continúa, vigorosa, su lucha pacífica en defensa del futuro nacional de Cataluña. Y nadie, ni el Estado, ni los Tribunales, podrán impedirlo. Y menos en una sociedad democrática. Ese es el mensaje legitimador que el independentismo lanza a los catalanes, a los españoles y al mundo. Y si conviene “iremos a los tribunales de Justicia de Europa”. Y Artur Mas, “tranquilo y sereno”, con “la cara bien alta”, sin “pedir perdón por nada”, “noble defensor de lo que mucha gente pedía”, concluye que nos “querían arrodillados y nos encontrarán de pie”. Esa es la retórica del que presumía de “astucia” y no escondía que quería “engañar al Estado”.

¿Que la democracia es el respeto de la ley y de la legalidad del Estado de derecho encarnada en la Constitución? Eso no cuenta. ¿Que a los tres encausados se les juzga por desobedecer presuntamente un auto del Tribunal Constitucional que señala que no se pueden hacer “actuaciones de preparación de dicha consulta o vinculados a ella” ni “cualquier acto de cualquier naturaleza que entorpezca la ejecución de la suspensión” de la consulta del 9-N? Eso no cuenta. ¿Que los encausados declaran ante un Tribunal independiente e imparcial en un juicio justo? Eso no cuenta. ¿Que uno de los actos más estimulantes de una democracia es el hecho de poder defenderse ante un Tribunal? Eso no cuenta.

Lo que cuenta es el agit prop independentista a cualquier precio con el objeto de insuflar oxígeno a un “proceso” que se ahoga. Lo que cuenta es desprestigiar las instituciones, fantasear con inexistentes “juicios políticos”, coaccionar al Tribunal –en la performance callejera participan cargos electos y una consejera del gobierno de la Generalitat pide a los funcionarios que asistan al evento– amparándose en la libertad de expresión, construir una legitimidad alternativa a la legalidad democrática. Lo que cuenta es la impunidad buscada. Lo que cuenta es tensionar el ambiente, provocar y desafiar al Estado con la esperanza de que reaccione de forma desproporcionada y así anunciar a los cuatro vientos la urgente necesidad de que Cataluña, como si de una colonia de España se tratara, alcance la independencia por ser lo que es.

Y lo que también cuenta es calentar y recalentar el ambiente, agitar sentimientos, desatar emociones y ardores, colonizar la consciencia. Y apelar al pueblo hablando del “mandato democrático”, de “la verdadera democracia”, del “poder de las urnas”, de la “rebelión democrática”, de “visión y sentido de país”, de “construcción o reconstrucción nacional”. El nacionalismo catalán es una de las manifestaciones más acabadas del populismo mediterráneo. Una imagen para la historia del populismo universal: el paseíllo de las máximas autoridades políticas de la Cataluña autonómica, presidente de la Generalitat de Cataluña y presidenta del parlamento de Cataluña, convertidos en figurantes de la sociedad del espectáculo, desfilando por las calles de Barcelona al son de cánticos patrióticos y consignas independentistas. La megafonía: “Ha llegado el día de cambiar el curso de nuestra historia. Tú eres necesario. Tú sabes que es posible. Juntos lo haremos posible”. “No estáis solos”, responde el Pueblo reunido frente al Palacio de Justicia. Antológico.

No se confundan: aquí y ahora al nacionalismo catalán, sin ningún plan alternativo más allá de un referéndum vinculante que no llegará, solo le interesa la táctica, es decir, la continuidad de un “proceso” –¿para qué?, ¿quizá para vender cara la rectificación?– que amenaza descomposición, ruina, desguace, desengaño y frustración. Por decirlo coloquialmente: lo que interesa al nacionalismo catalán, especialmente a los políticos y partidos nacionalistas, no es otra cosa que salvar el pellejo y los muebles. Por eso trasmite el mensaje de que estamos ante un conflicto político que solo podrá solucionarse pactando un referéndum vinculante y efectivo con el Estado. Por eso tergiversa y manipula la realidad. Por eso se victimiza. Por eso desprestigia las instituciones. Por eso da muestras de deslealtad institucional. Por eso recurre a los indignados útiles que siempre acompañan al dictador o redentor de turno. Por eso se manifiesta justo al lado del Arco de Triunfo de Barcelona, ese monumento donde, por cierto, empieza el paseo Lluís Companys. Todo un detalle.

El espectáculo interminable del secesionismo catalán