La respuesta a reformas mal hechas y plebiscitarias es 'no' Gianfranco Pasquino es profesor emérito de Ciencias Políticas (Universidad de Bolonia)

08/02/2017

Favorecidos por el escaso y a veces folclórico conocimiento que los extranjeros tienen del sistema político italiano, algunos voluntariosos profesores del 'sí', que han perdido a lo grande el referéndum constitucional del 4 de diciembre de 2016, continúan escribiendo cosas que son erróneas. Ninguno de ellos ha sabido responder en ningún momento a la pregunta clave: “¿Las reformas constitucionales sometidas a aprobación, habrían mejorado o empeorado el sistema político italiano?”. La respuesta de 19.420.000 electores, el 60% –no, por tanto, de restringidas elites negativas sino de una sorprendente mayoría de ciudadanos de carne y hueso– fue un cristalino “no”. Esas reformas gubernamentales, como argumentaron algunos exponentes del frente del NO: primero, no abordaban los problemas más significativos del sistema político italiano; segundo, habrían producido confusión y conflictos inter-institucionales que habrían empeorado el funcionamiento del sistema político; tercero, constituían una tentativa plebiscitaria del presidente del Gobierno Matteo Renzi para acrecentar su poder político personal.

Desde el primer momento, Renzi reivindicó como suyas las reformas, como las primeras reformas de los últimos treinta años (no es verdad: se hicieron reformas importantes en 1993, en 2001, en 2005, constitucionales y electorales) y apostó su carrera política anunciando su dimisión y abandono de la política en caso de perder. No ha sido fiel a su palabra y ha dimitido solo como jefe de Gobierno. Como secretario del Partito Democratico ha dirigido descaradamente su sucesión, imponiendo a Gentiloni y, ahora, le está debilitando para desencadenar elecciones anticipadas. No podrá lograrlo rápidamente, porque se ha abierto un debate sobre la ley electoral tras la sentencia de la Corte constitucional del 25 de enero de 2017 que ha abolido la segunda vuelta para la atribución de la prima en escaños de la mayoría, es decir, el corazón del Italicum, ley definida por Renzi y por su ministro Boschi como “una ley óptima que toda Europa envidiará y media Europa imitará”. Combinando reformas que reducían drásticamente los poderes del Senado con una ley electoral que daba enorme poder al partido y al líder que obtuviese la prima de la mayoría, Renzi pretendía cambiar de manera torticera la forma de gobierno arrinconando a la oposición.

El diagnóstico sobre el que se basaba la reforma estaba profundamente equivocado. Ni el bicameralismo paritario italiano ni, específicamente, el Senado, han sido nunca un obstáculo a la acción del gobierno. Los datos comparados, todos concordantes, ponen en evidencia que el bicameralismo italiano ha producido regularmente un número más elevado de leyes que el bicameralismo británico, alemán y francés, y lo ha hecho en tiempos de media inferiores. Casi el 85% de las leyes aprobadas son de iniciativa gubernamental. Más de la mitad de las leyes formuladas por el Gobierno Renzi fueron impuestas por decreto y aprobadas mediante voto de confianza. El Gobierno italiano obtiene lo que quiere y cuando quiere del Parlamento, siempre que sepa qué cosa quiere. Es verdad que en Italia ha habido 64 gobiernos de 1946 a hoy, pero también es cierto que solo ha habido 23 primeros ministros y que muchos ministros han permanecido en sus cargos largo tiempo, garantizando la continuidad de las políticas públicas. Es verdad que la duración media de un gobierno italiano es de alrededor de un año y medio, pero también es verdad que muchos Gobiernos, Craxi, Prodi, Berlusconi, se han mantenido durante dos, tres, cuatro años y que muchos jefes de Gobierno se han sucedido a sí mismos: desde Alcide de Gasperi (diciembre 1945-marzo de 1953), a Aldo Moro (diciembre 1963-junio 1968) o a Silvio Berlusconi (mayo 2001-abril 2006). Se podría continuar fácilmente.

Me limito a señalar dos hechos. Primero, el Gobierno de Renzi (febrero 2014-diciembre 2016) ha durado 1.011 días, es decir, casi tres años. Segundo, solo dos gobiernos italianos han caído a causa de la pérdida de confianza: Prodi, octubre de 1998, sometió a la Cámara una cuestión de confianza no necesaria; y Prodi, en enero de 2008, por una ajustadísima moción de censura en el Senado, obra de unos senadores que habían “vendido” su voto. ¿Un ejemplo de la clásica enfermedad parlamentaria italiana, el trasformismo? Ciertamente sí, pero en la reforma constitucional no se proponía ningún remedio al trasformismo. Para reforzar y estabilizar el gobierno, como saben los españoles y antes que ellos los alemanes que lo inventaron legalmente, se podía pensar en la introducción de la moción de censura constructiva. No se ha tomado nunca en consideración. Renzi estaba convencido de que la prima de la mayoría de la ley electoral lo habría hecho muy fuerte, mucho mejor y mucho más que cualquier mecanismo institucional “alemán” que hubiera podido incluso permitir a su mayoría sustituirle. Por último, los poderes de las regiones eran notablemente redimensionados y al Estado (o sea, al Gobierno) se atribuía la última y decisiva palabra gracias a la cláusula de supremacía: de un Estado regionalista a un Estado re-centralizador.

La debilidad de Italia en la Unión Europea depende poco de los mecanismos institucionales y mucho de la falta de fiabilidad de los gobernantes italianos, Renzi incluido, quizá con la única excepción de los dos Gobiernos dirigidos por Romano Prodi (1996-1998 y 2006-2008 con Tommaso Padoa Schioppa como ministro de Economía). Sin embargo, es impensable que la credibilidad italiana hubiera mejorado atribuyendo las políticas europeas casi en exclusiva al Senado reformado, compuesto por consejeros regionales nombrados por sus colegas, evidentemente sin ninguna consideración relativa a sus (casi seguramente inexistentes) competencias y conocimientos europeos, que no es el elemento central de su campaña para hacerse elegir en los varios consejos regionales.

En suma, las reformas constitucionales del Gobierno Renzi no solo no tenían sentido, sino que seguramente no habrían mejorado el funcionamiento del sistema político. También por esta razón han sido sonoramente rechazadas. No ha ocurrido ninguno de los desastres preconizados de manera intimidatoria por el Gobierno y por sus seguidores, también por muchos profesores del “sí” que esperaban recompensas y cargos. No ha ocurrido ningún ataque a la economía italiana. Ningún aumento de la prima de riesgo entre los bonos del Tesoro italiano y los alemanes. Incluso la crisis de gobierno se ha resuelto rápidamente, aunque no de manera convincente. El Gobierno Gentiloni es una fotocopia del Gobierno Renzi con un solo ministro nuevo (mujer, por lo demás responsable de las malas reformas constitucionales). Las dificultades italianas continúan, pero atribuirlas a los que han tumbado las reformas constitucionales es simplemente equivocado. Igualmente equivocado es sostener que las reformas habrían resuelto problemas mal identificados. Se pueden hacer reformas mejores, comenzando por la ley electoral. Es la tarea de una clase política digna de ese nombre. Desgraciadamente, en una situación en la que en casi todos los países europeos existe un problema de liderazgo, Italia no es una excepción. Los electores del NO han dicho que no quieren gobernantes inadecuados que enreden con la Constitución italiana. Nada más, pero sobre todo, nada menos.


*Tras la publicación del Papeles FAES del profesor Sergio Fabbrini, “El referéndum italiano y las elites negativas”, el profesor Gianfranco Pasquino expone en este Análisis FAES su distinto punto de vista respecto del reciente referéndum en Italia.

La respuesta a reformas mal hechas y plebiscitarias es 'no'