Tzvetan Todorov y Benjamin Constant: ¿dos vidas paralelas? Antonio R. Rubio Plo es analista y profesor

16/02/2017

Con Tzvetan Todorov desaparece otro destacado humanista de nuestro tiempo. Era un gran europeo, un perfecto continuador de aquella república europea de las letras que tuvo su momento de gloria durante el siglo XVIII, particularmente en Francia. Había nacido en Bulgaria, aunque había encontrado su patria de adopción en Francia. Fue el país que estimuló los años de su juventud y madurez, en el que dio el paso decisivo desde la especialización lingüística a un tipo de ensayo histórico-cultural en el que el ser humano jugaba un papel primordial. Sin embargo, reivindicar la importancia de la razón en la época posmoderna, en la que el viento sopla a favor del individualismo exacerbado y de un cierto irracionalismo, tenía que conducir a Todorov a la incomprensión y al ejercicio de una disidencia que no le tocó vivir en la Bulgaria comunista.

Cuando un autor escribe una biografía, suele hacerlo, salvo las típicas excepciones denigratorias alimentadas por los clichés ideológicos, para identificarse, en mayor o menor medida, con su biografiado. Por eso me llamó la atención que Todorov escribiera un libro, más ensayo que biografía clásica, sobre el pensador liberal Benjamin Constant (1767-1830), con el subtítulo de La passion démocratique. Constant era uno de los últimos ilustrados,  hombre de carácter tímido y reflexivo, pero también orador convincente en la Cámara de los Pares, uno de los pocos cauces para la libertad de expresión en la Francia de la Restauración borbónica que siguió a la caída del Imperio. Al igual que Todorov, conoció el exilio y nunca pudo ejercer un papel influyente en la vida pública tanto en la época de Napoleón como en la de los Borbones. Solo le dejaron el cauce de sus escritos, muchos de los cuales no se publicaron hasta bien entrado el siglo XX, aunque algunas de sus geniales intuiciones, inmortalizadas en discursos como De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, pronto se dieron a conocer.

Constant fue un defensor de los principios constitucionales y un fustigador de las tiranías de cualquier signo. Además puso de relieve la oposición entre la libertad de los antiguos, en la que los individuos estaban supeditados al poder de las asambleas políticas, y la libertad de los modernos, marcada por un individualismo al que la sociedad puede resultarle una carga abrumadora. Había vivido la primera concepción de la libertad en los tiempos de Robespierre, cuando la política fue elevada a la categoría de nueva religión al compás de las teorías de la voluntad general de Rousseau, pero también conoció una libertad moderna, mucho más prosaica y centrada en el individuo, después del desencanto de las guerras y revoluciones. ¿No le pasó otro tanto a Todorov, testigo de un asfixiante burocratismo comunista y crítico posterior de una sociedad, al este y al oeste de Europa, que pasó a entender los derechos humanos como una expresión del individuo aislado, distante de las relaciones sociales y familiares? Desde luego, Todorov fue siempre consciente de que detrás de la retórica política, comunista en el caso de Bulgaria, se ocultaba un individualismo exacerbado. La sociedad era sacrificada al Estado en nombre de un porvenir radiante, pero mientras se aguardaba el advenimiento de la Edad de Oro, los representantes del poder se anticipaban personalmente a los “amaneceres gloriosos” con la práctica habitual de la corrupción y el nepotismo. Por desgracia, hemos tenido ocasión de comprobar que estas conductas no son privativas de ningún régimen político.

Benjamin Constant y Tzvetan Todorov coincidían también en oponerse a los mesianismos. El primero no solo criticó el período del Terror de la revolución francesa sino también el autoritarismo de Napoleón, al que calificaba de hombre del cálculo personificado, capaz de ver a los demás no como seres normales sino como objetos. En las guerras napoleónicas algunos vieron una propagación de los ideales revolucionarios, aunque Constant solo percibió un ejemplo del espíritu de conquista y usurpación, calificativos que sirvieron para dar título a una de sus mejores obras, caída en el olvido y descubierta por algunos intelectuales franceses tras la ocupación de su país por la Alemania de Hitler en 1940. Por su parte, Todorov desconfiaba de los que quieren imponer el Bien por la fuerza. El colonialismo, el fascismo y el comunismo lo habían hecho así porque estaban convencidos de la superioridad de sus doctrinas, expresión de un supuesto mayor nivel de civilización. Pero al ensayista desaparecido también quiso poner de manifiesto que, a su juicio, en los años posteriores a la Guerra Fría y bajo el engañoso espejismo de la teoría del fin de la Historia, los países occidentales habrían cometido errores similares en Afganistán, Irak o Libia.

Todorov estudió además la psicología de Constant y resaltó su capacidad para la compasión, aunque a la vez subrayó que ésta puede ser un sentimiento inoperante para algunas personas. La piedad hacía a Constant tomar en consideración al otro, aunque esto conllevara el riesgo de paralizarle en sus relaciones sociales y afectivas. De hecho, su vida sentimental y familiar fue bastante agitada y un tanto decepcionante. A la brillantez del escritor y del teórico, Todorov contrapone los sentimientos del hombre. No es extraño que transcriba esta cita de Constant, fiel expresión de una nostalgia de afecto: “Una palabra, una mirada, un apretón de manos me parece preferibles a toda la razón y a todos los tronos de la tierra”. En cualquier caso, no es una cita elegida al azar. Quizás Todorov quería decirnos que deberíamos preocuparnos más del bienestar de los individuos concretos que de elaborar complejas teorías sobre el bien en general, que a veces solo sirven para derramar sangre.

Tzvetan Todorov y Benjamin Constant: ¿dos vidas paralelas?