Su futuro tras la Ley Básica El riesgo de Hong Kong para China

Gerardo del Caz es analista de geopolítica y economía.

En julio de 2017 se celebrará el vigésimo aniversario de la retrocesión del territorio de la antigua colonia de Hong Kong a China tras más de 100 años de control británico. En 1997, después de unas complejas discusiones entre Pekín y Londres, Hong Kong pasó a ser parte de China a la vez que mantenía una autonomía política en todos los asuntos relevantes y un sistema económico basado en el mercado.

El marco jurídico elegido fue la llamada “Ley Básica”, una mini constitución que recogía todas las especificidades del territorio y en donde Pekín sólo tenía competencias plenas en los asuntos de Defensa y Relaciones Exteriores. Los habitantes de Hong Kong tendrían el privilegio de vivir en un sistema básicamente libre en el que se garantizaba el derecho a la libertad de expresión, una economía de mercado con una regulación muy laxa y un régimen fiscal muy favorable. Añadido a esto se mantenía un sistema judicial propio y el mantenimiento de su propia moneda. Este principio, denominado “Un país, dos sistemas”, se reflejó en un tratado internacional entre Gran Bretaña y China y que tendría una duración de 50 años durante los cuales Hong Kong mantendría su situación especial.

Lo que fuere a pasar después de 2047 se dejó calculadamente abierto y sin precisar. Los habitantes de Hong Kong, a los cuales realmente nunca se les había preguntado nada, esperaban que conceptos como la economía de mercado o la libertad de expresión se traducirían en una consolidación de la libertad política que cristalizaría en el derecho al sufragio universal. Para China, la ausencia de referencias explícitas al futuro se entendió, y aún sigue haciéndose, como una integración definitiva del territorio en el resto de país y el final de la anomalía histórica que supone.

Esta divergencia de posiciones se manifiesta en la gestión de la autonomía política que la Ley Básica confiere al territorio y a la cuestión de cómo articularla: ¿Mediante una especie de gobernador que tenga el visto bueno de Pekín? ¿Mediante elección por la población hongkonesa? La cuestión del sufragio universal es el talón de Aquiles de Pekín. Aceptar el sufragio universal en el territorio sería una contradicción con lo que sucede en la China continental y supondría cuestionar las bases mismas del sistema sobre el que se asienta el orden político chino. Pekín siempre esperó que, garantizando la prosperidad de Hong Kong y acercándolo a su órbita política y económica, se darían las circunstancias para que la población del territorio se identificase con la del resto de China y, sobre todo, este acercamiento sirviera como ejemplo para Taiwán, el permanente problema político chino. Pekín ofreció un tratamiento preferencial a Hong Kong y facilitó que buena parte del exceso de capitales de su economía exportadora se pudiera invertir allí, favoreció el desarrollo del sector turístico y potenció la imagen del territorio como un centro de negocios de escala global. El resultado fue que Hong Kong, beneficiándose del espectacular crecimiento de la economía China en los últimos años, se consolidó como una de las ciudades más prósperas de Asia y del mundo.

Sin embargo, los palpables beneficios en materia económica desde la retrocesión no se han traducido en avances políticos para la población hongkonesa. De acuerdo a la Ley Básica, Pekín no ha permitido nunca que la Asamblea Legislativa de Hong Kong pudiera ser elegida directamente por los ciudadanos y ha mantenido un sistema de representantes cualificados que son escogidos por un selecto y restringido grupo de unos 1200 electores en el que destacan figuras empresariales y leales al Partido Comunista de Pekín.

China se apoya en una creciente e innegable dependencia de Hong Kong en todos los ámbitos. Hoy las empresas estatales chinas son los primeros inversores en el territorio y controlan sectores estratégicos como el energético, el financiero o servicios de telecomunicaciones e infraestructuras; el turismo chino es hoy uno de los motores de la economía del territoriogracias a los millones de visitantes que cada año van a Hong Kong desde el continente.

Por si fuera poco, paralelamente a esta influencia que es cada vez mayor, el crecimiento económico de China ha supuesto una pérdida de la importancia económica relativa de Hong Kong dentro de China en favor de ciudades como Shanghái, Pekín o Cantón.

Sin embargo, China, que tan cuidadosamente elige sus pasos en determinadas áreas políticas, puede cometer un error de cálculo. Desde 2014, Pekín cuenta con un Gobierno mucho más asertivo y con muchos menos complejos que los anteriores. Desde esas fechas se ha percibido una intromisión de Pekín en determinados asuntos del territorio como la educación o la censura a determinados movimientos, muy minoritarios, que abogaban por la secesión del territorio. La gota que colmó el vaso fue la censura de Pekín a varios líderes populares para ser miembros de la Asamblea legislativa. Esta actitud fue respondida de forma multitudinaria en las llamadas protestas de los paraguas, en las que miles de personas salieron a las calles para reivindicarse como una sociedad madura y mostrar la aspiración colectiva a unas elecciones libres. La desaparición de determinadas figuras que se oponían a Pekín, como algunos editores que luego aparecían retenidos por las autoridades chinas o, más recientemente, la de un millonario hombre de negocios alejado de las posiciones de Pekín, hace pensar que la intromisión de China en los asuntos diarios de Hong Kong se ha acrecentado. Pekín, en otra demostración de fuerza, vetó a numerosos candidatos no suficientemente alineados con Pekín a puestos en la Asamblea Legislativa.

La contestación a sus políticas crece en Hong Kong y la ausencia de censura ha supuesto un aumento del activismo y de la protesta que hace muy difícil sostener la idea de armonía social que esperan los líderes chinos. Las reacciones torpes se suceden y van en la línea de cortar la libertad de expresión tanto a particulares como a medios de comunicación, pero los resultados no son los que Pekín busca. Entre los jóvenes que no se identifican con un sistema político autoritario, represivo y que está por encima de la Ley, se está dando una creciente movilización a través de redes sociales en las que de forma continua se expresa la frustración que supone a los habitantes hongkoneses no ser capaces de elegir a sus representantes tal y como esperaban hace ya 20 años.

Hong Kong ha sido un centro de libertad desde incluso antes del dominio británico y tiene un acervo económico y social que lo convierte en un territorio dinámico, innovador y en donde la población es esencialmente libre y diferente del resto de China. De hecho, las reacciones chinas no han conseguido intimidar a muchísimas personas que activa y abiertamente critican al Gobierno chino y que siguen postulándose abiertamente en contra de Pekín y están consiguiendo una creciente movilización a través de redes sociales.

Aunque la vigencia de la actual Ley Básica esté garantizada hasta 2047, China quiere tener a Hong Kong controlado y busca una integración con Pekín tanto en el ámbito económico como político, y hasta en el afectivo, que debería producirse mucho antes. Pero, desde luego, ha descartado dar a los habitantes la capacidad de votar a sus representantes. Está por ver la reacción que esto puede suponer en Hong Kong.

En 1989, una protesta estudiantil en la Plaza de Tiananmen de Pekín, fue violentamente sofocada con una represión que se extendió a todas las universidades y que acalló las tímidas voces que pedían más libertad. Aunque desde el exterior se percibió como una evidencia de la brutal naturaleza del Régimen, la realidad es que, a ojos de Pekín, esa muestra de fuerza evitó que China siguiera el rumbo de la URSS y sirvió para que cualquier movimiento de contestación al Partido Comunista tuviera claro que Pekín no dudaría en actuar para preservar la estabilidad política y social. Después de Tiananmen no ha habido protestas relevantes y la evolución de la economía china y el crecimiento económico son, para Pekín, argumentos que apuntalan su gestión y su capacidad de mejorar progresivamente la sociedad. En Tiananmen, el Partido Comunista preservó la estabilidad y garantizó el orden social.

Es muy dudoso que el precedente de Tiananmen, es decir, el mantenimiento del orden a través de la represión de ideas y la imposición mediante la fuerza de criterios políticos, pueda tener el mismo resultado en una sociedad como la hongkonesa. El Gobierno chino puede cometer un fatal error de cálculo que genere una contestación generalizada en todo el territorio y que suponga un difícil problema de gestión política, además de un riesgo de contagio a otras áreas del país.

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