Ataque a la base de al-Shayrat El milagro Trump

Javier Zarzalejos

Javier Zarzalejos es director de la Fundación FAES

Quién iba a decir que una presidencia que hasta el momento parecía bastante caótica en la operación de la maquinaria política de los Estados Unidos conseguiría algo muy parecido a un milagro.

Los que ayer elogiaban como prudencia la inhibición de Obama a la hora de hacer valer sus propias líneas rojas en Siria, ahora apoyan con gran comprensión el ataque ordenado por Donald Trump sobre la base de al-Shayrat. Los que entendieron que 1.400 muertos por gas sarín en agosto de 2013 en la localidad de Guta a las afueras de Damasco no eran motivo suficiente para que Assad sufriera al menos una represalia, consideran ahora que 89 muertos en Jan Sheijun sí la legitiman. Los que en otras ocasiones se han atribuido la condición de implacables prescriptores de la legalidad internacional, ni siquiera se la plantean como ejercicio teórico en esta ocasión, como tampoco lo hicieron con la operación de cambio de régimen en Libia ni antes con la guerra de los Balcanes cuyo aniversario ha coincidido con el ataque americano.

Un conocido medio, siempre activo en la formulación de la superioridad moral del progresismo, haga este una cosa y su contraria, editorializaba sobre el particular en términos muy pudorosos: “Indudablemente lo ideal hubiera sido que la acción estadounidense hubiera venido precedida de algún tipo de respaldo multilateral. El mejor, sin duda, por parte de Naciones Unidas. Pero Moscú ya ha demostrado que está dispuesto a bloquear cualquier iniciativa del Consejo de Seguridad que vaya en detrimento de su protegido en Damasco”. Y en una perfecta expresión de solidaridad con Trump –otro pequeño milagro- sentenciaba: “Ante el bloqueo practicado por Moscú, Trump tenía poco margen de maniobra, especialmente si lo que quería era enviar un mensaje de firmeza a el Asad y a otros regímenes tendentes a violar impunemente los principios y tratados en los que se asientan la paz y seguridad internacionales”.

“Algún tipo de respaldo multilateral”. Así que era eso. Un dictador con impulsos genocidas, aficionado a utilizar contra su pueblo las armas químicas de las que aseguraba haberse deshecho -consiguiendo que todos le creyeran- y un Consejo de Seguridad de la ONU incapaz de cumplir su función primordial en la salvaguarda de la paz y la seguridad internacionales.

De modo que unas veces se actúa como portavoz de la legalidad internacional, otras basta con escenificar la indignación moral y, como último recurso si lo anterior falla, se echa mano del realismo más descarnado. Y en los tres casos se decide que quien razona así siempre está en la verdad. Produce cierto asombro que en apenas dos meses se haya pasado de echar de menos el pretendido multilateralismo de Obama y el repliegue de los Estados Unidos de sus responsabilidades globales, a suscribir que lo que ha hecho Trump es una enmienda a la totalidad de aquella no-política.

Es posible que el milagro de Trump demuestre la eficacia de sus mensajes a los europeos. Mientras la fortaleza de la relación transatlántica se daba por supuesta, el antiamericanismo en sus diversas versiones era un ejercicio político rentable y sin coste. Ahora que los Estados Unidos se han ocupado de aclarar a los europeos que el vínculo atlántico no deben darlo por supuesto, todo aquello de Europa como contrapoder de los americanos, y otras elucubraciones del mismo orden, ya no salen gratis. Por eso, el presidente más denigrado en menos tiempo ha conseguido su primer gran éxito político precisamente con una acción ofensiva en el escenario mundial más arriesgado. Si Trump ha lanzado un mensaje, también ha puesto a prueba la solidaridad de Europa. Y Europa, avalando su ataque en Siria, ha contestado con su apoyo, consciente de que no se puede permitir seguir agrandando la brecha con Estados Unidos.

Y por cierto, Trump ha hecho bien contestando a la masacre de Jan Sheijun, no sólo por cálculo político sino por principios inmanentes de derecho que las sociedades civilizadas no deben dejar decaer.

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