Reunión en Bélgica La OTAN: ¿una disyuntiva entre cañones y mantequilla?

Mira Milosevich es del Patronato de la Fundación

La última reunión de la OTAN, celebrada el pasado 25 de mayo para inaugurar su nueva sede central y dar la tradicional bienvenida al presidente electo norteamericano, tenía tres objetivos principales: 1) reafirmar el compromiso de los Estados Unidos con la OTAN, cuestionado durante la campaña electoral por Donald Trump, que había tachado a la Alianza de “obsoleta”, añadiendo que los EE.UU. no defenderían a los “países que no pagan”, a despecho del artículo 5 de sus estatutos fundacionales (un ataque contra un país miembro es el ataque contra todos los aliados), santo grial de la defensa colectiva y razón de ser de la OTAN; 2) insistir en el compromiso adquirido por los países miembros en la Cumbre de Gales (2014) de invertir en gasto militar el 2% de su PIB hasta 2024; y 3) anunciar la adhesión de la OTAN a la alianza internacional para la lucha contra el terrorismo liderada por los EEUU. Los tres objetivos forman parte de la campaña de Diplomacia Pública de la Alianza cuya intención es recordar que la OTAN, desde su creación en 1949, ha sido una estructura militar y una alianza política de países que comparten intereses y valores democráticos.

Durante la preparación de la cumbre el nerviosismo y la angustia eran altos, ya que los europeos no ven en Trump un líder con quien identificarse y menos entenderse, pero aun así, las expectativas de éxito de la reunión resultaban asimismo significativas. Pero la escenificación de la unión de la OTAN con la coalición internacional de lucha contra el terrorismo no ha sido suficiente para paliar la sensación de fracaso y la preocupación por el futuro de la Alianza.

Lo más destacado de esta minicumbre es el hecho de que Donald Trump entiende el concepto de la seguridad y defensa en términos de transacción económica y es indiferente a la dimensión política de la OTAN, así que el compromiso estadounidense con la defensa colectiva dependerá de la interpretación que haga del artículo 5 su imprevisible presidente.

Es cierto que los europeos no gastan en la defensa lo que deberían (en 1995, la contribución de los EE.UU. al gasto total de la Alianza era del 50% y en 2015 de 70%), ni como deberían (en Europa hay 17 diferentes sistemas operativos de armas, incompatibles entre sí, lo que impide cualquier acción eficaz, conjunta y coordinada), pero también lo es que no serán los únicos perdedores si el futuro de la OTAN se reduce a la decisión de en qué gastar más, en cañones o en mantequilla.

Si prevalece el trumpismo, los EE.UU. y Europa perderán y ganará Rusia. Europa es el activo estratégico (político, económico y militar) más importante de los EE.UU. La inversión duradera en seguridad europea ha traído enormes beneficios para los estadounidenses y los europeos, que son sus mayores socios comerciales.

¿Cuánto tardará Donald Trump en entender lo que entendieron todos los presidentes desde Harry S. Truman hasta Barack Obama, es decir, que las fronteras orientales de Europa son la primera línea de defensa de los EE.UU.? Vladimir Putin es un oportunista estratégico, no un imperialista a lo Joseph Stalin. Pero, con los EE.UU. en retirada, el expansionismo ruso representa una ganancia amplia con bajo riesgo para el Kremlin, como se ha comprobado en el caso de la anexión de Crimea. El trumpismo llevado a sus extremos haría realidad el sueño de Stalin: una Europa sin protección estadounidense que se vería obligada a subordinarse al Kremlin.

Queda por ver si los europeos serán capaces de convertir sus crisis, desacuerdos, angustia y frustración respecto a Trump en una actitud constructiva que suponga mayor responsabilidad hacia sí mismos y hacía su socio transatlántico, así como mayor eficacia a la hora de abordar los problemas. Pero, por ahora, en el contexto de los grandes desafíos políticos y en seguridad, sin un liderazgo firme (tenemos un Trump y un Juncker cuando necesitaríamos un Roosevelt y un Churchill), se impone una consideración estratégica elemental: resulta mejor y más barato preparar la defensa que una contraofensiva.

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