Tras las elecciones Irán ante la segunda victoria presidencial de Rouhani, ¿qué esperar?

Ana Belén Perianes Bermúdez, doctora en Seguridad Internacional

El presidente de la República Islámica de Irán y miembro del Partido Moderación y Desarrollo, Hassan Rouhani, fue reelegido el pasado 19 de mayo para un segundo mandato presidencial con un 57% de votos. Al contar con el apoyo de más del 50%, no hubo que celebrar una segunda vuelta.

Su principal rival y candidato de consenso de las facciones más conservadoras del país ratificado por el Frente Popular de Fuerzas de la Revolución Islámica, el principalista Ebrahim Raisi, contó con el 39% del apoyo ciudadano en unas elecciones con participación récord (41 millones de iraníes acudieron a las urnas, el 73% de los electores con derecho a voto).

En estos comicios se contó con la inscripción de 1.636 precandidatos, la cifra más elevada alcanzada hasta el momento en la historia de Irán. Las candidaturas de los inscritos para concurrir a las elecciones presidenciales son valoradas por doce teólogos y juristas islámicos del Consejo de Guardianes, que evalúan las credenciales políticas, revolucionarias y religiosos de los aspirantes basándose en el artículo 115 de la Constitución.

El Consejo anunció en abril la aceptación de seis candidaturas: El presidente en funciones, Hassan Rouhaní, el vicepresidente Eshaq Yahangirí, el presidente del Astan Quds Razavi, Ebrahim Raisí, el alcalde de Teherán, Mohammad Baqer Qalibaf, el exministro de Cultura, Mostafa Mir-Salim y el exministro de Industria, Mostafa Hashemitaba. Pero, durante la misma semana de las elecciones, renunciaron dos candidatos: Mohammad Qalibaf, ofreciendo su apoyo a Ebrahim Raisi y Eshaq Jahangiri, instando a sus seguidores a votar por Rouhani.

Hassan Rouhani, clérigo de perfil y retórica moderada e intelectual, movilizó a sectores pragmáticos y reformistas de la sociedad iraní. Su candidatura recibió el apoyo no solo de sus simpatizantes, sino el voto de aquellos que querían evitar un gobierno de Raisi, clérigo de alto rango ultraconservador de línea dura que forma parte del círculo de confianza del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei y al que se le considera como a uno de los favoritos para sucederle.

Raisi centró su campaña en la lucha contra la corrupción y la pobreza y ha criticado recurrentemente el acuerdo nuclear (JCPOA), firmado en 2015. Denota un claro rechazo hacia Occidente y cuenta con un pasado oscuro, ya que formó parte del comité que presidió las ejecuciones sumarias de miles de presos políticos en 1988.

La victoria presidencial de Rouhani ha significado un cierto alivio para la comunidad internacional y se perfila como clave para la continuidad de la política de moderación, apertura económica y hacia el exterior desarrollada durante su primer mandato presidencial (2013-2017), iniciado en un contexto económico desfavorable de recesión, depreciación monetaria, inflación, desempleo y pobreza. Su llegada al poder implicó el comienzo de una nueva etapa tras los ocho años de gobierno del ultraconservador Mahmoud Ahmadinejad.

La agenda política de Rouhani giró en sus comienzos como presidente en torno a la negociación con la comunidad internacional del acuerdo nuclear iraní que pusiera fin a las sanciones y permitiese el fin del aislamiento internacional de Irán. Sin embargo, la leve recuperación que ha tenido lugar en una economía como la iraní que lleva décadas estancada, no ha llegado a toda la población y el descontento de una buena parte con Rouhani por el incumplimiento de algunas de sus promesas, sobre todo en términos de mejora económica y apertura social, es notorio.

Cabría destacar que el poder de los gobiernos de turno en Irán para hacer reformas significativas es limitado. Las decisiones políticas en Irán son en buena medida elaboradas mediante consenso entre figuras destacadas del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, liderado por el ayatolá Ali Jamenei. Este último ejerce como árbitro final y es quien ostenta el poder en el sistema iraní, pero el papel del presidente de la República puede ser relevante en cuanto a su capacidad para dirigir decisiones hacia posturas más moderadas o radicales.

Por lo tanto, es difícil prever durante este segundo mandato presidencial de Rouhani mejoras significativas en lo que se refiere a los derechos humanos, los derechos de las mujeres, la libertad de expresión o los medios de comunicación basándonos en el lento progreso que se han producido en estos asuntos durante su primera etapa gubernamental.

En este sentido, no cabría tampoco esperar otras reformas políticas sustanciales debido a que las estructuras de poder (como la Justicia o el aparato de seguridad) se encuentran bajo el mando de los conservadores y, además, no olvidemos que, a pesar del carácter reformista de Rouhani, obtuvo la aceptación de su candidatura presidencial del Consejo de Guardianes, cuyo carácter conservador es característico.

En otro orden de ideas, es importante señalar que la reelección de Rouhani se significa como la continuidad de la política de integración en la comunidad internacional que ha venido desarrollando durante su primer mandato presidencial. A este respecto, la victoria de Raisi hubiera supuesto un giro aislacionista.

Irán es un actor clave en la configuración de poder en Oriente Medio. Es un referente mundial como productor de gas y petróleo; el Estrecho de Ormuz es vital en términos geoestratégicos; mantiene un conflicto religioso con Arabia Saudí, que se disputa entre sunníes y chiíes (y se traduce en la ayuda de Irán a los gobiernos chiitas en Irak y Siria y a los hutíes en Yemen y, por su parte, en el apoyo de Arabia Saudí y Catar a la creación de grupos sunníes insurgentes y contrainsurgentes en Siria e Irak y en los ataques de Arabia Saudí a los hutíes en Yemen); mientras que el acuerdo nuclear auspiciado por Rouhani produjo consecuencias geopolíticas de primer orden para la región, ya que reintegró a Irán en el escenario internacional bajo el recelo de sus vecinos, especialmente de Arabia Saudí y Emiratos Árabes.

Además, las rivalidades históricas entre Irán y Arabia Saudí se incrementaron notablemente en enero de 2016, cuando este último decidió ejecutar a 47 personas acusadas de terrorismo, entre ellas el prominente clérigo chií Nimr al Nimr. Las protestas en ciudades de Irán, Bahrein, Irak y Cachemira fueron destacables.

Ante este panorama, cobra relevancia el giro que el presidente Trump ha dado a la postura desarrollada por la Administración Obama en lo que a sus esfuerzos por mejorar sus relaciones con Irán se refiere. Por de pronto, Irán es uno de los siete países de mayoría musulmana a cuyos ciudadanos prohibió la entrada recién estrenado su cargo como presidente de Estados Unidos a través de una ley (ahora suspendida por la justicia estadounidense).

La Administración Trump ha colocado sus relaciones con Arabia Saudí e Israel en el eje central de la política estadounidense hacia Oriente Medio. Así se entiende su viaje el 20 de mayo (en pleno fin de semana electoral en Irán) a Arabia Saudí para cerrar acuerdos y sustanciosos negocios cerrando filas con los países árabes aliados de su Administración. Días más tarde, una de las paradas de su gira internacional fue Israel.

La visita del presidente Trump a Arabia Saudí para estrechar las relaciones con los Saud, con las monarquías del Golfo y con otros países suníes parece configurar las líneas que desarrollará la política exterior estadounidense hacia Irán, en las que cabría esperar medidas de contrapeso a su influencia regional.

De fondo, se vislumbran los temores de los aliados en la región de la Administración Trump en cuanto a que Irán pueda desequilibrar la balanza de poder a su favor.

#elecciones #moderado #Irán #apertura económica