Conocido el documento sobre la Unión Económica y Monetaria La Comisión Europea y su cansino diagnóstico sobre la Unión Monetaria

Fernando Fernández Méndez de Andés. IE Business School

La Comisión Europea ha publicado su esperado “Documento de Reflexión sobre la Unión Económica y Monetaria”. Confieso que no entiendo la lógica política, pues después de años discutiendo cómo profundizar en la integración económica y monetaria, nos vuelve a castigar con un documento lleno de escenarios, alternativas y opciones. A este paso, la unión monetaria va a superar al mercado de trabajo español como la cuestión más sobrediagnosticada de la historia del pensamiento económico. Porque el documento no contiene ninguna iniciativa nueva, sino que es más bien un compendio de todo lo que se ha dicho y escrito para completar el imperfecto diseño original de la UEM. Como nada está decidido, es tan fácil defenderlo como criticarlo, porque siempre encontraremos puntos de acuerdo y desacuerdo.

El documento se enmarca en una práctica política que pretende construir consensos involucrando a la sociedad civil en su formulación. Pero que, llevada al límite, supone la renuncia al liderazgo y solo genera frustración y desapego. Tampoco se trata de un Libro Blanco al estilo clásico, pues está lejos de presentar una discusión técnica en profundidad de las ventajas e inconvenientes de las distintas alternativas con sus correspondientes escenarios presupuestarios y económicos. Y, desde luego, no es un trabajo de una Comisión de Expertos, como pudo ser el Informe Lamfalussy en su momento.

La Comisión parte de un error preocupante, ese que los americanos llaman “over promise”. Al presentar la Unión Económica y Monetaria como el instrumento necesario para responder a la globalización y la revolución digital, y garantizar la cohesión social y la convergencia real, solo puede fracasar. Porque la política monetaria y el régimen cambiario solo son un instrumento más; un pacto tácito entre países por el que los exportadores tradicionales se aseguran mercados a cambio de garantizar a los importadores abundancia de capital y tipos de interés bajos. La política económica europea es y tiene que ser mucho más que el euro. Pero confundir política fiscal, reformas estructurales o política de competencia con el euro es un error. Como lo es utilizar la unión monetaria para hacer avanzar agendas económicas nacionales expansivas e intervencionistas. No son la inversión pública ni el seguro de desempleo europeo los que van salvar al euro, sino el funcionamiento eficiente de una unión monetaria, bancaria y financiera con los mecanismos de control y mutualización de riesgos necesarios para evitar que toda crisis bancaria se traduzca en una crisis soberana. El euro nunca va a asegurar la convergencia real, la equidad en la distribución de la renta o el empleo en la era de los robots. Como no lo hacen el dólar ni el yuan. Pero la implosión de la unión monetaria solo puede provocar caos.

Hubiera sido deseable que la Comisión separase claramente aquellos retos a los que ineludiblemente se enfrentan los Estados miembros y la propia Unión, con y sin euro, de aquellos otros que son específicos de una unión monetaria que nace incompleta y con un diseño manifiestamente mejorable. Es a estos últimos a los que debería dar respuesta. Claro que el euro es también algo más, un ambicioso proyecto político de integración económica y política. Algo que solo los británicos parecen haber entendido y nunca han compartido. Porque ese proyecto solo puede materializarse si el diseño institucional de la Unión Monetaria se completa y perfecciona. La Comisión, con este documento fallido, ha perdido una gran oportunidad para poner por escrito su manera de entender el grito de “todo lo que sea necesario” lanzado por Draghi.

Hace falta más ambición política que la que demuestra un documento que pospone cualquier decisión relevante al horizonte 2020-25, que no se atreve a mencionar la inevitable reforma de los Tratados, que ni siquiera presenta un mapa de ruta único con un calendario preciso y definido de medidas legislativas como hacía el Documento de los 5 Presidentes que está en el origen de la refundación necesaria de la Unión Monetaria Europea. Sobra complacencia y confianza en unos mercados financieros anestesiados por una política monetaria agresiva que ha anulado temporalmente el precio del riesgo.

No es de recibo que, a estas alturas, los temas más polémicos se sigan despachando con vagas alusiones a la necesidad de más tiempo y debate. Así sucede con los eurobonos que se liquidan con un elegante “desarrollar un activo europeo libre de riesgos plantea un conjunto de complejos problemas legales, políticos e institucionales” y se sustituyen por un confuso programa de titulizaciones públicas no mutualizadas. Sucede también con el seguro europeo de depósitos, del que no se aclara ninguno de los detalles técnicos necesarios para avanzar. Y sucede, sobre todo, con la necesaria facilidad de estabilización macroeconómica de la UEM, de la que nada se dice sobre su financiación (un impuesto nuevo, un desplazamiento de la carga tributaria actual de los Estados miembros a la Unión o una restructuración del presupuesto comunitario), ni sobre su estructura institucional (un desarrollo natural del MEDE o una competencia irrenunciable del nuevo Ministerio de Finanzas del Euro) y que se intenta justificar en la convergencia real y no en la sostenibilidad, confundiendo así su carácter de estabilizador automático con la oportunidad política para aumentar la inversión pública europea o crear un esquema europeo de seguro de desempleo cuyas consecuencias ni se discuten.

Una ambigüedad que se manifiesta abiertamente en el capítulo institucional donde la Comisión confunde su papel con el del Consejo, intentando mezclar ambos en la figura del Comisario del Euro y Presidente del Eurogrupo. Presenta además un confuso proceso de legitimidad democrática sugiriendo hacer a las instituciones europeas responsables también ante los Parlamentos nacionales, lo que es absurdo e inmanejable. Capítulo donde parece que pretende obviar el espinoso tema de la separación entre Unión Europea y Unión Monetaria como un mero problema de desajuste transitorio. Estamos, en definitiva, ante una nueva oportunidad perdida para liderar el proyecto europeo. O simplemente, como afirman algunos analistas más optimistas y sensibles, ante un ejercicio de diversión antes de los fuegos artificiales que vendrán tras las elecciones alemanas. En cualquier caso, sea por incomparecencia o porque seguimos entrenando, el partido no ha hecho más que empezar y, como en ocasiones recientes, estamos ante una oportunidad histórica para crear Europa y no solo para participar en lo que otros creen.

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