Análisis FAES 20 años después

Hace 20 años, en el espacio de pocos días, se producían dos hechos que sin exageración alguna puede decirse que han marcado la historia más reciente de España. Por un lado, la liberación de José Antonio Ortega Lara después de un secuestro que duró 532 días en condiciones atroces. Por otro, el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Ermua y víctima de la venganza de ETA por la liberación de Ortega Lara.

Por mucho que hayamos hablado de Miguel Ángel, por más que la palabra “Ermua” comprima emociones, decencia, solidaridad y virtudes que nos unieron en un compromiso común de naturaleza cívica y moral, todavía no somos conscientes del hito que su sacrificio representa en nuestra andadura como sociedad democrática.

Lo mejor que podemos hacer –y lo que merece el recuerdo– es sostener la vigencia de lo que significa.

En primer lugar, sigue vigente la razón y la dignidad de las víctimas del terrorismo. No hay “otras víctimas”, ninguna, ni remotamente comparables en ningún sentido a las víctimas del terrorismo de ETA como Miguel Ángel. Y tampoco hay una categoría de “todas las víctimas” que merezcan unirse en un mismo tributo de reconocimiento y dignificación.

En segundo lugar, hay que decir que ni las víctimas ni la ley han sido un obstáculo para el final de ETA, sino que han constituido los activos imprescindibles de una sociedad a la vez democrática y decente para acabar con el terrorismo. Hace unos días, en el curso organizado por FAES en El Escorial, Maite Pagazaurtundúa presentaba su iniciativa europea de reconocimiento y apoyo a las víctimas y afirmaba con razón que el reconocimiento de las víctimas no es sólo un imperativo moral sino que se trata de un activo crucial para derrotar a los terroristas.

La tercera consideración que puede hacerse tiene que ver con algo verdaderamente esencial que ocurrió en aquellos días de julio de 1997. Nos referimos al fin de esa manipulación que consistía en distinguir entre los fines, presuntamente legítimos de ETA, y sus medios rechazables.

Y fue crucial este rechazo tanto a los fines como a los medios porque aceptar fines legítimos dejaba a salvo el proyecto totalitario de ETA. Esos fines legítimos eran la coartada del nacionalismo institucional para converger con ETA en un mismo relato de legitimación de la violencia terrorista. A pesar de que el pacto de Estella un año después quiso recuperar esa falaz distinción, a partir de Ermua empezó a definirse que el terrorismo, la violencia, la coacción social de ETA, se alimenta de un proyecto político totalitario que es inaceptable por sí mismo, como luego declaró el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en la sentencia que validaba la ley de partidos y la ilegalización de las marcas políticas de ETA.

Y esta circunstancia lleva a una cuarta consideración que se remite a lo que aprendimos con la tragedia de Miguel Ángel.

La sociedad y la política española en buena medida habían mirado hasta entonces a ETA a través del nacionalismo. Era el nacionalismo el que establecía el “marco”. En Ermua eso dejó de ser así. Dejó de mirarse a ETA a través de los ojos del nacionalismo y se afrontó la lucha contra la banda terrorista de frente, sin los intermediarios que se presentaban como respetables y que esperaban que se les retribuyera políticamente por un trabajo que no estaban dispuestos a hacer. Pues bien, el asesinato de Miguel Ángel Blanco llevó a la sociedad y a la política españolas a liberarse de esa servidumbre y no debemos volver a quedar atrapados por ella.

Los españoles y nuestro Estado de derecho tomaron en sus manos la responsabilidad de enfrentarse a ETA, de denunciar a sus cómplices políticos y de poner fin a la idea adquirida de que el final del terror requeriría, en una forma u otra, pagar un precio político.

La pasión y muerte de Miguel Ángel Blanco, como la llamó años atrás el sacerdote Alfredo Tamayo, nos debe llevar a esta reflexión que quiere ser ante todo un homenaje a su memoria.

Miguel Ángel abrió conciencias y rompió silencios. Su pasión y muerte hizo que muchos despertaran de un largo letargo moral para distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto.

El sacrificio de Miguel Ángel nos situó ante nuestra responsabilidad de ciudadanos y nos hizo tomar partido por la verdad, por la compasión, por la dignidad.

Y estos días de recuerdo agradecido son una buena ocasión para reafirmar nuestro compromiso con ese legado.

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