El secesionismo catalán juega a ser Estado y convoca un referéndum ilegal

Miquel Porta Perales es crítico y escritor

Para entender lo que ocurre en Cataluña –la ficción, la impostura, el totalismo y la deslealtad del autodenominado “proceso”–, hay que recurrir a la filosofía. En concreto, a la “metafísica del como si”, la “voluntad de ilusión” de Friedrich Nietzsche y el “como si” de Hans Vaihinger. En pocas palabras, a la manera de los autores citados, el sujeto nacionalista diseña y construye a la carta una serie de mitos, ilusiones, proyectos, ficciones, conceptos, ideas o derechos –el “impulso mítico”, en palabras de Friedrich Nietzsche– que, convenientemente formalizados y “racionalizados”, son asumidos y adoptados –por convicción o interés– como si fueran reales y propios de, por ejemplo, una supuesta –caso de Cataluña– nación que tendría derecho a la autodeterminación. Friedrich Nietzsche: “debemos abrazar la falsedad; y mentirnos a nosotros mismos es una necesidad de vida”.

Parafraseando al filósofo alemán, puede decirse que los “errores y equivocaciones de la fantasía son los únicos medios con los que la nación catalana ha sido capaz de elevarse a sí misma”. Suma y sigue: “la falsedad de un juicio no es para nosotros ya una objeción contra él… la cuestión está en saber hasta qué punto ese juicio favorece a la nación catalana… nosotros estamos inclinados por principio a afirmar que los juicios más falsos son los más imprescindibles para nosotros, que la nación catalana no podría vivir si no admitiese las ficciones”.

El nacionalismo catalán hace su trabajo. De la teoría a la práctica, el nacionalismo catalán cultiva el mito, la ficción y la ilusión, así como la astucia, el engaño y la deslealtad. Por ejemplo: la Cataluña nación dotada de una identidad propia que le confiere el derecho natural a ser lo que es, la Cataluña expoliada y amenazada, la Cataluña democrática frente a la España autoritaria, la Cataluña resistente, la Cataluña sujeto del derecho a decidir y del derecho de autodeterminación o la Cataluña independiente dentro de la Unión Europea.

El resultado: en Cataluña hay un número indeterminado de políticos y ciudadanos que viven “como si” (Hans Vaihinger) fueran miembros de una nación en proceso de independencia y “como si” Cataluña –una Comunidad Autónoma del Reino de España– fuera sujeto del derecho de autodeterminación. Esto es –como se decía antes–, el independentismo catalán “abraza la falsedad” y el autoengaño como una “necesidad de vida”. La profecía autocumplida de Robert K. Merton: “lo definido como real, se considera real”.

Por todo ello y para todo ello, el nacionalismo catalán, además de jugar a ser Estado, juega al referéndum ilegal.

El nacionalismo catalán juega a ser Estado cuando afirma que el Parlament es soberano y puede iniciar un proceso constituyente –Ley del Referéndum o Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República– que alumbrará una nueva legalidad, cuando reivindica determinados derechos históricos, cuando exige una relación bilateral con el Estado, cuando se atribuye competencias que no tiene en diversas materias como consultas ciudadanas, política fiscal, acción exterior, lengua o política energética o migratoria. Y cuando no reconoce ni cumple las resoluciones de los Altos Tribunales. Y cuando hace oídos sordos a los dictámenes del Consejo de Garantías Estatutarias de la Generalitat y a los informes de los Letrados del Parlament.

La persistencia de ese jugar a ser Estado se explicaría en función de cuatro variables: emocional (la labilidad emocional de Pauling Hoffer, la frontera interior romántica y el narcisismo de las pequeñas diferencias de quien construye una identidad para diferenciarse del Otro y exige la soberanía que le correspondería), psicológica (la personalidad política inmadura que huye de la realidad a través de la ficción), antropológica (el chivo expiatorio que carga con todas las culpas por ser distinto y por eso desea librarse de quien le sojuzgaría) y político-económica (la búsqueda de un poder propio que brinda ventajas a la competición por los recursos).
Cabe añadir que esas variables se ven reforzadas por un conductismo nacionalista que se vale del refuerzo positivo y el refuerzo aversivo. El refuerzo positivo que recompensa el hecho de ser un buen catalán y actuar como tal. El refuerzo aversivo que castiga el no ser un buen catalán y actuar como tal. El aprendizaje conductista nacionalista no prepara ciudadanos para responder a situaciones concretas, sino que prepara creyentes para responder –“derecho a decidir” o “queremos votar”– en función de los estereotipos y prejuicios recibidos. Karl Deutsch hablaría de “un grupo de personas unidas por una antipatía común respecto de su vecinos”.
Una “voluntad de ilusión”, una “fantasía”, una “falsedad abrazada”, un “mentirnos a nosotros mismos”; en definitiva, un “como si” o Estado catalán in statu nascendi que provoca, desafía y coacciona al Estado induciendo a la desafección y amenazando con la inestabilidad, el desorden y la crisis y posterior ruptura del Estado. Un crescendo que se vale de la agitación y la propaganda, el victimismo, el sentimentalismo y las denominadas “estructuras de Estado”. Y, también –pieza clave–, del derecho de autodeterminación.

El secesionismo catalán juega al referéndum ilegal. Y lo hace con su retórica habitual: que si Cataluña es un sujeto político soberano que puede decidir su condición política, que si el Parlament es el representante de la soberanía del pueblo catalán, que si la nación catalana exige la legítima y democrática aspiración al Estado propio a través del ejercicio de un derecho democrático por excelencia como es el derecho de autodeterminación de los pueblos, que ni puede ni debe constreñirse.

Todo ello amparado por una Ley catalana ad hoc que “prevalece jerárquicamente sobre todas aquellas normas con las cuales pueda entrar en conflicto en tanto regula el ejercicio de un derecho fundamental e inalienable del pueblo catalán”. Una Ley que establece que, quienes participen en el referéndum de autodeterminación de Cataluña, “quedan amparados por esta Ley en tanto desarrolla el ejercicio del derecho a la autodeterminación que forma parte del ordenamiento jurídico vigente”. ¿Las resoluciones de la ONU? ¿Los artículos 1 y 2 de la Constitución? ¿El artículo 92 de la Constitución? ¿Las resoluciones del Tribunal Constitucional? ¿Las sentencias del Tribunal Supremo? ¿Las sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña? ¿Los informes del Consejo de Garantías Estatutarias y los Letrados del Parlament? ¿Los informes de la Comisión de Venecia? No cuentan. Así se fragua un golpe a la democracia.

El juego del referéndum tiene un premio: si el secesionismo catalán logra movilizar –se celebre o no el referéndum– a los seguidores de la causa, si también logra movilizar a una parte significativa de los abstencionistas y los partidarios del “no”, si consigue una reacción “excesiva” del Estado, si consigue eso, el Movimiento Nacional Catalán se consideraría legitimado para impulsar un Tahir, o un Maidán, o un 15-M, o un Movimiento Indignado que ocuparía calles, plazas, parques y algún edificio oficial. Insisto: así se fragua un golpe a la democracia.

Y cuando el golpe fracase –se celebre o no el referéndum bajo el formato que sea–, muy probablemente se avanzarán las elecciones autonómicas en Cataluña con el propósito de articular una Generalitat de izquierdas –ERC, los Comunes, Podemos y quién sabe si el PSC– que evite las inhabilitaciones de dirigentes de ERC, brinde la imagen moderada que necesita el “proceso” y neutralice a los constitucionalistas. Y después, el juego del referéndum –bajo otra forma o manera– volvería a empezar.

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