Reseña de Antonio R. Rubio Plo Democracia y totalitarismo, de Raymond Aron

Página Indómita, Barcelona, 2017, 384 páginas.
Traducción de Luis González Castro.

Siempre cabe preguntarse si los autores elevados a la categoría de clásicos son tan hijos de su tiempo que han podido quedar desfasados en el nuestro. No es el caso de Raymond Aron, el analista político y sociólogo francés, del que algunos querrían circunscribir su vigencia a los períodos de entreguerras y de la Guerra Fría. Se nos dirá que el mundo ha cambiado y cada vez es más cambiante, que existen pocas certezas y que los pensadores del pasado, aunque este sea reciente, no son de gran utilidad. Pero esto dependerá de cómo se lean los libros de ese autor. Si esas obras se leen en clave de historia política o filosófica, las limitaciones resultarán evidentes, pero si damos un paso más allá y buscamos ideas e inspiraciones en la lúcida mente de un Aron, que se calificó a sí mismo de “espectador comprometido”, nuestras conclusiones serán las de que es un autor que, por su profundo realismo y su compromiso con una razón ajena a dogmatismos, mantiene su vigencia.

Democracia y totalitarismo contiene las diecinueve lecciones que Aron impartió en La Sorbona en el curso 1957-58, cuando Francia estaba inmersa en la estancada guerra de Argelia y el general De Gaulle estaba a punto de tomar el poder para inaugurar el presidencialismo de la Quinta República. Aron conocía perfectamente al hombre que iba a regir los destinos de Francia. De Gaulle no necesitó hacer uso de la sedición para enterrar a la Cuarta República. Por el contrario, supo utilizar su capacidad de seducción de las masas hasta el punto de convertirse en un dictator como los de la república romana, un hombre aclamado por unos ciudadanos que buscaban un salvador de Francia que pusiera fin al descrédito de las instituciones de la república parlamentaria hasta entonces existente. De esta manera, como bien apunta Aron, la Quinta República en realidad pasó a ser el Tercer Imperio, eso sí un imperio parlamentario y plebiscitario. Los estudiosos actuales y futuros de la presidencia de Macron pueden releer las muchas páginas que Aron escribió sobre el gaullismo. Les serán, sin duda, de utilidad.

El autor pasa revista a las democracias parlamentarias y presidencialistas, y contrapone los sistemas políticos europeo y norteamericano. Aron cree en la democracia liberal, pero desconfía de las unanimidades y más todavía de las ideologías que aspiran a construir sistemas perfectos. Pese a las críticas que suele inspirar la partitocracia, el autor no ve otro cauce para la elección de los gobernantes. Frente a las acusaciones de que los partidos solo representan a determinadas oligarquías, Aron los cree necesarios para la existencia del pluralismo político. Por lo demás, ¿qué régimen político estaría libre de no ser identificado con una oligarquía? Cuando los movimientos revolucionarios toman el poder, una oligarquía suele reemplazar a otra. La tentación del gobierno de los “perfectos” es consustancial al juego político, pero las democracias liberales, en su auténtico sentido, no pueden nunca aspirar a la perfección sino que son el testimonio de un pluralismo político caracterizado por la alternancia en el poder. Aron conoció de cerca la república de Weimar, de la que muchos subrayaban sus debilidades internas con la inestabilidad de sus gobiernos o la corrupción. El pensador francés hubiera preferido prolongar ese régimen con todas sus deficiencias, antes que caer en el “perfeccionismo” de otorgar todo el poder a un hombre o a un partido. Resalta también Aron las debilidades de las democracias en política exterior, dada su propensión a cuestionar hechos evidentes y a sus dudas a la hora de asumir riesgos. En definitiva, la democracia puede decepcionar, pero las alternativas son mucho peores. Por otro lado, Aron no cree en las habituales teorías de la conspiración, y menos aún en que los poderes económicos se sirven de marionetas políticas, un habitual lugar común. A lo largo de su vida escribió brillantes análisis económicos, pero esto no era incompatible con su afirmación de que no siempre resulta fácil saber lo que quieren los poderes económicos, aunque subraya que es muy simplista afirmar que sean una fuerza unitaria. En cualquier caso, a Aron la política le importa más que la economía, y esto sería una de sus diversas objeciones al marxismo, el credo dominante entre los intelectuales franceses de mediados del siglo XX.

Raymond Aron estudia también los regímenes de partido monopolista, en particular la Unión Soviética. Una de sus observaciones más interesantes es la presentación del contraste entre la realidad soviética y las ficciones constitucionales. Los soviéticos tuvieron varias Constituciones que expresaban un régimen plural sobre el papel. A diferencia del nazismo o del fascismo, que nunca ocultaron su desprecio por la democracia liberal, los comunistas solían hacer profesión de fe en la democracia, aunque nunca la aplicaron. No dejaba ser una ficción porque, para ellos, solo el partido único representa al proletariado. En este planteamiento todos los demás son traidores. No caben disidencias. El monopolio se justifica porque el partido es la única representación auténtica, pues su objetivo es la construcción de una nueva y más justa sociedad. La lógica resultante es la identificación entre Estado y partido. Otra vez las unanimidades incondicionales. A este respecto podríamos reflexionar sobre una cita de Montesquieu, transcrita por Aron, que afirma que si vemos a todo el mundo tranquilo en un Estado que se otorga el nombre de República, podemos estar seguros de que la libertad no existe en él. En otro orden de cosas, el autor subraya el contraste entre el determinismo de la ideología comunista y el papel jugado por la voluntad de los líderes. Estos son muy capaces, como demostraron Lenin y Stalin, de sacrificar la doctrina a la acción coyuntural. La ideología se ha convertido en un medio para un fin. Aquí el fanatismo no es incompatible con un cierto escepticismo.

Es posible que en las mentes de los alumnos de Aron surgiera la cuestión sobre el futuro del régimen soviético, y el profesor se adelanta a esta pregunta. ¿Hasta qué punto podía evolucionar tras la desestalinización impulsada por Jruschov? No cabe duda de que entonces se produjeron cambios en aspectos económicos y que el ardor revolucionario de la fe marxista parecía haberse debilitado, pero esto no podía servir para la transformación del sistema porque continuó el monopolio del partido, la ortodoxia ideológica y el absolutismo burocrático. No había que esperar una rebelión de los gobernados. Tal y como apuntaba Aron, el cambio vendría desde una escisión en la minoría privilegiada detentadora del poder. No se equivocó, aunque no estuviera para verlo, pues Gorbachov sería, un tanto a su pesar, el impulsor de la revolución “desde arriba”.

La conclusión final de este libro es la imperfección de los dos regímenes, las democracias y los totalitarismos, pero hay que distinguir entre un régimen esencialmente imperfecto y otro evidentemente imperfecto. Todos son imperfectos, pero parafraseando a Orwell, podríamos decir que unos son más imperfectos que otros.


Reseña de Antonio Rubio Plo, analista de política internacional y profesor de política comparada y política exterior de España

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