Análisis El incesante declive de la socialdemocracia en Occidente

Josef Joffe, editor del diario alemán Die Zeit y profesor de la Universidad de Standford

Artículo publicado originariamente el 5 de octubre de 2017 en The American Interest.

Imaginemos un mapa de Europa que muestre qué partido político, de izquierdas o de derechas, gobierna en cada país. Hace 20 años, el mapa estaría teñido de rojo en casi toda su totalidad, el color tradicional del socialismo democrático europeo, que no hay que confundir con el «rojo de los Republicanos» en Estados Unidos. Hoy en día, después del barómetro que han supuesto las elecciones en Francia y Alemania, solo cinco países están teñidos de rojo, entre ellos algunos ‘gigantes’ como la pequeña isla de Malta.

Ahí tenemos también a la Internacional Socialista. Su declive marca una tendencia a largo plazo; y parece que traiciona al destino, ya que no se trata de un simple descenso dentro de los habituales altibajos de la política democrática.

Analicemos el caso de Francia. En el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, los mandatos presidenciales solían alternarse entre la izquierda moderada y la derecha moderada. En los últimos tiempos, el Partido Socialista (PSF) ha conquistado la presidencia en dos ocasiones, llevando a François Mitterrand y a François Hollande al Palacio del Elíseo. Sin embargo, en la primera vuelta de las elecciones legislativas del pasado junio, los socialistas apenas obtuvieron en su conjunto un total del 7,4% de los votos.

En Alemania, el Partido Socialdemócrata (SPD) hace tiempo vio nacer figuras destacadas como Willy Brandt, Helmut Schmidt y Gerhard Schröder, que llegaron a conseguir el 46% del voto nacional. En las elecciones del pasado septiembre, su candidato, Martin Schulz, se desfondó con el 20,5% de los votos, el peor resultado del partido desde la Segunda Guerra Mundial.

En Italia, el antiguamente poderoso Partido Socialista (PSI), que solía dominar la política italiana previa a la Segunda Guerra Mundial y que formó parte del Gobierno en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ya no existe. En los Países Bajos, la última vez que Partido del Trabajo (PvdA) estuvo al frente del Gobierno fue en 2002. Luego pasó a ser un socio menor y cayó en el olvido; de hecho, obtuvo solo nueve asientos en las elecciones generales de este año y su porcentaje de voto se desplomó del 19% a menos del 6%.

En Grecia, el PASOK solía ser uno de los partidos principales, tanto en el Gobierno como fuera del mismo. Y llegó a obtener el 44% de los votos, aunque ahora ha descendido hasta el 6%. Los griegos cuentan con una palabra para referirse a este tipo de bajadas electorales: «pasokificación». Esta es la situación general de la izquierda desde la Península ibérica hasta Escandinavia, donde la socialdemocracia perfeccionó el Estado de Bienestar moderno. De hecho, Finlandia tiene ahora el primer presidente conservador en cinco décadas, y el centro derecha gobierna Noruega desde 2013.

No obstante, parece haber dos excepciones a esta tendencia. Un caso aislado es el del Partido Laborista de Jeremy Corbyn, que se situó solo dos puntos por detrás de los Tories en las pasadas elecciones de junio. Este aumento repentino, ya que partía de un puesto muy inferior en las encuestas, no parece indicar un cambio de tendencia. Se puede decir que Corbyn consiguió este resultado por el torrente de desagrado que casi ahoga a Theresa May. El voto no fue a favor de los Laboristas, sino en contra de May.

La otra excepción es la de Estados Unidos, donde los Demócratas, la versión estadounidense de la socialdemocracia, conquistaron la Casa Blanca en dos ocasiones con Barack Obama, además de conseguir la mayoría del voto popular en el enfrentamiento entre Hillary Clinton y Donald Trump. Sin embargo, en el corazón del país, desde que Obama fue elegido en 2009 por primera vez, los Republicanos han sumado mil asientos a nivel estatal. Y ahora controlan 34 de las 50 residencias de los gobernadores.

¿Qué ha pasado? «Es la historia, estúpido», podría decir Bill Clinton. Ha pasado que la izquierda democrática llegó al poder junto a una creciente clase trabajadora. Esos partidos dieron voz a las nuevas masas urbanas actuando como defensores de sus intereses. Sin embargo, la vieja clase trabajadora, que surgió de una industrialización rampante, ya no existe. Una simple estadística lo confirma. En la última mitad de siglo, el porcentaje del PIB correspondiente al sector manufacturero descendió abruptamente del 35% al 15%. Es decir, la socialdemocracia está perdiendo su clientela.

La izquierda democrática también pierde ganando. El Estado de Bienestar es una realidad desde Estocolmo a San Francisco. Los gobiernos occidentales recaudan y desembolsan en él en todos sus niveles alrededor de la mitad del PIB, un porcentaje mayor en Francia y menor en Estados Unidos. El efecto aparece reflejado en el Índice Gini que mide la desigualdad de ingresos. Según este coeficiente de Gini, Estados Unidos es un país mucho menos equitativo que Alemania. Cuando se tienen en cuenta los impuestos y las transferencias, las diferencias entre la igualitaria Alemania y el «ultra capitalista» Estados Unidos disminuyen. El Estado de Bienestar avanzado es el sueño socialista hecho realidad –detraer de Peter para dárselo a Paul, que es más pobre–, lo que hurta a la izquierda democrática ha sido su mejor argumento de venta.

Esta es precisamente la razón por la que el SDP de Martin Schulz fracasó con su eslogan de «justicia social»: quitarle a los ricos y aumentar los subsidios y servicios para los menos afortunados. Vaya, la clientela tradicional del partido se ha convertido en clase media y ya no le convencen las promesas de más impuestos, más aún cuando el tipo más alto de estos comienza a alcanzar los 50.000 euros, el salario de un trabajador cualificado.
Nada hace fracasar tanto como el éxito. Mientras que el Estado de Bienestar crecía y el sector industrial mermaba, la suerte de la izquierda moderada se esfumaba. Y últimamente, los partidos socialdemócratas se han encontrado con un nuevo enemigo.

Nos referimos al populismo que, con sus variedades tanto a la izquierda como a la derecha, toma cuerpo en Alternativa para Alemania (AfD), el Frente Nacional de Marine Le Pen o el partido de Trump. Aquellos que se han visto atraídos hacia los nuevos populistas no son solo los «deplorables», como los calificaría Hillary Clinton, si no también amplias franjas de un electorado que se siente abandonado por lo que Thomas Frank denominó la «clase liberal».

Cultos y elocuentes, dominadores de la opinión pública, la educación y la administración, la clase izquierdista ha impuesto una «hegemonía cultural», término inventado por el marxista italiano Antonio Gramsci. Y al «hombre olvidado», como se le conocía en la época de Roosevelt, todo eso no le gusta.

El resentimiento abarca desde la integración de la cuestión de género, lo políticamente correcto y las políticas para la minoría, hasta la apertura de las fronteras a bienes y personas. Estados Unidos tiene que hacer frente a los inmigrantes indocumentados del sur. Alemania acaba de acoger a 1,2 millones de desplazados procedentes de Oriente Próximo y el Norte de África. E Italia lidia con el flujo procedente de Libia. «¿Y qué pasa con nosotros?», se preguntan los denominados ‘deplorables’. Y es que esta gente aunque no escribe editoriales de opinión, tiene el arma del voto. Y ahora tienen a Marine Le Pen y a Donald Trump. O al UKIP en Gran Bretaña, a Geert Wilders en Países Bajos y a la AfD en Alemania.

Si les preguntásemos por qué votaron así, probablemente contestarían del mismo modo que lo hicieron los votantes alemanes de AfD: a un 30% le gustó el programa del partido, y un 60% lo votó por su «descontento» con los partidos tradicionales.

Entonces, ¿por qué la izquierda moderada no da un paso hacia un modo competitivo y ofrece un nuevo menú a sus desertores? Del mismo modo, también podemos preguntarnos por qué los Demócratas no se vuelven nacionalistas y apoyan la corriente principal en vez de intentar remendar apresuradamente una mayoría con minorías étnicas y religiosas. Seguramente la respuesta está en su ADN, al igual que en el caso de sus camaradas europeos. Si coincides con las ideas de la globalización, el secularismo y la diversidad no puedes ser proteccionista, nativista y nacionalista. La antigua receta del Estado de Bienestar no puede vencer al nacionalismo defensivo que apasiona a todo Occidente.

En definitiva, la socialdemocracia está atrapada entre su credo y su clientela desertora. La historia susurra que sus días de gloria se han acabado. Pero miremos el lado positivo. En toda Europa occidental, los nuevos populistas se han anotado puntos pero no han ganado. Tomemos el caso más reciente, Alemania, donde AfD alcanzó el 13% de los votos en las elecciones de septiembre. Si hacemos una simple resta, esto deja un 87% a los partidos con credenciales democráticas.

El lado negativo son los casos de Hungría y Polonia, donde partidos con un ideario autoritario alcanzaron el poder en elecciones libres. Además de la América de Donald Trump, donde se está librando paulatinamente la batalla más crítica, dado que Estados Unidos es la democracia más fuerte. Pero no nos olvidemos que la Constitución americana ha resistido 230 años. En Europa, sin embargo, son innumerables las Constituciones pisoteadas o hechas pedazos desde 1787.

Traducido por María Maseda Varela

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