"La libertad debería ser el compromiso que define nuestro país"

Transcripción del discurso pronunciado el 19 de octubre de 2017 en el 'Spirit of Liberty: At Home, in the World,' un foro nacional sobre libertad, libre mercado y seguridad organizado por el Bush Institute (Lincoln Center, Ciudad de Nueva York).


Nos hemos reunido aquí para defender la causa de la libertad en este momento único. Las grandes democracias se enfrentan a amenazas nuevas y graves, pero parecen estar perdiendo confianza en su vocación y en sus capacidades. Los desafíos económicos, políticos y de seguridad nacional proliferan, y empeoran por la tendencia aislacionista. De hecho, está en juego la salud del espíritu democrático. Es tarea nuestra, y urgente, renovar ese espíritu.

Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha alentado y se ha beneficiado del progreso mundial de los mercados libres, de la fortaleza de las alianzas democráticas y del progreso de las sociedades libres. A cierto nivel, se trata simple y llanamente de interés.
El siglo XX fue testigo de algunos de los peores horrores de la historia, protagonizados por grandes dictadores. Las naciones libres son menos propensas a las amenazas y a luchar entre sí. Y el libre comercio ayudó a convertir a Estados Unidos en un poder económico mundial.

Durante más de 70 años, los presidentes de ambos partidos creyeron que la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos estaban directamente ligadas al éxito de la libertad en el mundo. Sabían que el éxito dependía, en muy buena medida, del liderazgo de Estados Unidos. Esta misión surgió de forma natural porque está inscrita en el ADN del idealismo estadounidense.

En el fondo, sabemos que la represión no es la tendencia del futuro. Sabemos que el deseo de libertad no se limita, ni es propiedad de ninguna cultura. Es la esperanza innata de nuestra humanidad. Sabemos que los gobiernos libres son la única forma de garantizar que los fuertes sean justos y los débiles, tenidos en cuenta. Y sabemos que cuando perdemos de vista nuestros ideales, lo que falla no es la democracia. Fallan aquellos que se encargan de preservar y proteger la democracia.

Afirmar esto no equivale a subestimar los obstáculos históricos que las instituciones democráticas y la cultura democrática encuentran en su desarrollo. Esos problemas estuvieron a punto de destruir nuestro país y deberían animarnos a ser humildes y pacientes con los demás. La libertad no es una opción del menú político, ni una tendencia en política exterior. Debería ser el compromiso que define nuestro país, así como la esperanza del mundo.

Ese atractivo queda demostrado no solo por el contenido de las esperanzas de los pueblos, sino también por un rasgo notable de hipocresía. Efectivamente, ninguna democracia finge ser una tiranía, pero la mayoría de las tiranías fingen ser democracias. La democracia sigue siendo la definición de la legitimidad política. Eso no ha cambiado, y no va a cambiar.

Y sin embargo, durante años, esos principios que tanto apreciamos se han visto sometidos a innumerables desafíos. Hemos de tomarlos en serio. Algunos de estos problemas son externos y obvios. Aquí, en la ciudad de Nueva York, todos ustedes conocen demasiado bien la amenaza del terrorismo. Ahora también se combate en fronteras lejanas y en el mundo oculto de la inteligencia y la vigilancia. Existe la amenaza aterradora y cambiante de la proliferación nuclear y de regímenes fuera de la ley. Y existe un desafío agresivo por parte de Rusia y de China a las reglas y a las normas del orden mundial: propuestas de revisión que siempre parecen implicar un menor respeto por los derechos de las naciones libres y menor libertad para el individuo.

Estos asuntos son difíciles de tratar bajo cualquier circunstancia. Resultan aún más complejos por la tendencia, existente en los países occidentales, a alejarse del compromiso global y de la confianza democrática. En algunas zonas de Europa asistimos a una crisis de identidad. Hemos visto la insolvencia, el estancamiento económico, el desempleo juvenil, la ira ante la inmigración, el resurgir del etno-nacionalismo y algunos interrogantes de fondo sobre el significado y la durabilidad de la Unión Europea.

Estados Unidos no es inmune a esas tendencias. En las últimas décadas, la confianza en nuestras instituciones ha disminuido. A menudo, nuestra clase dirigente se ha quedado paralizada ante necesidades obvias y apremiantes. El sueño americano de la movilidad ascendente parece fuera del alcance de ciudadanos que se sienten abandonados en una economía cambiante. El descontento profundizó y agudizó los conflictos partidistas. El fanatismo parece envalentonado. Nuestra política parece más vulnerable a las teorías de la conspiración y a la falsedad.

Hay algunas señales de que la intensidad del apoyo a la democracia misma ha disminuido, en especial entre los jóvenes, que nunca experimentaron la palpitante claridad moral de la Guerra Fría, o nunca conocieron la ruina de naciones enteras debido a la planificación socialista centralizada. Algunos han llamado a esto "desconsolidación democrática”. En realidad, es más bien una mezcla de hartazgo, crispación y olvido.

Nuestro discurso se ha visto degradado por la violencia fortuita. A veces, se diría que las fuerzas que nos separan son más fuertes que las fuerzas que nos unen. El debate se transforma en animosidad con demasiada facilidad. El desacuerdo pasa a ser deshumanización. Con demasiada frecuencia, juzgamos a otros grupos por sus peores ejemplos mientras nos juzgamos a nosotros mismos por nuestras mejores intenciones y olvidamos que en el otro debemos ver la imagen de Dios.

Hemos visto el nacionalismo mutar y convertirse en nativismo, con el intento de olvidar el dinamismo que la inmigración siempre ha aportado a Estados Unidos. Asistimos a un derrumbe de la confianza en la relevancia de los mercados libres y el comercio internacional. Se tiende a olvidar que el conflicto, la inestabilidad y la pobreza son fruto del proteccionismo.

Hemos asistido al regreso de sentimientos aislacionistas, olvidando que la seguridad de Estados Unidos está directamente amenazada por el caos y la desesperación en lugares remotos, que es donde surgen casi siempre amenazas como el terrorismo, las enfermedades infecciosas, las bandas criminales o el narcotráfico.

Por todo esto, necesitamos recordar y recuperar nuestra propia identidad. Los norteamericanos tienen una gran ventaja: para renovar nuestro país, solo necesitamos recordar nuestros valores.

Este es uno de los motivos por los que estamos reunidos hoy. ¿Cómo empezamos a alentar un nuevo consenso norteamericano del siglo XXI en nombre de la libertad democrática y los mercados libres? Esa es la pregunta que planteé a los expertos del Bush Institute. Es lo que Pete Wehner y Tom Melia, que están hoy con nosotros, han respondido en "El espíritu de la libertad: En casa, en el mundo", un documento que es también un llamamiento a la acción.

Las recomendaciones van desglosadas en varias categorías. Son las siguientes. En primer lugar, Estados Unidos debe reforzar su propia defensa. Nuestro país debe mostrar determinación y resistencia ante los ataques externos a nuestra democracia. Y eso empieza por hacer frente a una nueva era de amenazas cibernéticas.

Estados Unidos está sufriendo los intentos continuos de un poder hostil que se alimenta y explota las divisiones de nuestro país. Según nuestros servicios de inteligencia, el gobierno ruso ha elaborado un proyecto cuyo objetivo consiste en que los estadounidenses se enfrenten entre sí. Este esfuerzo es amplio, sistemático y sigiloso, y se lleva a cabo a través de las muy diversas plataformas que ofrecen las redes sociales. En última instancia, este asalto no tendrá éxito. Ahora bien, las agresiones extranjeras, incluidos los ciberataques, la desinformación y la influencia financiera, no deben minimizarse ni tolerarse. Aquí se demuestra con claridad que la fortaleza de nuestra democracia empieza en casa. Debemos asegurar nuestra infraestructura electoral y proteger nuestro sistema electoral de la subversión.

La segunda categoría de recomendaciones se refiere a la proyección del liderazgo estadounidense. Se trata de preservar el papel de Estados Unidos en la defensa y el mantenimiento de un orden internacional enraizado en la libertad y los mercados libres.

Nuestra seguridad y nuestra prosperidad sólo pueden fundamentarse en un compromiso inteligente, sostenido y global. Hemos de abrir nuevos mercados para los productos estadounidenses. Tenemos que enfrentarse a los desafíos de seguridad antes de que se materialicen por completo y lleguen a nuestras costas. Debemos fomentar la salud y el desarrollo mundial como alternativas al sufrimiento y al resentimiento. Hay que atraer el talento, la energía y el espíritu emprendedor de todo el mundo. Y hemos de ser una luz de esperanza para los refugiados y una voz para los disidentes, los oprimidos y los defensores de los derechos humanos.

No deberíamos negarnos a ver las perturbaciones económicas y sociales que causa la globalización. Mucha gente lo está pasando mal. Está enfadada. Y se siente frustrada. Debemos escucharla y ayudarla. Y sin embargo, no podemos rechazar la globalización como no rechazamos en su día la revolución agrícola o la revolución industrial. Una de las fortalezas de las sociedades libres es su capacidad para adaptarse a las perturbaciones económicas y sociales.

Ese debería ser nuestro objetivo: preparar a los trabajadores norteamericanos para las nuevas oportunidades, cuidar con eficacia y empoderar a los que puedan sentirse abandonados. El primer paso debería consistir en promulgar políticas que fomenten un crecimiento económico sólido que desbloquee el potencial del sector privado y libere la creatividad y la capacidad de compasión de este país.

El punto tercero del documento consiste en el fortalecimiento de la ciudadanía democrática. Y aquí debemos poner un énfasis particular en los valores y opiniones de los jóvenes.

Nuestra identidad como nación, a diferencia de muchas otras naciones, no viene determinada por la geografía o la etnia, por la tierra ni por la sangre. Ser estadounidense implica el abrazar grandes ideales y una profunda responsabilidad cívica. Nos convertimos en herederos de Thomas Jefferson al asumir el ideal de dignidad humana expresado en la Declaración de Independencia. Nos convertimos en herederos de James Madison al comprender la genialidad y los valores de la Constitución de Estados Unidos. Nos convertimos en herederos de Martin Luther King, Jr., al reconocernos los unos a los otros no por el color de nuestra piel, sino por la fuerza de nuestro carácter.

Esto significa que personas de cualquier raza, etnia o religión pueden ser norteamericanos. Significa que el fanatismo o la supremacía blanca de cualquier tipo es una blasfemia contra el credo estadounidense.
Y significa que la propia identidad de nuestra nación depende de que sepamos transmitir nuestros ideales cívicos a la próxima generación.

Necesitamos que los valores cívicos se refuercen en las escuelas. Y nuestros jóvenes necesitan modelos positivos. La intimidación y los prejuicios en nuestra vida pública sientan las pautas a nivel nacional, dan rienda suelta a la crueldad y al fanatismo, y ponen en peligro la educación moral de los niños. La única forma de transmitir los valores cívicos es vivirlos en primera persona.

Por último, el llamamiento a la acción se dirige a las principales instituciones de nuestra democracia, públicas y privadas, para que atiendan de manera consciente y urgente el problema de una disminución de la confianza.

Por ejemplo, nuestra democracia necesita medios transparentes, precisos y justos. Nuestra democracia necesita instituciones religiosas que demuestren integridad y defiendan el discurso civil. Nuestra democracia necesita instituciones de educación superior que sean ejemplos de verdad y libertad de expresión.

En resumen, es hora de que las instituciones estadounidenses mejoren y proporcionen un liderazgo cultural y moral a la nación.

Hace diez años, asistí a una Conferencia sobre Democracia y Seguridad en Praga. El objetivo era convertir la libertad y los derechos humanos en el eje de nuestra relación con los gobiernos autoritarios. La Carta de Praga, firmada por defensores de la libertad como Vaclav Havel, Natan Sharansky y José María Aznar, exigía que se aislara y se condenara al ostracismo a los regímenes que reprimen a los opositores pacíficos mediante amenazas o violencia.

Nunca imaginamos que, una década después, la esencia de nuestras democracias iba a sufrir una crisis de confianza, por lo que el mensaje de libertad sería más tímido y vacilante. Nunca imaginamos que los gobiernos represivos estarían acometiendo enormes esfuerzos para alentar la división en las sociedades occidentales y socavar la legitimidad de las elecciones.

Los rivales represivos, junto con los escépticos que tenemos en casa, malinterpretan algo importante. Que la gran ventaja de las sociedades libres es que sabemos adaptarnos a los desafíos con creatividad, sin depender de una autoridad central. La autocorrección es la fuerza secreta de la libertad. Somos una nación con una gran historia de resiliencia y una enorme capacidad para la renovación.

En este momento, uno de nuestros peores problemas nacionales es el déficit de confianza. Ahora bien, la causa de la libertad justifica toda nuestra fe y todo nuestro esfuerzo. Sigue inspirando a hombres y mujeres en los rincones más oscuros de la tierra e inspirará, sin duda, a una nueva generación. El espíritu estadounidense no dice: "Ya nos las arreglaremos" ni "Sacaremos el máximo provecho". Sino que dice: "Venceremos”. Y eso es exactamente lo que haremos entre todos, con la ayuda de Dios.

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