Análisis La farsa de las elecciones regionales venezolanas

José Herrera Antonaya es director de Internacional de la Fundación FAES

Siguiendo al dictado el guion escrito por sus socios de La Habana, el chavismo continúa con el proceso de desmantelamiento de la democracia y la cubanización de Venezuela, ante la pasividad o complacencia de buena parte de la comunidad internacional y la impotencia de una población que, además de sufrir las consecuencias del caos económico y la crisis humanitaria, se siente totalmente desamparada a la hora de canalizar sus ansias de libertad y democracia.

El domingo 15 se celebró una farsa de elecciones regionales en aquel país. Las gravísimas irregularidades que se dieron cita tanto en su convocatoria como en su celebración impiden denominarlas de otra manera. Las elecciones fueron convocadas por la autodenominada “Asamblea Nacional Constituyente” (ANC) que usurpó las funciones de la elegida legítimamente en las urnas por el pueblo venezolano. El organismo encargado de la organización y desarrollo de las votaciones es un Consejo Nacional Electoral que funciona como brazo armado de la dictadura y arbitrariamente inhabilita a aquellos candidatos que considera más peligrosos para el régimen. Pocos días antes de la votación, cientos de miles de votantes en zonas con mayoría opositora fueron desplazados sin previo aviso a nuevos centros de votación alejados de los originales y hacia zonas en las que los mecanismos de coacción sobre los votantes son más efectivos y menos visibles. El propio Maduro, tratando de desmotivar la participación y de dividir a la oposición, advirtió de manera perversa que participar en las mismas suponía reconocer la legitimidad de la ilegítima ANC.

Las evidencias de fraude electoral en numerosos Estados, la represión ejercida desde hace años contra disidentes y opositores en forma de condenas arbitrarias y encarcelamientos, la imposibilidad de acceder a medios de comunicación o financiación para la campaña son otros elementos que dan un valor casi heroico al simple hecho de presentarse como candidato o participar en las convocatorias de la oposición.

Desde su llegada al poder hace casi 20 años, el chavismo nunca ha ocultado que uno de sus principales objetivos era el desmantelamiento de la oposición democrática. Hoy, con el país convertido definitivamente en una dictadura, está a punto de lograrlo por la creciente atomización de la oposición organizada. Con sus luces y sombras, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) ha sido una plataforma efectiva a la hora de coordinar estrategias frente al chavismo. De ahí que, en un momento como este en el que los cuatro gobernadores de Acción Democrática acaban de jurar sus cargos ante la ANC, sea necesario insistir en la importancia de mantener la unidad de la oposición y la coherencia de acciones como la emprendida por el gobernador electo del Zulia, Juan Pablo Guanipa, al negarse a jurar su cargo ante un organismo fraudulento, pese a las consecuencias personales que le pueda acarrear.

Por último, pero no por ello lo menos importante, cabe preguntarse qué más ha de hacer la oposición para que desde determinados ámbitos de la comunidad internacional, incluso no pocos gobiernos, se le reconozca su talante democrático y se le dejen de realizar presiones para, por ejemplo, aceptar participar en elecciones sin garantías democráticas o aceptar “mediaciones” que sólo son funcionales a una dictadura que desde hace años sólo piensa en mantenerse en el poder a perpetuidad y extender su modelo a otros países.

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