Análisis La salud de la banca de la Eurozona: asignaturas pendientes

Joaquín Maudos, catedrático de Economía de la Universidad de Valencia.  Director adjunto del Ivie y colaborador de CUNEF

Una década después del estallido de la crisis financiera en 2007, sigue preocupando la salud de la banca de la eurozona. No hay más que ver el nivel actual de rentabilidad (3,1% sobre recursos propios, ROE) para constatar que sigue habiendo un problema de viabilidad, ya que la rentabilidad que exige el inversor se sitúa muy por encima de la que son capaces de ofrecer los bancos. Ya lo advirtió el FMI en su Informe de Estabilidad Financiera de 2016, cuando en su análisis de la banca europea estimó que casi la mitad del negocio bancario europeo (en concreto, el 47%) estaba en los balances de bancos débiles, que son los que no alcanzan una ROE del 8% (estimación del coste de captar capital). El mensaje más preocupante de ese informe es que incluso con una recuperación del ciclo económico y la implementación de reformas estructurales, aún quedaría un 18 por ciento de activos bancarios en manos de bancos débiles.

Tres son los motivos principales que explican la baja rentabilidad: un elevado volumen de activos improductivos, la persistencia de un escenario de tipos de interés muy reducidos (a lo que se une una curva de tipos muy plana) y la asfixiante presión regulatoria, que pide más capital y pasivos con capacidad de absorber pérdidas.

En el primer caso, en los balances de la banca europea hay alrededor de un billón de euros de préstamos morosos que no generan ingresos, pero sí costes, y consumen capital. Italia concentra una parte importante de esos activos (298.000 millones de euros), seguida de Francia (150.000), España (136.000) y Grecia (115.000). Como porcentaje de los préstamos concedidos, las tasas de morosidad más altas están en Grecia, Chipre y Portugal. La preocupación por la elevada cantidad de activos “tóxicos” es tal que se han puesto sobre la mesa diversas iniciativas para hacer frente al problema, tales como crear un banco malo con participación pública y/o privada o facilitar el funcionamiento de mercados secundarios de activos dudosos. El BCE ha elaborado recientemente una guía sobre la gestión de los préstamos morosos, requiriendo a las entidades la aplicación de estrategias realistas y ambiciosas para la reducción de dichos préstamos. Como ha destacado el ministro saliente de finanzas alemán y expresidente del Eurogrupo, Wolfgang Schäuble, los préstamos dudosos son un gran riesgo para la estabilidad de la Eurozona.

No hay duda de que la política monetaria acomodaticia del BCE ha dado sus frutos (tanto en cantidades como en precio) en términos de mejora en el acceso a la financiación, y de que la primera etapa de rebaja de tipos fue un maná para los bancos en forma de plusvalías generadas por la revalorización de los activos. Pero una vez esos tipos han alcanzado niveles tan reducidos y de forma persistente (el Euríbor a 12 meses está en terreno negativo desde febrero de 2016), el maná se ha convertido en una pesadilla, ya que han situado los márgenes de intermediación bancarios en niveles preocupantes para la cuenta de resultados. A ello se une una curva de tipos muy plana, lo que indica que la diferencia entre el tipo de interés a largo plazo al que presta la banca y el tipo a corto al que se financia es muy reducida.

La presión que la regulación ejerce sobre la rentabilidad no descansa solo en la exigencia de más capital y pasivos con capacidad de absorber pérdidas (que son caros y difíciles de colocar en los mercados), sino también en la incertidumbre sobre la fecha en la que concluirán las exigencias. La banca se queja –y con razón– de no saber cuándo va a terminar lo que se ha calificado como el “tsunami regulatorio” (el acuerdo de Basilea III está todavía por completar), ya que es difícil tomar decisiones en un escenario de incertidumbre.

Aunque poco a poco y al abrigo de una recuperación del ciclo económico va mejorando la rentabilidad de la banca europea en paralelo a una reducción de la morosidad, la recuperación del crédito es lenta, y ello a pesar de las iniciativas del BCE. Es una buena noticia saber que hay señales de normalización de la política monetaria, que contribuiría de esa forma a una mayor estabilidad financiera vía recuperación de los márgenes bancarios. De nada sirve seguir penalizando a los bancos con tipos negativos por el exceso de liquidez, si el dinero “aparcado” en reservas por encima de las mínimas requeridas y en la facilidad permanente de depósitos ha aumentado en paralelo a la penalización. Así, ahora mismo, con una penalización del 0,4%, la banca de la eurozona presenta un máximo histórico de exceso de liquidez de 1,9 billones de euros. Si la banca óptimamente decide asumir ese coste es porque no hay suficiente demanda solvente de financiación por parte de empresas y familias.
En este contexto de baja rentabilidad, la banca europea debe hacer un esfuerzo por reducir costes (los costes operativos medios han aumentado desde 2008) e incrementar así su eficiencia (no ha mejorado desde 2010), a lo que contribuiría una consolidación del sector (sobre todo entre bancos de distintos países, asignatura pendiente que demuestra la existencia de barreras a la integración incompatibles con un mercado único bancario) y un ajuste de su capacidad instalada (otra asignatura pendiente en muchos países). Además, como ha señalado recientemente el BCE, es importante diversificar las fuentes de ingresos y aprovechar las oportunidades que ofrece la digitalización. La buena noticia es que la capitalización que ha hecho la banca europea en los últimos años implica que solo un reducido número de bancos de pequeño tamaño tendrían problemas de solvencia en un escenario adverso.

En resumen, en aras a conseguir la deseada estabilidad financiera, es necesario que se recupere la rentabilidad del sector bancario europeo. Una parte de la baja rentabilidad se debe a factores coyunturales, pero otra se debe a factores estructurales, entre los que destaca el elevado volumen de activos “tóxicos”. Completar la unión bancaria europea también ayudaría a la estabilidad, ya que su tercer pilar, basado en un esquema de garantía de depósitos único a nivel europeo, es otra más de las asignaturas pendientes.

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