Análisis FAES El castrismo tras el castrismo

José Herrera, director de Relaciones Internacionales de FAES

Antes de morir, hace ahora un año, Fidel Castro dejó planificada la continuidad del régimen comunista eligiendo como sucesor a su hermano Raúl. Buena parte de los dirigentes del mundo occidental creyeron ver en aquel proceso un signo de apertura merecedor de gestos diplomáticos y de condonaciones de deuda. Barack Obama impulsó el restablecimiento de relaciones diplomáticas de EEUU con la isla. En el caso de España, el Gobierno cuantificó su buena voluntad en 1.492 millones de euros, una cifra tan simbólica como desmesurada. Además, España se comprometió a impulsar en el seno de la UE la derogación de una posición común que desde 1996 había puesto en primera línea a la pacífica disidencia democrática cubana al tiempo que exigía avances en materia de derechos humanos.

Lamentablemente, un año después de la muerte del tirano no sólo no se han constatado avances, sino todo lo contrario. Como muestran numerosos informes, la represión es la mayor de los últimos años. La portavoz del Departamento de Estado, Heather Nauert, recientemente decía conocer más de 450 “detenciones políticas arbitrarias”, con el único objetivo de anular el “valiente esfuerzo” de posibles candidatos al simulacro de elección de delegados a las asambleas municipales del Poder Popular celebrado la pasada semana.

El restablecimiento de relaciones diplomáticas con EEUU al igual que la derogación de la Posición Común de la UE sólo han servido, por tanto, para consolidar un régimen omnipresente en la isla que ha logrado casi aniquilar a la oposición, ya sea condenándola al exilio exterior o con sus mecanismos internos de represión. La pasada semana, mientras la Casa Blanca anunciaba el regreso de Corea del Norte a su listado de países colaboradores del terrorismo, Raúl Castro organizaba una agenda de cinco días para el ministro de Asuntos Exteriores norcoreano.

Ni la deuda condonada por España, ni los gestos de buena voluntad de la UE o de EEUU han tenido impacto alguno en términos de fortalecimiento democrático o de avances en materia de derechos humanos. Las recientes “elecciones”, exclusivamente con candidatos vinculados al régimen, sin presencia de la oposición y con el voto obligatorio e identificable, merecen como mucho el calificativo de mera coartada para ganar tiempo. En suma, se trata sólo de la antesala a la gran fiesta de celebración del 60 aniversario del castrismo en un Congreso del Partido Comunista llamado a reafirmar, con la complacencia de no pocos mandatarios occidentales, la indisolubilidad del comunismo cubano.

Hay quien, en el colmo del buenismo, considera que el régimen ha reaccionado con más represión por miedo a que una normalización de relaciones sea perjudicial para el castrismo. Si tal cosa es así, cabe entonces preguntarse lo siguiente: si según sus impulsores, los gestos de buena voluntad sólo sirven para que el régimen se cierre aún más… ¿para qué hacerlos? ¿No es más lógico entonces mantener un criterio de solidaridad democrática y elevar la exigencia en materia de democracia y derechos humanos, tal y como se hacía con la posición común? 

En ese contexto, ha de percibirse con alivio el aplazamiento de la visita de Su Majestad Felipe VI anunciada por el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación. En las condiciones actuales, sería un profundo error solamente provechoso para un castrismo cuyo único interés es autosucederse eternamente en el poder.

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