Reseña La España plurinacional de Podemos y sus aliados

Ángel Rivero, Universidad Autónoma de Madrid

En el debate político generado en torno al intento del independentismo catalán de acabar con el orden constitucional en España, apelando a que en nombre del pueblo estaban legitimados a quebrar las leyes y proclamar una fantasmagórica república, ha sorprendido la posición de Podemos y sus afines. Si estos mismos hechos los hubiera protagonizado un partido nacional en las Cortes no habrían dudado en calificarlos correctamente como golpe de Estado y, sin embargo, con la penosa actuación del independentismo catalán se muestran comprensivos reiterando machaconamente su pretendido civismo y pacifismo; y le adjudican el calificativo de golpista al gobierno de la nación, que ha restablecido la democracia con la ley en la mano. Esta conducta errática ha producido perplejidad entre sus propios seguidores; entre sus adversarios políticos; entre los propios independentistas, que se preguntan qué es lo que quiere sacar esta “gente” con todo este barullo; y hasta entre alguno de sus propios dirigentes.

Es por ello que la publicación recientemente del texto Repensar la España plurinacional, en la que participan Pablo Iglesias y otras luminarias del pensamiento del radicalismo populista de izquierdas hispano, debiera ser motivo de congratulación porque, pensaríamos, ya tenemos un documento en el que aquello que se proclama con confusión e incoherencia puede verse argumentado de forma ordenada y clara. Lamentablemente este no es el caso. Cualquiera que se acerque al libro, aun llevado de la más cándida esperanza de encontrar luz en este pozo verbal en el que se ha metido Podemos y sus satélites, quedará defraudado. El libro es tan incoherente, oscuro y contradictorio como el lenguaje con el que los dirigentes del populismo español se manejan a la hora de evaluar los sucesos de Cataluña. De modo que si mi propósito primero era saber qué es lo que propone Podemos como España plurinacional, después de su lectura lo que se impone es saber cómo han podido llegar a perpetrar tan caótico texto. Ciertamente, en el libro hablan más voces que las de la dirigencia central de Podemos y las de sus grupos afines, pero el diagnóstico aplica por igual a todos ellos, de modo que voy a intentar explicar por qué el populismo español carece de un mensaje verdaderamente nacional y, sin embargo, está sobrecargado de nacionalismo.

Llegados a este punto, y antes de abordar lo prometido, se preguntará el lector si la tarea de verdad vale la pena. ¿Por qué comentar un texto, confuso, mal escrito, que muestra una ignorancia supina por parte de los autores respecto a una multitud de temas que abordan con alegre audacia? Pues sencillamente porque Podemos está intentando colocar como solución al problema territorial una fórmula confusa dirigida a avivar y radicalizar el conflicto territorial. La empresa es complicada porque más allá de un discurso negativo hacia la democracia española poco más se entiende de su posición, pero es justamente el intento deliberado de menospreciar la democracia española lo que debe ser denunciado como propósito principal de la obra. Así, los autores del texto nos presentan una larga y pesada colección de eslóganes y frases hechas que no tienen otra ilación argumental que la reiteración machacona de que España no es una democracia y que además no respeta su pluralismo cultural constitutivo. España, nos dicen una y otra vez, es un fracaso, un Estado fallido, el Estado fallido con mayor solera de la tierra.

En suma, que la oscuridad no es únicamente resultado de haber pensado o repensado poco. La oscuridad tiene el propósito de sembrar en los ingenuos la idea de que una reflexión “profunda” lleva a la conclusión paradójica de que resulta evidente que en España no hay democracia. Vaya, lo que sí se entiende tras la lectura es que si son comprensivos con el independentismo catalán es porque, como ellos, están empeñados en instalar el mensaje de que vivimos en un Estado autoritario, franquista.

Como en todos los populismos que se han extendido por Europa y América en las últimas décadas, el núcleo o idea fuerza que los anima es la idea de que la democracia ha sido secuestrada por las élites, la oligarquía, la casta, y que el programa político por excelencia es el de restaurar la democracia o, mejor aún, establecer ya una “democracia real”. Ellos, nos dicen, “no tienen miedo a la democracia”. Así pues, desde el inicio mismo de su estrategia retórica se hace perentoria la negación de la democracia existente. Los de Podemos han abordado con entusiasmo esta tarea y de nada sirve que Freedom House o The Economist utilicen una metodología sofisticada que coloca a España reiteradamente en el cuadro de honor de los veinte países más democráticos del mundo. No, ellos no se dejan engañar por las apariencias ni por los esbirros del capitalismo: en España no hay democracia porque el franquismo sigue vivo, puesto que no hubo una verdadera transición democrática.

Da igual que una multitud de países escogieran el modelo español de tránsito del autoritarismo a la democracia, la transición española no fue modélica, más bien todo lo contrario. Este negacionismo resulta difícil de conciliar con el hecho de que les tengamos todos los días perorando sobre esto en los medios de comunicación, pero ellos no se arredran: la apariencia de realidad de la democracia española puede ser contumaz, pero siempre hay un resquicio que permite el descubrimiento de la verdadera naturaleza represiva que se esconde tras la fachada democrática. Se tolera la diferencia funcional al sistema, pero cuando esta adopta la forma insurgente, entonces aparece la represión. Vamos, que nuestros populistas piensan que si se combate legal y policialmente al terrorismo nacionalista izquierdista vasco o se detiene para juzgar a los que se han apropiado de las instituciones del autogobierno catalán porque han quebrado el orden democrático, entonces queda meridianamente claro que España no es una democracia sino un Estado represor, autoritario, franquista. Del combate al terrorismo islámico no dicen nada.

En conexión con este negacionismo de la realidad democrática de España está el recurso a la historia como mecanismo de justificación mítica de su posición presente. La historia nos mostraría, en su lectura maniquea, que el Estado español ha tenido desde su origen (es un Estado fallido de larga historia) la voluntad de pasar por el pasapuré a los pueblos aborígenes de España. La manipulación de la historia y de las autoridades que se citan es de una grosería propia de nacionalistas y, puesto que algunos de ellos son licenciados universitarios, producen vergüenza ajena académica. Pero con ser grave la manipulación, la ignorancia de la historia de España produce sobre todo pasmo. Si hubiera que corregir todos los errores que se cometen en el libro se necesitarían más páginas que las que tiene.

También en relación a la historia, otra cosa curiosa de todos estos personajes es que viven en su imaginación entre la Guerra de Sucesión y la Segunda República española. Allí es donde encuentran iluminación y claves hermenéuticas para abordar los desafíos del presente. El presente es el franquismo de la dictadura y el franquismo disfrazado de democracia. De esta manera, el negacionismo de la democracia da paso al negacionismo de la realidad social de la España contemporánea.

Uno esperaría que un proyecto dirigido vocalmente al reconocimiento de la pluralidad cultural se tomara la molestia de darnos un mapa de la diversidad cultural de España que tomara en cuenta fenómenos tan importantes como el cambio cultural o la inmigración. Y, sin embargo, sobre esto no hay nada de nada. La diversidad cultural que ha de ser reconocida se reduce a lo que llaman las “naciones históricas”, esto es, la que viene patrocinada con mayor o menor fortuna por movimientos independentistas secesionistas dentro de España.

Y esto me lleva a la última cuestión que quería abordar, el nacionalismo y la falta de un proyecto nacional por parte de Podemos y sus afines. Ninguno de cuantos contribuyen al libro defiende la concepción democrática de la nación entendida como conjunto o reunión de todos los ciudadanos de un Estado, con independencia de su lengua, religión, lugar de nacimiento, sentimientos o identidad. Cuando hablan de que se ha de reconocer el carácter plurinacional de España se afirma que este “país de países” está compuesto por unas unidades orgánicas pre-políticas incongruentes con la existencia de un único Estado. Si se realizara el principio de las nacionalidades implementando el derecho a decidir, antes llamado autodeterminación nacional, nos dicen, el problema de España quedaría resuelto. Es decir, que la cuestión nacional sería resuelta mediante la aplicación de la receta del nacionalismo.

Como conclusión puede decirse que la concatenación de negaciones que es Podemos nos acaba por conducir a una receta vieja y fracasada que prometiendo acabar con los conflictos los exacerba, y que en nombre del reconocimiento del pluralismo busca la homogeneización forzada de las poblaciones. En suma, que la falta de un proyecto nacional en Podemos explica su simpatía por el secesionismo catalán, porque en él han encontrado una palanca con la que exacerbar el conflicto dentro de una democracia que consideran falsa. No hay pues proyecto nacional en Podemos, lo que hay es una negación de España como realidad democrática que se busca socavar alimentando los particularismos étnicos de su preferencia, calificados de naciones, con el ánimo de que la tensión territorial dé cauce al antagonismo irresoluble que denominan lo político. 

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