Análisis Irán: el genio fuera de la botella

Javier Gil Guerrero es profesor de Relaciones Internacionales de la UFV  


“En la recta final de la revolución islámica de Irán, algunos de los rumores más disparatados que circulaban en las calles de Teherán hacían referencia al hecho de que los militares y policías desplegados para reprimir las protestas eran en realidad fuerzas mercenarias israelíes. En tono paródico, y adelantándose a las más que probables acusaciones del régimen para deslegitimar las protestas que ahora están teniendo lugar, disidentes iraníes publicaron en las redes sociales que Israel habría lanzado en paracaídas cientos de miles de manifestantes a lo largo y ancho de Irán, pues sólo eso explicaría las protestas a ojos del gobierno. 

La República Islámica de Irán, como la Venezuela chavista, ha perfeccionado el arte de culpar a sus enemigos externos del descontento interno. ¿La economía va mal?: Estados Unidos. ¿Disturbios en el país?: complot sionista. ¿Inflación galopante?: Arabia Saudita. Esta actitud está muy arraigada en la sociedad iraní, que desde hace más de un siglo ha desarrollado una gran sensibilidad a la hora de desenmascarar supuestas conspiraciones extranjeras que expliquen los diversos golpes de Estado, revoluciones y atentados del Irán moderno. 

No es por tanto de extrañar que el Líder Supremo, Jamenei, se haya apresurado a señalar a los “enemigos externos de Irán” como los responsables de las protestas. La novedad en esta ocasión radica en la vaguedad de la acusación, quizás porque los enemigos del régimen iraní hoy en día son tantos y tan diversos. 

Sin embargo, la última ola de protestas en Irán (pues las oleadas de protestas y disturbios se han ido sucediendo de forma periódica desde la fundación de la República Islámica) responde sin lugar a dudas a dinámicas internas. Para empezar, el origen de las protestas se sitúa en la conservadora ciudad de Mashhad. El sermón de las oraciones del viernes 29 de diciembre en la ciudad fue aprovechado por el clérigo ultraconservador Ahmad Alamolhoda para incitar a los congregados contra Rohaní, al que culpó de la mala gestión económica. El vídeo con la incendiaria prédica de Alamolhoda corrió como la pólvora por Irán. El objetivo era hacer daño a Rohaní y desacreditar su supuesta popularidad con unas manifestaciones en la calles. Pero los ultraconservadores perdieron muy rápidamente el control y las protestas se extendieron por todo el país en un arranque de ira y furia que destapó el hartazgo de muchos, no solo con Rohaní, sino también con sus rivales ultraconservadores. 

Conviene apuntar que Alamolhoda es pariente del último rival de Rohaní en las elecciones presidenciales: Ebrahim Raisi. Favorito del sector conservador y del Líder Supremo, Raisi perdió contra Rohaní en mayo tras una tensa campaña electoral. Tanto Alamolhoda como Raisi tienen importantes intereses económicos en las donaciones y subvenciones asociadas a los santuarios religiosos de Mashhad. Rohaní, en una estrategia para debilitar a sus rivales ultraconservadores, había impulsado una política de mayor claridad en el reparto de esas donaciones y subvenciones. También había propuesto reducir y modificar muchas de las partidas que nutren de fondos a sus rivales políticos, así como aumentar la carga impositiva a ciertas asociaciones religiosas. Con su prédica y las manifestaciones, Alamolhoda y los clérigos ultraconservadores esperaban desviar la atención popular del escándalo de las donaciones, minar el apoyo a Rohaní y paralizar sus reformas económicas. 

Pero lo que era una manipulación de la calle dentro del marco de la pelea particular de las élites del país se transformó rápidamente en un masivo movimiento de protesta contra todos: contra Rohaní y contra los ultraconservadores. El deslucido panorama económico (especialmente irritante tras las expectativas creadas por la firma del acuerdo nuclear) unido al aireamiento de las suculentas dotaciones presupuestarias destinadas a varios grupos de poder y al aumento de las partidas de gasto para apuntalar la dictadura de Assad han minado la confianza de los iraníes en sus líderes. Al contrario que las protestas de 2009, limitadas a las grandes ciudades, con líderes y demandas claras, las protestas actuales carecen de liderazgo y objetivos concretos. Son el resultado de un hartazgo; no responden a un hecho concreto. Las protestas de 2009 estaban motivadas por supuesto amaño electoral. Estas protestas son también de carácter más transversal que las de 2009: no están circunscritas a las clases altas y medias. Sin embargo, esta espontaneidad y ausencia de liderazgo juegan en contra de las actuales protestas. También juega en contra el hecho de que las dos facciones de poder en pugna no estén interesadas en la continuidad de las protestas. 

Los ultraconservadores sacaron al genio de la botella, esperando usar el malestar y descontento de la población contra Rohaní. Una vez comprobada la volatilidad del genio, unirán sus fuerzas con Rohaní para volver a encerrarlo en la botella. Seguramente la lección aprendida por las élites iraníes es que en el futuro será mejor ajustar cuentas entre bambalinas sin involucrar a la calle”.

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