La pasión secesionista, de Adolf Tobeña 

Reseña de Miquel Porta Perales, crítico, articulista y escritor 

La pasión secesionista
, de Adolf Tobeña
Barcelona. ED Libros. Febrero, 2017. 268 págs.
ISBN: 978-84-617-7218-6 


La pregunta: ¿cómo es posible que el independentismo catalán –tarjeta de presentación: voladura del Estatuto y la Constitución, incumplimiento sistemático de las resoluciones de los Altos Tribunales, ilegalidades sin solución de continuidad, inestabilidad política, inseguridad jurídica, engaños, mentiras, estampida de empresas, fuga de inversores y ahorradores, desaceleración económica, fractura social, desprecio del ‘Otro’– haya conseguido movilizar a cientos de miles de personas y a un par de millones de electores? La pregunta –semejante perplejidad– suele recibir diversas respuestas. Así, hay quien recurre, entre otras, a conjeturas emotivas (la desconfianza y el desapego frente al Estado y la exaltación identitaria catalana), económicas (el déficit fiscal y la crisis económica), psicológicas (el delirio, el desvarío, la enajenación o la psicopatología), políticas (la debilidad española y el apetito de poder de las élites catalanas), propagandísticas (la educación en Cataluña, los medios de comunicación catalanes y las redes sociales) o de oportunidad (Quebec y Escocia).

Adolf Tobeña –catedrático de Psiquiatría y Psicología Médica en la Facultad de Medicina, Instituto de Neurociencias, de la Universidad Autónoma de Barcelona–, en La pasión secesionista, afirma que debemos ir más allá de unas conjeturas como las señaladas, que carecerían del poder explicativo requerido. Unas conjeturas que podrían ser –sospecha– “vanas”; aunque, no descarta que sean parcialmente acertadas. Pero no científicas.

Para el autor, la ignición o erupción independentista en Cataluña –pasión, voluntarismo, enamoramiento y ensimismamiento– ha de abordarse desde la psicobiología del comportamiento político con sus arrastres gregarios pasivos, sus automatismos de conformidad y seguidismo, sus adscripciones acomodaticias. Esto es, hay que “pensar en las raíces biológicas del fenómeno” y “bucear en diversos vectores de la psicobiología del gregarismo, el etnocentrismo y la xenofobia, como resortes primordiales de los nacionalismos de base ‘identitaria’, aunque se presenten ataviados con una impecable y engañosa modernidad”.

Pregunta: ¿por qué el secesionismo en Cataluña ha pasado, en pocos años, de ser minoritario a casi mayoritario? Adolf Tobeña, fundamentándose en estudios y experimentos de psicología social y economía experimental, habla de los “cerebros parroquiales y xenofóbicos” que muestran las preferencias pro-grupales en la propensión altruista, de la tendencia a colaborar y sacrificarse por el grupo étnico o doctrinal al que se pertenece, y de la indiferencia, desconfianza u hostilidad frente a los integrantes de grupos foráneos o distintos. En resumen, un favoritismo intra-grupal y una aprensión u odio extra-grupal –vectores etnocéntricos, fronteras étnicas y enquistamientos identitarios–, de sustrato neural, que darían lugar a neuroprejuicios y neuroestigmas. Un favoritismo grupal al “servicio del etnocentrismo” y una aprensión extra-grupal que “se encarga de ir alimentando las animosidades xenófobas”. En este sentido, el independentismo catalán sería la manifestación –inducida y programada– de “un litigio político entre etno-culturas distintas”.

Pero, no solo del sustrato neural y los vectores etnocéntricos se alimenta el independentismo catalán. Adof Tobeña recalca el papel fundamental y decisivo de un “somatén mediático” que es el resumen y compendio del “adoctrinamiento apabullante”, del “trabajo aleccionador y monocorde de los medios de comunicación locales”, de la “propaganda inclemente y unidireccional”, del “sermoneo implacable de los media controlados directamente por el gobierno autónomo y los teledirigidos a través de subvenciones y ayudas varias”. Unos medios de persuasión, captación e inducción que favorecen en grado sumo las tendencias gregarias y chovinistas del nacionalismo catalán.

Vale decir que el autor ofrece datos del consumo informativo en Cataluña que certificarían la existencia de una “verdadera burbuja de ámbito regionalizado” que ha conseguido que los catalanes sigan de forma mayoritaria a los medios locales marginando a los estatales. El detalle: para los catalanes consumidores de información, los medios locales –que adoctrinan y aleccionan– gozan de gran prestigio. El autor concluye: “el encapsulamiento informativo produce óptimos resultados en Cataluña porque la clientela mayoritaria se muestra satisfecha con los productos informativos que le llegan y con el trabajo que llevan a cabo los media”. ¿La servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie? Sigue la perplejidad.

A ello, hay que añadir las esteladas perennes, los cánticos, las proclamas, el colorido, la agitación, el activismo, la comunidad enfervorizada, el entusiasmo colectivo. Y la promesa de una Arcadia feliz que espera al final del camino. Una escenografía que recuerda el nacionalismo banal de Michael Billig. En nuestro caso, una banalización o naturalización nacional catalana que se caracteriza por el ambiente enrarecido y la atmósfera opresiva que padecen los ciudadanos constitucionalistas. Ciudadanos que corren el riesgo de ser extranjerizados o asimilados a la fuerza.

Adolf Tobeña ha escrito un notable ensayo con referencias bibliográficas científicas de última generación. Un ensayo que abre el abanico de interpretación de un nacionalismo identitario que renace no solo en Cataluña, sino también en Europa. Aunque es cierto que el nacionalismo catalán ha resurgido con singular ímpetu y una tecnología de movilización de masas digna de ser estudiada. Adolf Tobeña se aproxima al tema –sin temor a ser anatemizado/tildado de “biologista”– desde una perspectiva biológica. En cierta manera, el autor toma la palabra en el debate sobre la influencia de la nature (lo biológico) o la nurture (lo social) en el comportamiento del ser humano. La suya es una posición moderada o centrista. En el caso que nos ocupa, la pasión secesionista remite a lo neural, pero sobre todo a lo social y lo propagandístico que funcionarían a la manera de los coadyuvantes. El detalle: sin la propaganda, el etnocentrismo gregario independentista, así como el sesgo chovinista, seguirían ahí; aunque reducidos y relajados. Pero el adoctrinamiento siempre existirá en los conflictos de competencia intergrupal. ¿Una invitación a la conllevancia orteguiana? Y una invitación –sin el signo de interrogación– a neutralizar la burbuja mediática nacionalista que descalifica, por sistema, el razonamiento contrario.

El libro de Adolf Tobeña, más allá del análisis del fenómeno en sí, es un auténtico aviso para navegantes. Por mejor decir, un doble aviso. Primer aviso (explícito): el nacionalismo identitario nos lleva a la demolición de la democracia, a la sociedad cerrada, a la asimilación a la fuerza, a la exclusión. Segundo aviso (implícito): frente al nacionalismo identitario que frecuenta la deslealtad, la ilegalidad y la astucia no caben treguas ni premios de consolación. Y sí la legalidad democrática y el Estado de derecho. 

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