Análisis El acuerdo de coalición en Alemania: ganadores, perdedores y el futuro incierto de Angela Merkel

Adriaan Ph. V. Kühn, Universidad Francisco de Vitoria 


Después de una semana de intensas deliberaciones, el miércoles pasado los negociadores del partido socialdemócrata (SPD) y los representantes de la unión cristianodemócrata (CSU/CDU) llegaron a un acuerdo para la formación de un gobierno en Alemania. Ambas formaciones habían perdido apoyo electoral en las elecciones celebradas el 22 de septiembre. Sin embargo, la fragmentación parlamentaria y un previo intento fracasado de formar un gobierno tripartito obligaron al centro político alemán a renovar sus votos en el marco de una gran coalición.

En el seno de la alianza conservadora las voces críticas con el acuerdo no tardaron en hacerse notar. Era de esperar que el “talento joven” –incluido el secretario de Estado en el Ministerio de Finanzas y primer rival interno de la canciller, Jens Spahn (CDU)– expresara su disgusto con lo acordado. La sorpresa ha venido de la mano del descontento de algún peso pesado del partido, como, por ejemplo, el presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Bundestag, Norbert Röttgen (CDU). Son muchos en el centroderecha los que creen que el SPD ha salido victorioso de las negociaciones. El sentimiento es de goleada, a pesar de haber obtenido el peor resultado electoral desde 1949. Y es que los socialdemócratas no sólo mantendrán las cinco carteras que ocupan sus ministros en la actualidad por cuatro años más (Exteriores, Trabajo y Asuntos Sociales, Medio Ambiente, Familia, y Justicia), sino que también se han hecho con el poderoso Ministerio de Finanzas, el antiguo feudo de Wolfgang Schäuble (CDU), quien ahora ocupa la presidencia del Parlamento.

La subida en el presupuesto general del Estado de 46.000 millones de euros (la mayoría en concepto de gasto social), detallada en nada menos que en 177 páginas de “contrato de coalición” (Koalitionsvertrag) ha pasado a un segundo plano para militantes y políticos conservadores. Todas las miradas están puestas en el Ministerio de Finanzas. Y es que para los socialdemócratas este ministerio es posiblemente la pieza que les faltaba para poder imponer su visión de una “Europa más solidaria” en el Consejo de Ministros. Este concepto es para muchos en el CDU/CSU un mero eufemismo para el proyecto malicioso de una Europa financiada por Alemania. Como no podía ser de otra manera, los medios de comunicación volvieron a dedicar ríos de tinta al presunto principio del fin de la era Angela Merkel.

Parece que el único acierto de la canciller y de su equipo negociador ha sido ofrecer el Ministerio del Interior al jefe de la CSU y presidente regional de Baviera, Horst Seehofer. En vez de tener que explicar por qué se ignoró la propuesta estrella de la CSU en las negociaciones –un tope legal anual en el número de inmigrantes–, ahora Seehofer puede presumir de haber sumado otro ministerio al porfolio del partido bávaro en Berlín (el CSU mantiene su “tradicional” Ministerio de Agricultura). Su mudanza a la capital también facilita una transición digna en el liderazgo del partido. En Múnich es un secreto a voces que se está tramando un putsch contra el presidente del CSU por mano de su número dos, Markus Söder.

Sin embargo, durante los últimos días la interpretación catastrofista del acuerdo de coalición por parte conservadora ha sido relativizada por los acontecimientos en el SPD. En el campo socialdemócrata han tenido poco tiempo para disfrutar de la victoria política. Sus militantes asisten de manera perpleja al desarrollo de una guerra tanto política como personal entre el hasta ahora jefe del SPD y candidato a la cancillería, Martin Schulz, y Sigmar Gabriel, antiguo líder del partido y ministro de Asuntos Exteriores. Algunos observadores incluso ven indicios de un inminente apocalipsis en el partido alemán más antiguo.

A pesar de haber sido recibido como un auténtico mesías hace apenas doce meses, por parte de un partido cansado de un Gabriel indeciso a la hora de enfrentarse a Merkel, Schulz defraudó con una campaña confusa y poco inspirada. Pero ha sido el incumplimiento de su palabra lo que probablemente le costará su (corta) carrera en la política nacional. Cuando el acuerdo de gobierno con el CDU/CSU, una opción descartada de forma vehemente por Schulz inmediatamente después de las elecciones, podía haber sido explicada con el todavía intacto sentido de estado del partido, su decisión de reemplazar a Gabriel como ministro de Asuntos Exteriores dejó desconcertada a una militancia que no olvidó la promesa de su presidente de no entrar jamás como ministro en un gobierno liderado por Angela Merkel. Gabriel, por su parte, desautorizó a su jefe de partido (y, en esta ocasión, a sí mismo) en una entrevista con un periódico repleta de golpes bajos. Como resultado del corto pero intenso conflicto ninguno de sus protagonistas tiene posibilidades realistas de poder seguir jugando un rol destacado en la política alemana. También deja al partido en una situación más que delicada, ya que Schulz finalmente dimitió este martes como presidente del SPD. Al expresidente del Parlamento Europeo ahora sólo le queda el acta de diputado del Bundestag. Una mayoría en la dirección del partido aboga por Andrea Nahles, la actual ministra de trabajo, como sucesora y futura mujer fuerte del partido. Pero es en un congreso extraordinario a finales de abril donde los delegados decidirán sobre el futuro presidente del SPD. Mientras tanto, Olaf Scholz, el designado ministro de Finanzas, es el encargado de mantener la cohesión en las filas socialdemócratas.

Con los términos de la transición del poder sin aclarar y los máximos representantes aparentemente más ocupados con su trayectoria personal que con la del partido (o del país), el SPD se encuentra en un momento crítico. El partido, que no ha sido capaz de explotar electoralmente su última estancia en el gobierno (claramente marcado por la agenda política socialdemócrata), hace gala de su alto potencial autodestructivo una vez más. La última palabra en el drama la pronunciará la militancia socialdemócrata, casi medio millón de personas: a principios de marzo votarán si el SPD formará parte del cuarto gobierno de Merkel o no.

Es por eso por lo que la providencia vuelve a sonreírle a la canciller. En el panorama actual, unas nuevas elecciones supondrían una amenaza muy seria para el SPD, mientras en el CDU todavía no ha emergido una alternativa al liderazgo merkeliano. Y con el partido hermano pacificado, tampoco parece que el cese de algún representante de la vieja guardia (como Thomas de Maizière en el ministerio del Interior) causará más revuelo interno.

La gran pregunta es cómo afectarán estos últimos acontecimientos al sistema de partidos alemán a largo plazo. Si los dos Volksparteien (“partidos populares”) siguen perdiendo votos en línea con la tendencia histórica, son las pequeñas formaciones las que tendrán en el futuro la llave a la gobernabilidad de la economía más grande europea. Todo indica que los liberales del FDP estarán bien posicionados, sobre todo porque después de otros cuatro años del incremento del gasto por parte de la gran coalición, una parte importante de la clase media alemana demandará finalmente una reducción de impuestos. Los verdes tendrán que decidir si se quieren transformar a una catch-all party o seguir dependiendo de su electorado burgués con estilo de vida verde. Difícil lo tendrá el AfD. Los populistas Alternativa para Alemania no paran de sufrir escisiones internas y, además, han dejado de ser el único partido que tiene la reducción de la inmigración en su agenda.

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