Análisis El catalanismo sobre la Comunidad Valenciana

Fernando R. Genovés es doctor en Filosofía, ensayista y analista


“Tots a una veu”
Las primeras estrofas del Himno de Valencia ofrendan “nuevas glorias a España”, para, a continuación, loar el hermanamiento de un pueblo (coro de voces) caracterizado por la hospitalidad y la autoestima. Si lo cortés no quita lo valiente, lo poético y hasta lo ditirámbico, típicos en una composición de este tenor, no dejan de tener significado ni efectos perceptibles en la vida cotidiana de los individuos. De hecho, la letra del Himno ha sido objeto de deconstrucción por parte del ala más nacionalista (vgr., catalanista) del tripartito de izquierdas que gobierna la Comunidad Valenciana (CV), auspiciando la modificación de algunos de sus fragmentos y subrayando otros, léase, ese “Tots a una veu” elegido como lema que remata las cuñas publicitarias emanadas de la consejería correspondiente. “Tots a una veu” es expresión que remite, en este caso, a un mensaje muy claro: aquí todos hablan (han de hablar) una lengua, la “lengua propia”, es decir, la lengua catalana.

El pancatalanismo recorre el “Levante feliz”, comunidad emprendedora y hedonista, poco inclinada a los enfrentamientos y a los estallidos sociales; para tranca y retranca, para sublimación y traca, ya están las Fallas. El nacionalismo venido de arriba sigue planeando sobre la CV: Cataluña por encima de todos, sobre todo.

No debe olvidarse que el plan de integración de la CV en los llamados “Países Catalanes” no es de última hora. Tampoco que para el nacionalismo catalán (y la sucursal valenciana) la CV es “País Valencià”. Los extremismos se juntan y los sustantivos se aparean, porque por el nombre de la cosa se empieza: cambiando la denominación de calles, ciudades y pueblos; la cabecera de publicaciones; los programas radiofónicos y televisivos (aunque el contenido sea en español); la misma identidad de la lengua regional; y, anuncio reciente, pretendiendo “valencianizar” el nombre y los apellidos de todos los recién nacidos, según iniciativa de varios ayuntamientos en Castellón. Todo lo cual es calificado como un proceso de “normalización”.

La CV, una comunidad bilingüe
Véanse mapas territoriales de la CV en los que están definidas las áreas lingüísticas de las lenguas oficiales: el español y el valenciano. El catalanismo los esgrime según convenga, porque revelan que existen amplias zonas donde el valenciano no es predominante (especialmente, en las capitales de provincia, las ciudades más pobladas y/o al sur de la comunidad).

En cualquier caso, cabe hacerse tres principales consideraciones:

  1. En el horizonte de la globalización y desde la perspectiva de la libertad, un “mapa lingüístico”, tomado como base topográfica de operaciones, remite más a un bruto etnicismo que a un neto tecnicismo. El nacionalismo étnico constituye una ideología incompatible con las sociedades civilizadas y desarrolladas, reconocibles por la relevancia que dan a la movilidad física de bienes y personas, así como a la prevalencia de la comunicación. Estos rasgos reportan especial valor en comunidades, como la valenciana, con una considerable número de residentes de origen extranjero (muy en particular, en las zonas costeras); características éstas que es muy sensato situarlas por delante de otras de orden político y/o ideológico.
  2. La coexistencia de ambas lenguas ha sido pacífica, hasta las últimas décadas. El valencianoparlante suele responder en español a quien en la lengua nacional le habla, para entendernos. Y lo que tal vez contenga mayor fuerza significativa y explique dicha coexistencia: el ámbito de lo público y lo privado han sido, por costumbre, claramente diferenciados. De esta suerte, familias y agrupaciones valencianoparlantes, expresándose entre ellos en la lengua regional, emplean el español con plena naturalidad en aquellos ámbitos en que conviven las dos lenguas o cuando el castellano favorece la comunicación y la cohesión social.
  3. La teoría y la práctica nacionalistas han hecho mucha presión a fin de romper este equilibrio armónico de largo pasado, arguyendo que no pone en régimen de igualdad el valenciano y el español. Este planteamiento es falaz, porque no tiene sentido equiparar la parte con el todo. El español es la lengua propia de los españoles, la cual tienen el derecho y el deber de conocer. La lengua regional, tanto en el orden sustantivo como en el pragmático, cumple una función adicional, de ningún modo preferente. A menos que, para alterar dicha realidad, se emplee la presión social y la violencia política.

Nacionalismo y expansionismo
El “catalanismo”, o nacionalismo catalán en movimiento, se caracteriza, entre otros elementos, por el expansionismo. Cierto es que señalo un atributo que acompaña, por lo común, a todo nacionalismo. Mas conviene puntualizar. El nacionalismo vasco, por ejemplo, maniobra en aquellos territorios (Navarra, “País Vasco francés”, etcétera) que considera pertenecientes a su “nación idealizada”, pero no prioriza la expansión en la agenda política. Es más, el anhelo que le anima es vivir, más que fuera de España, al margen de España, conservando sus privilegios, y, por plazos, ir ampliando competencias en autogobierno.

En el nacionalismo catalán sí es patente la primacía de ampliar su presencia e influencia más allá de los límites reconocidos oficialmente, al precio de España; esto es: más Cataluña y menos España (en Francia ha sido frenado por una severa señal de “No pasar”, que, desgraciadamente, en nuestra nación no ha encontrado). El montaje secesionista organizado en los últimos meses no lo juzgo, en rigor, más como eso, un montaje que lo sitúe en el asunto central de España, una cortina de humo, como una permanente amenaza, un desafío más. El tono burdo, de burla, de parodia y aun tragicómico con el que se ha revestido es una clara muestra de ello. En consecuencia, si Cataluña no se va de España (no puede ni, en verdad, lo quiere: ¡se acabaría el negocio!), es España la que deviene “Gran Cataluña”.

Lengua, escuela y cultura, para empezar
La “hoja de ruta” del catalanismo, concebida con perspectiva a largo plazo, pasa, en primer lugar, por extender su influencia a los territorios más próximos, con los que dice compartir la misma lengua: “Países Catalanes”. Pero ni ahí se frena su proyecto, ni éste se conforma y limita a la penetración lingüística. Para el nacionalismo catalán, la escuela y “el mundo de la cultura” son objetivos prioritarios; medios, mas no fines últimos, sirven de altavoz y portavoz de su discurso, así como de “laboratorio” donde ensayar la paulatina implantación a gran escala.

En la CV, la “hegemonía” catalanista en los capítulos de lengua, escuela y cultura ha llegado a ser prácticamente absoluta (por activa y por pasiva). Refiero un fenómeno no reciente, sino que nos retrotrae a bastantes décadas atrás y que no fue oportunamente neutralizado, tal vez por creer que el nacionalismo se conformaría con el primer plato y quedaría saciado para siempre. Tremendo error. Pues, al cabo, no sólo ha conseguido mantener su posición, sino aumentarla en otros ámbitos. Repárese en el político y gubernamental. En las últimas elecciones autonómicas y locales, el tripartito de izquierdas (PSOE/PSPV, Compromís y Podemos) se ha situado al frente del Gobierno regional y de populosas ciudades de la Comunidad. Obsérvese ahora la recepción y la respuesta de la sociedad ante semejante auge.

El catalanismo ha recibido, tradicionalmente, rechazo por parte de la mayoría de valencianos. Durante muchos años, encontró firme oposición en distintas formas de valencianismo regionalista y en opciones políticas valedoras del mandato constitucional. Esta querella se tradujo, por ejemplo, en la “guerra de las banderas” (valenciana vs. catalana). Hoy, esta resistencia ha sufrido un severo quebranto. El catalanismo sucursalista actúa sin disfraz ni tapujos, y apenas encuentra crítica o réplica por parte de una sociedad que, en su conjunto y en el fondo, se siente tan valenciana como española. La ley del silencio y la intimidación sociopolítica, junto a un cierto conformismo acomodaticio, se han impuesto, con unas consecuencias muy lesivas para la libertad, el bienestar y la armonía social de la comunidad.

Un reto de enorme trascendencia
La CV se encuentra ante un reto de enorme trascendencia. Debe optar entre dos alternativas. La primera es consolidar una sociedad abierta y moderna, impulsada por una energía centrípeta, implicada, material y afectivamente, en proyectos a escala nacional: el plan radial de comunicaciones y el trasvase de recursos hídricos desde una perspectiva nacional, son de primera necesidad. La segunda, abandonarse a una política localista al servicio de intereses espurios, a una pasión centrífuga, donde manden las prácticas sectarias y excluyentes, que malogre sus grandes potenciales, principalmente, los económicos. Porque está en juego (y en peligro) un modelo exitoso, afianzado en materia de turismo, con empresas bien posicionadas de cara a la exportación y el comercio exterior, y en el que, por citar sólo un ejemplo, el Puerto de Valencia ocupa un lugar estratégico en las rutas de cruceros internacionales, como enclave líder en España en tráfico de mercancías y, además, como atractivo espacio de ocio ciudadano (La Marina).

Los valencianos merecen vivir, si no en un legendario “Levante feliz”, de ninguna manera como entes subsidiarios, cual peones de utópicos proyectos disgregadores y beligerantes, que no generan riqueza ni armonía social. La CV merece vivir de su esfuerzo y vitalidad en el conjunto de España, favoreciendo la unidad, la prosperidad y el porvenir.

#Comunidad Valenciana #catalanismo #nacionalismo #cultura #educación