Análisis La dificultad de formar gobierno en Italia

Pablo Martín de Santa Olalla es profesor de la Universidad Europea de Madrid


Una vez transcurrida la Semana Santa, el Presidente de la República, Sergio Mattarella, inició en la primera semana de abril las consultas para un posible encargo de formar gobierno. Y ya hay un punto de partida para ello: el acuerdo entre el Movimiento Cinco Estrellas de Luigi Di Maio y la Liga de Matteo Salvini para elegir los presidentes de las dos cámaras legislativas. En efecto, Roberto Fico, diputado de Cinco Estrellas será el presidente de la cámara baja o Cámara de los Diputados (situada en el Palazzo Montecittorio), mientras al frente de la cámara alta o Senado (localizado en el Palazo Madamma) por primera vez será una mujer quien esté al frente de la misma, en concreto la senadora por Forza Italia María Elisabetta Alberti. Lo que, en el fondo, viene a hacer aún más compleja la situación, porque, con este movimiento de Salvini (que ha cedido a un miembro del partido de Berlusconi este honor), queda claro que el joven político lombardo piensa jugar las dos bazas que tiene a su alcance.

Por un lado, el joven político lombardo parece estar conforme con un acuerdo Movimiento Cinco Estrellas-Liga que en este momento da en el Senado (donde siempre es más difícil lograr una mayoría) un total de 167 votos cuando las votaciones se ganan en este momento con solo 160 sufragios, teniendo en cuenta que son 318 los miembros que componen la cámara. Por otro, Salvini deja la puerta abierta a que la coalición de centroderecha que él encabeza, y que suma un total de 137 senadores, sea la que al final gobierne, a sabiendas de que les basta con que 23 senadores se les sumen en el momento clave de votar la “fiduccia” (o confianza) al nuevo gobierno. Veintitrés senadores que en este momento pueden salir de los 52 que tiene el Partido Democratico (PD) donde Maurizio Martina actúa como secretario interino, pero donde realmente el ex primer ministro Matteo Renzi, al menos de momento, posee el control de la Asamblea Nacional que ha de votar los pactos postelectorales.

No obstante, aún no ha llegado el momento ni de posibles abstenciones ni de las escisiones: es el momento de encontrar un acuerdo de gobierno a cinco años vista entre dos partidos que, todo hay que decirlo, presentan muy pocas semejanzas. Así, mientras la Liga es el portaestandarte de los intereses del rico norte industrial, aunque ya no exclusivamente (porque gracias al cambio de discurso de Salvini, mucho más integrador que el de Umberto Bossi, también recibe votos del centro y sur del país), el Movimiento Cinco Estrellas representa a la juventud italiana (cada día más a la baja como consecuencia del largo invierno demográfico que el país soporta desde hace décadas) e igualmente a una clase media harta de la corrupción encarnada por la llamada “casta” italiana. Una clase media que en otros tiempos hubiera votado a la izquierda italiana (ya fuera al PD o a Libres e Iguales) pero que ahora ha decidido otorgar su confianza a los “grillinis” de Cinque Stelle, entre otras cosas porque su líder, Di Maio, procede del castigado sur de Italia (nació en Avellino, una población cercana a Nápoles y que, como todo el sur del país, sufre altísimas tasas de paro).

La pregunta que uno debe hacerse es, por tanto, ¿qué es lo que realmente une a estos dos partidos? Ante todo, la puesta en marcha de una posición dura frente a las instituciones europeas. Mientras los de Di Maio culpan a las autoridades comunitarias de que con sus políticas de austeridad lo único que han logrado ha sido acrecentar la desigualdad entre el centro y norte de la Unión, por un lado, y los países del sur (Grecia, Italia, España y Grecia, de este a oeste), por otro, los votantes de Salvini, a su vez, piden más protección frente a las continuas oleadas de inmigrantes que cada vez proliferan más por las calles del próspero norte italiano, fomentando la sensación de inseguridad ciudadana. Y no les falta razón en este tema, ya que la Europa central y septentrional ha mostrado muy poca sensibilidad con el problema migratorio, olvidando que el sur de Italia no es la frontera del país transalpino, sino del conjunto de la Unión Europea, y que por tanto es un problema a resolver entre todos los países que integran la actual construcción europea.

Pero, más allá de todo esto, poco más se atisba sobre un posible programa de gobierno. El Movimiento Cinco Estrellas quiere abolir la reforma laboral del Gobierno Renzi (el llamado “Jobs Act”), pero es difícil que Salvini le respalde en este aspecto, ya que el empresariado italiano, representado por la patronal Confindustria, y que en no pocos casos está detrás del voto a la Liga, cree que esta reforma laboral, por mucho que haya aumentado la precariedad y la temporalidad de los nuevos (y no tan nuevos) trabajadores italianos, es la culpable (en sentido positivo) del paso de una economía en fuerte recesión a otra en fase de crecimiento estable (-2.8% del PIB en 2012 a +1.5% en 2017). En todo caso, el empresariado italiano debe hacer una fuerte autocrítica, porque la realidad es que las nuevas generaciones de jóvenes del sur ya no marchan al norte del país, sino directamente a otros países e incluso a otros continentes, quedándose el país sin sus mejores talentos.

Sí es posible que ambos encuentren también un punto de acuerdo en la derogación de la Ley Fornero (llamada así por ser su autora Elsa Fornero, ministra de Trabajo del Gobierno Monti, noviembre de 2011-abril de 2013), que llevó la edad de jubilación a los 67 años de edad actuales. Claro que ahí se pueden encontrar con que Italia vuelva a incumplir los objetivos de déficit que marca la UE y ello suponga un nuevo aumento de la abultadísima deuda nacional (132,6% del PIB), por lo que habría que ver cómo reforman esta ley tan controvertida.

Y es que la realidad es que Salvini tiene muchos más puntos de acuerdo no sólo con la Forza Italia de Berlusconi y con los Hermanos de Italia de Meloni, sino incluso con el PD de Renzi, que en la izquierda italiana es acusado de ser un “democristiano encubierto”. Sea así o no, la realidad es que Renzi, al menos de momento, se ha negado a un posible pacto tanto con Di Maio como con Salvini, lo que dificulta al presidente Mattarella el llamado plan “B”, que sería intentar un acuerdo Movimiento Cinco Estrellas-Partido Democrático, algo que abandera el sector liderado por el hasta ahora ministro de Cultura y exsecretario interino del PD Dario Franceschini. No debe olvidarse que Mattarella, aunque en ningún momento debe abandonar su papel de árbitro totalmente imparcial, a fin de cuentas es miembro del PD y se da la circunstancia de que él, como palermitano de origen, también pertenece al castigado sur de Italia, con lo que tendría su parte de influencia en un posible pacto PD-Movimiento Cinco Estrellas. En todo caso, Franceschini vuelve a encontrarse con la realidad de que Renzi sigue controlando el PD, ya que su sustituto (Martina), aunque pertenece a la tendencia más izquierdista del Partido Democrático, repite lo mismo que dijo Renzi nada más celebrarse las elecciones: no al pacto con la Liga, y no al pacto con Cinco Estrellas. Al menos de momento.

Y, para hacer aún más compleja la situación, no debe olvidarse el siempre importante tema de los personalismos, que en política juega un papel fundamental. Salvini no tiene la más mínima intención de ser un subalterno de Di Maio, y Berlusconi y Meloni ya le están empujando a que haga lo posible para que siga buscando votos para que el centroderecha vuelva a gobernar en Italia, lo que no ha sucedido desde que en noviembre de 2011 Silvio Berlusconi tuviera que presentar anticipadamente su dimisión debido a la profunda crisis económica que vivía el país. Así que, como hemos podido comprobar, a Mattarella, como le sucedió a Napolitano en 2013, le espera por delante un trabajo arduo, ya que son múltiples las combinaciones para formar gobierno y varios (Di Maio, Salvini e incluso Gentiloni) los candidatos para presidir el que sería el gobierno número 65 de la Historia de la República italiana. Dejemos que los políticos italianos nos sorprendan una vez más con esa capacidad para alcanzar un pacto imposible y, por descontado, en el último momento.

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