Análisis Instituciones extractivas y dictadura en Nicaragua

Eduardo Fernández Luiña es analista del Área Internacional de FAES


Nicaragua está sufriendo una de las peores crisis políticas de su historia reciente. El Gobierno encabezado por el líder sandinista Daniel Ortega ha enfrentado durante dos semanas innumerables expresiones de protesta y descontento por parte de la ciudadanía. El país, que ha pasado por un caos de saqueos y violaciones a la propiedad, sigue en estos momentos en tensión y los universitarios están solicitando la intervención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de las Naciones Unidas.

La protesta comenzó debido a una publicación gubernamental que rebajaba las prestaciones provistas (concretamente pensiones) por el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS). Sin embargo, lo que comenzó como una cuestión de política pública se ha convertido en una crítica durísima a la totalidad del sistema político y a la legitimidad del régimen político que Daniel Ortega, su familia y la oligarquía que le protege han edificado durante los últimos once años.

Es sabido que Ortega, guerrillero profesional en su juventud, ingresa al poder como parte de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional resultado de la entrada victoriosa de los sandinistas en Managua en el año 1979. Posteriormente, gana sus primeras elecciones democráticas en el año 1984, iniciando su mandato como Presidente de una Nicaragua democrática en el año 1985. Su primer gobierno estuvo marcado por los últimos coletazos de la Guerra Fría. Desafortunadamente, los niveles de estabilidad y violencia fueron elevados en aquellos tiempos. El país oscilaba de un polo a otro, debatiéndose entre la democratización (de tercera ola al igual que otros sistemas políticos en la región) o su transformación en un régimen autoritario de nuevo cuño (abandonado el somocismo para transitar a una dictadura de corte comunista).

Al final, las elecciones de 1990 y la derrota en las urnas frente a Violeta Chamorro convirtieron a Ortega en oposición, mostrando la verdadera cara de un líder obsesionado con el poder. Y digo poder, no bienes materiales. Nuestro personaje, el actual Presidente de Nicaragua, presenta un perfil autoritario de manual y un excesivo deseo por concentrar y centralizar poder en su persona y en su círculo más cercano. El actual Premio Cervantes, el también nicaragüense Sergio Ramírez, comentaba en su trabajo Adiós muchachos que nunca vio en Ortega a un individuo preocupado ni obsesionado por las cuestiones materiales. Sí por el poder.

Y para conseguir sus objetivos, Daniel Ortega ha cooperado con un gran número de individuos a los que sí les interesan las cuestiones materiales. Su segunda presidencia democrática a partir del año 2007 se ha caracterizado por una estrategia basada en:

  • Familiares y amigos en puestos clave;
  • Control de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
  • Colaboración con una oligarquía empresarial que ayuda al sostenimiento del sistema.

La conclusión es clara: después de once años, el país ha dejado de ser una democracia y se ha convertido en un autoritarismo competitivo con un andamiaje extractivo que ha hecho ricos a unos cuantos “amigotes del sistema”.

Y todo ello, edificado con base en discurso asociado al famoso –y desastroso– Socialismo del Siglo XXI, supuestamente preocupado por los más pobres y desfavorecidos de la sociedad. Ortega ha creado un escenario perfecto. Necesitaba a los militares y a las fuerzas y cuerpos de seguridad. Ha comprado a unos cuantos. También fue necesario cooperar e integrar en el equipo a algunos empresarios. De esos a los que les importa poco la libre competencia y la igualdad jurídica. Con lo anterior, Ortega lograba estabilidad política, cierto crecimiento económico y cómo no, concentración y centralización del poder en su persona. Todo lo que no pudo obtener en los ochenta.

Pero la ciudadanía a veces percibe la estafa. Sabe que Nicaragua sigue siendo uno de los países más pobres de América Latina –el quinto por la cola a nivel regional–. Sabe que la libertad de expresión brilla por su ausencia. Es consciente de que no puede disfrutar de la libre asociación si no obtiene el beneplácito del régimen. Por todo ello, la situación social se ha complicado y de la peor forma: violencia y represión sin escrúpulos por parte de las autoridades (más de 40 muertos según varios medios internacionales) y saqueos y violaciones a la propiedad privada.

La situación ha puesto al país contra las cuerdas y a día de hoy la salida es cuando menos compleja… Esperemos que el Gobierno, que solo se está preocupando de sí mismo en un claro intento de supervivencia, no reprima más a la población y tome conciencia de la degeneración institucional que han provocado en la nación.

Todos aquellos que creemos en la democracia, el Estado de Derecho y la libertad debemos contribuir a la “internacionalización” de la cuestión nicaragüense. El mundo debe saber qué está sucediendo allí. Solo así podremos contribuir a la protección de aquellas personas que en estos momentos están luchando por su estructura de derechos y libertades. A día de hoy y como se ha indicado, son muchos los ciudadanos que están sufriendo acciones represivas resultado de un régimen extractivo que lucha por subsistir y permanecer en el poder. Esperemos que desde el exterior podamos ayudar a los amigos nicaragüenses en su lucha por la libertad y con ello contribuir humildemente a la tan ansiada democratización que necesita el país.

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