Análisis Kim Jong-Un y Donald Trump: un encuentro histórico de resultados todavía inciertos

Juan Tovar Ruiz es profesor de Relaciones Internacionales de la universidad de Burgos


El 12 de junio de 2018 se produjo el primer encuentro entre un presidente de Estados Unidos y el líder de Corea del Norte. La celebración de tal efeméride ha despertado de manera bastante clara la atención de todo el mundo. Máxime, teniendo en cuenta los bandazos que la relación entre ambos Estados ha tenido en los últimos meses.

Para entender el problema de Corea del Norte es necesario remontarse a los albores de la Guerra Fría y al conflicto de Corea de 1950, producido como consecuencia de la invasión de Corea del Sur por el ejército del Norte, que acabó con centenares de miles de muertos y un armisticio que reconoció la frontera entre ambas Coreas en el paralelo 38.

Durante la posguerra fría, los diversos intentos de los presidentes estadounidenses por lidiar con el problema de Corea del Norte adolecieron de una clara falta de resultados. En el caso de la Administración Clinton, las negociaciones para tratar que Corea del Norte renunciase a un programa nuclear, que su régimen consideraba vital para la supervivencia de su sistema político, llevó a un acuerdo de renuncia a cambio del alivio de las sanciones impuestas por la Administración estadounidense y a la concesión de ayuda económica. Sin embargo, dicho compromiso no fue respetado y muy pronto Estados Unidos tuvo que hacer frente a las consecuencias del desarrollo del programa nuclear de Corea del Norte.

Mal situada a este respecto por su compromiso con la construcción del Estado en Irak y con menos instrumentos de inteligencia para poder afrontar dicho desafío, si se compara con las acciones tomadas frente al programa nuclear iraní, la Administración de George W. Bush prosiguió con la política de sanciones destinada a tratar de frenar dicho programa. Los resultados obtenidos tanto a este respecto como al de alterar el comportamiento del régimen y las provocaciones a los aliados regionales de Estados Unidos fueron limitados, máxime ante los temores de China de que la caída del régimen produjese una reunificación de Corea como aliada de Estados Unidos y un potencial flujo de refugiados hacia territorio chino, tal y como se expresó en los cables del Departamento de Estado filtrados por Wikileaks. El enfoque conciliador de la Administración Obama, centrada en los desafíos planteados por una cada vez más asertiva China en su estrategia de 'Giro hacia el Pacífico', más que en la cuestión de Corea, tampoco cumplió dicho objetivo.

El progresivo desarrollo del programa nuclear y balístico de Corea del Norte, por primera vez con posibilidades de atacar territorio continental estadounidense, dio un giro de 180 grados a la problemática coreana, elevando la naturaleza del desafío para la seguridad e incluso opacando –de momento– la problemática planteada por una ascendente y cada vez más asertiva China. La Administración Trump situó el plan nuclear de Corea del Norte en el centro de sus preocupaciones. La cada vez mayor hostilidad mutua llevo a un intercambio de calificativos hostiles y a un incremento de la tensión que tuvo su cénit en el discurso de Naciones Unidas de 19 de septiembre de 2017, cuando el presidente Trump, además de llamar “hombre cohete” al líder de Corea del Norte, amenazó con “arrasar” dicho Estado.

La adopción de sanciones cada vez más contundentes y la creciente colaboración de China parecieron llevar a una nueva situación de creciente distensión, a cumplidos entre ambos líderes e incluso a visitas también históricas como la del secretario de Estado, Mike Pompeo, a Pyongyang. Ante la voluntad negociadora del presidente de Corea del Sur materializada durante los Juegos Olímpicos de Invierno, el presidente Trump aceptó la posibilidad de realizar un encuentro con el líder norcoreano, sometido a diferentes vaivenes, pero cuya materialización se llevó a cabo finalmente.

La cumbre, tal y como era de esperar, ha dado lugar a un documento lleno de vaguedades que gira en torno a cuatro elementos clave, entre los que destacan el progresivo avance hacia la desnuclearización de la península, la identificación y repatriación de los fallecidos en el conflicto y el avance hacia la paz y la consolidación de las relaciones bilaterales. Dicho documento no resuelve elementos clave como las diferencias conceptuales en torno a la idea de “desnuclearización” ni hace explícitas las garantías para el cumplimiento de los objetivos.

Existen además una serie de aspectos que hacen que dicho documento deba ser tomado con cierta cautela o escepticismo. Entre ellos destacan los incumplimientos pasados de acuerdos previos suscritos por Corea del Norte, la garantía que el programa nuclear supone para la supervivencia del régimen de Corea del Norte ante la desconfianza suscitada por la actuación estadounidense en casos como Libia, el abandono del acuerdo nuclear con Irán por parte de la Administración Trump, la imprevisibilidad de los dos principales protagonistas del encuentro o la presión de decisores críticos con el acuerdo como la del consejero de Seguridad Nacional, John Bolton. Todo ello configura una relación enormemente frágil y muy vulnerable ante cualquier posible eventualidad.

En cualquier caso, una contraprestación relevante e incluso admitida como posibilidad a futuro por parte del presidente Trump en la rueda de prensa posterior a la cumbre, como sería la retirada total o parcial de las tropas estadounidenses de la península de Corea, podría ser un factor de relevancia a la hora de alcanzar una solución definitiva al desafío.

En definitiva, el encuentro ha significado un acuerdo inicial que supone una primera declaración de intenciones para avanzar en un programa de negociaciones, largo y complejo, cuyos resultados son, todavía, altamente inciertos.

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