Análisis El triunfo de la seguridad democrática en Colombia

* El video que acompaña este Análisis fue grabado durante la visita de Iván Duque a FAES en enero de 2018

José Herrera es director de Internacional de FAES


Los colombianos han elegido a Iván Duque y a Marta Lucía Ramírez como sus próximos presidente y vicepresidenta. Se trata de una magnífica noticia para Colombia y para América Latina, y una pésima para el populismo radical que veía en Gustavo Petro un poderoso aliado a la hora de reforzar la alianza antiliberal del “socialismo del siglo XXI”. Iván Duque ha ganado gracias al apoyo de los más de 10 millones de colombianos que han desconfiado de las propuestas populistas del candidato izquierdista, pero que sobre todo han visto con esperanza e ilusión la posibilidad de retomar las políticas de seguridad, justicia y fortalecimiento institucional responsables del gran avance de Colombia a comienzos del siglo XXI, durante las presidencias de Andrés Pastrana y Álvaro Uribe.

La elección suponía además un nuevo plebiscito sobre la gestión del presidente saliente, Juan Manuel Santos, fundamentalmente respecto al controvertido “proceso de paz”. Y al igual que hicieron en el referéndum celebrado en octubre de 2016, las urnas han dado un veredicto claro. Los colombianos han expresado de manera clara que la paz no se construye mediante corrección política y turbios acuerdos con las bandas terroristas, sino a través del fortalecimiento democrático y la firmeza del Estado de Derecho en la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico y la corrupción.

La presidencia de Santos deja una pesada herencia a la nueva administración. En primer lugar, por el lastre que suponen los acuerdos entre su gobierno y los grupos terroristas, alcanzados a pesar del rechazo de la mayoría de colombianos. Algunos de los temas a tratar por el gobierno que tome posesión el próximo 7 de agosto son reconsiderar la presencia impune de terroristas en las instituciones; dar a las víctimas la justicia y el reconocimiento que merecen; revisar la falta de legitimidad de la denominada “justicia transicional” –de facto, una justicia paralela–, y combatir con firmeza a un narcotráfico que ha aprovechado la debilidad del gobierno Santos para multiplicar por cuatro la producción de hoja de coca hasta alcanzar cifras récord, no vistas desde los años 90, antes de la entrada en funcionamiento del Plan Colombia. La agenda de seguridad, justicia y paz será por tanto la prioridad del nuevo gobierno, con anunciados cambios al acuerdo con las FARC, nuevas condiciones para las negociaciones con el ELN, y reinicio de las fumigaciones aéreas de los cultivos de coca.

De triunfar en sus objetivos, es indudable que Colombia atraerá la atención de inversores, otra prioridad para crear nuevos empleos y reconducir el deficiente desempeño económico de los últimos años. Para reforzar este mensaje, Duque ha anunciado también posibles rebajas tributarias a las empresas, una reducción importante del gasto público y una fuerte lucha contra la evasión fiscal y de capitales. Además, ha anunciado su apoyo a la consulta anticorrupción impulsada por sus opositores, prevista para el próximo 26 de agosto.

En cualquier caso, es necesario prestar atención a los 8 millones de votos obtenidos por la candidatura de Gustavo Petro. Si bien no todos esos votos provienen de la extrema izquierda, bastó escuchar ayer el discurso radical de Petro, acusando de su derrota a las “maquinarias corruptas” y a las “mentiras de la derecha”, para comprender que el país está hoy mucho más polarizado que hace cuatro años, y que la estrategia de desmantelamiento de la democracia liberal estaba en el cerebro y en la columna vertebral de la coalición perdedora.

El apoyo recibido por la izquierda colombiana en esta elección viene a demostrar que el viejo Foro de Sao Paulo, que ayudó a blanquear la imagen del comunismo tras su fracaso a nivel global mediante su enmascaramiento bajo la fórmula del “socialismo del siglo XXI”, sigue vivo. A pesar del colapso de sus principales impulsores, las dictaduras de Cuba y Venezuela, la extrema izquierda latinoamericana trata de tomar impulso elección tras elección. La agenda de Gustavo Petro no era muy diferente a la del potencial ganador de las elecciones en México, Andrés Manuel López Obrador, a la de un Lula da Silva que puede ser liberado de sus cargos por corrupción para presentarse a la reelección, o a la de autócratas como Daniel Ortega o Evo Morales, que han hecho de sus triunfos electorales el brazo de palanca para tratar de desmantelar desde dentro la democracia de sus países. De ahí la importancia, para todos, del magnífico triunfo de Iván Duque y Marta Lucía Ramírez en Colombia, un país que por tamaño, posibilidades y situación geográfica es clave para decantar hacia un lado o hacia el otro la batalla por la democracia, la ley y el Estado de Derecho en América Latina.

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