Reseña de Roberto Inclán Los populistas atacan a Europa

Roberto Inclán es editor y coordinador académico del Instituto Atlántico de Gobierno

La fortaleza asediada. Los populismos contra Europa, de J. M. Martí Font y Christophe Barbier.
Ediciones Península, Barcelona, 2018, 296 páginas.


La idea del populismo no es una cuestión novedosa de nuestra época, sino que tiene su origen en las últimas décadas del siglo XIX en la Rusia zarista y en el discurso creado por el People’s Party de EE. UU. Históricamente, el populista siempre se ha atribuido el papel de portavoz de la justicia y de la verdad del pueblo frente a la mentira de las élites, a quienes hace responsable de todos los males de la sociedad. En la época más actual, si bien el populismo ha contado con una presencia habitual en las democracias occidentales a partir de los años 90, es en un contexto de crisis económica y política como la que vive la Unión Europea en los últimos años, cuando ha dejado de ser un fenómeno asociado a partidos periféricos, para ser adoptado por otros partidos con presencia en gobiernos, lo que en palabras del politólogo holandés Cas Mudde se puede considerar como un Zeitgeist populista.

A pesar de que el rasgo principal del populismo es este antagonismo entre el pueblo virtuoso y la élite corrupta, el profesor Ángel Rivero establece en Geografía del populismo (Tecnos, 2017) hasta cinco características que definen la política populista: la defensa retórica de un pueblo virtuoso al que transfiere la responsabilidad política; la crítica radical a la democracia representativa; el rechazo de la división tradicional izquierda/derecha en favor de una vertical arriba/abajo; la presencia de un líder carismático que conoce y expresa la voluntad general del pueblo; y la búsqueda de un enemigo sobre el cual focalizar la culpa. Si bien los populistas apuestan por una transversalidad y rechazan la catalogación de izquierda y derecha, existen partidos populistas en ambos espectros ideológicos. La diferencia principal estaría en dónde ponen un mayor énfasis. Si bien los populismos de izquierda se caracterizan por una mayor crítica a las élites, los de derecha se muestran más preocupados por la cuestión identitaria y hacen gala de una mayor xenofobia.

El libro que nos ocupa está escrito por el español Josep Maria Martí Font y el francés Christophe Barbier, dos veteranos periodistas con un amplio recorrido en política económica e internacional. Martí Font ha sido corresponsal del periódico El País en Francia o Alemania –lugar donde cubrió la caída del Muro de Berlín–, y responsable de Cultura de este mismo diario. Autor de muchos libros, entre los que destacan El día que acabó el siglo XX, Después del Muro y La España de las ciudades. Christophe Barbier fue jefe de redacción del semanario L’Express entre los años 2006 y 2016, y es colaborador habitual en radio, televisión y prensa francesa. Autor de numerosos documentales y libros, el último de los cuales es Les derniers jours de la gauche (Los últimos días de la izquierda), publicado por la editorial francesa Flammarion.

La obra de Martí Font y Christophe Barbier es una radiografía de la Europa que emerge tras la crisis económica de la última década. Asimismo, es un repaso al estado actual de la Unión Europea y de los países que la forman, con el foco puesto en los partidos y movimientos políticos surgidos a raíz de esta crisis. Desde los extremos políticos, estos partidos se enfrentan a las fuerzas que han sido hegemónicas en Europa desde la segunda mitad del siglo XX, apelan a amplios sectores de la sociedad y aspiran a obtener el poder en las instituciones. A lo largo de un extenso prólogo de más de 50 páginas, los autores tratan de definir y sistematizar el concepto de populismo. Como bien afirma el profesor de Ciencia Política de la Universidad de Roma Tres, Edoardo Novelli, “hay que distinguir en el populismo el contenido de la forma”. De una u otra manera, casi la totalidad de los políticos del presente adoptan en algún momento formas populistas, pero los contenidos hay que buscarlos en los partidos verdaderamente populistas, tanto de derecha como de izquierda.

El denominador común de los partidos populistas europeos es su rechazo directo a la Unión Europea y el deseo de destruir esta forma de organización política supranacional. De este modo, se muestran como un momento defensivo que desea volver a una “edad de oro” y rechaza los avances de una “aldea global” y de la mundialización (p. 19). Si bien durante el siglo XX, la manera de canalizar el descontento de los desfavorecidos era a través del socialismo, en el siglo XXI “el populismo es el grito de dolor del ciudadano frente a un sentimiento de abandono”, según las palabras del sociólogo Joan Subirats. En esta misma línea, Subirats sostiene que “el socialismo ya no sirve para nada, su pacto es inoperante porque depende del Estado nación” (p. 26).

Frente a la mundialización de las sociedades occidentales, defienden una vuelta a la identidad nacional. Un clásico choque de civilizaciones, en el que los populistas acusan directamente a la inmigración y de esta manera se explica el éxito electoral de partidos como Alternativa para Alemania (AfD según sus siglas en alemán), quienes lograron un gran apoyo gracias a la política de asilo del gobierno de Angela Merkel durante la crisis de refugiados sirios en el verano de 2015, conocida como política de puertas abiertas o Willkommenskultur.

La cuestión, como afirma Martí Font, no es la inmigración en sí misma, sino el proceso de integración de estos inmigrantes: “si la inmigración se ha vuelto traumática, causando un síndrome de asedio y las fiebres xenófobas que han sido útiles al populismo, es debido al fracaso de la integración” (p. 28). Dentro de esta realidad identitaria, hay una especificidad de los principales movimientos migratorios europeos de las últimas décadas, como es el islam. Según el politólogo francés Dominique Reynié, “la inmigración de las poblaciones musulmanas es uno de los grandes acontecimientos que hay que tener en cuenta si se quieren comprender las tensiones que se establecen y las fuerzas que se ejercen sobre el sistema político europeo, tanto a escala de las naciones como de la Unión” (p. 30). Así, “si la crisis es el motor, la identidad es el carburante, el islam es la chispa” (p. 31). Conocido es el debate público puesto encima de la mesa de la actualidad alemana sobre el islam, con voces a favor y en contra sobre si el islam pertenece o no a Alemania, o el choque entre islam y laicidad en Francia. Otro lugar común que los populismos de ambos extremos utilizan como objetivo de sus críticas son las democracias representativas, a las cuales acusan de falta de legitimidad. A los populistas les gusta la democracia directa, el referéndum, la representación proporcional. Atacan a las élites “en nombre de una democracia más democrática, intentando mostrar que estas han establecido una plutocracia disfrazada de democracia” (p. 45).

La obra dedica su propio capítulo a aquellos países europeos en donde la presencia de populismos cuenta con una mayor relevancia, como son Grecia, España, Italia, Francia, Reino Unido y Alemania. Adicionalmente, también son analizados los casos de Bélgica y Holanda, así como las democracias escandinavas y del este de Europa. En el caso de Grecia, este país cuenta con el Gobierno más nacionalista de toda Europa, dado que está compuesto por una coalición formada por un partido populista-nacionalista de izquierda (Syriza) y un partido populista-nacionalista de derecha (Griegos Independientes). Al margen de esta coalición de Gobierno, se encuentra el partido neonazi Amanecer Dorado (AD), “un populismo que va más allá de la simple xenofobia para entrar de lleno en el fascismo puro y duro” (p. 102), que cuenta con 21 diputados en el Parlamento griego. El voto a AD, lejos de ser una mera protesta, muestra una tendencia y una fidelidad.

En cuanto al populismo español, dos son los casos que se incluyen en el libro: Podemos y el independentismo catalán, “un nacionalismo populista con profundas raíces históricas, trazos visionarios y elementos supremacistas” (p. 107). Por su parte, Podemos es un partido de izquierda “abiertamente populista y anunciaba una lucha entre la gente y la casta” (p. 108). La disyuntiva ya no se planteaba en términos de izquierda y derecha, sino en el eje vertical entre la élite y la ciudadanía. Durante estos pocos años de existencia del partido, Podemos dejó atrás su carácter más asambleario en favor de un liderazgo fuerte y vertical más propio de un partido de izquierdas.

En Italia los dos partidos que forman Gobierno, tras ser los más votados en las pasadas elecciones del 4 de marzo, son populistas y euroescépticos. El Movimento 5 Stelle (M5S) es una formación antisistema posideológica con un discurso populista vertical en torno al eje pueblo versus élite, sin una identidad concreta izquierda-derecha y que cuenta con votantes de ambos lados. Su socio de Gobierno es el partido ultraderechista Lega, representa un populismo más tradicional –nosotros (los italianos) frente a ellos (los de fuera)– que defiende la salida del euro y la recuperación de la moneda nacional.

Francia también cuenta con populismos a ambos lados, si bien es el partido de extrema derecha Frente Nacional (FN) el que ha logrado un mayor éxito electoral bajo el liderazgo de Marine Le Pen. El caso del presidente de la República, Emmanuel Macron, “lejos de ser un antídoto contra el populismo, es un populista soft que trata de acabar con los partidos tradicionales” (p. 167). A pesar de no tener un discurso agresivo, “Macron quiere suprimir todos los partidos excepto el suyo” (p. 168), practica una política muy personalista y emplea una “actitud autocrática” (p. 169). Apuesta por una mayor mundialización, y quiere una Francia y una UE fuertes, para lo cual busca refundar el proyecto europeo.

Otro de los partidos populistas que en los últimos años ha visto como su importancia ha aumentado de forma significativa es AfD, un partido de extrema derecha, xenófobo, anti-UE, anti-islam y anti-inmigración, que aúna a conservadores, nacionalistas, racistas y descontentos con la UE. Tras la renovación de la gran coalición de la CDU-CSU y el SPD, AfD ha pasado a ser el primer partido de la oposición en el Bundestag.

Por último, en el epílogo de la obra se plantea la necesidad de dar la vuelta a la situación actual, en la cual la UE es el chivo expiatorio común para la mayoría de los populismos. Europa debe solucionar los problemas de los ciudadanos y al mismo tiempo repensar su acción y su legitimidad en un nuevo marco político. La buena reacción de los Estados miembros al reto del brexit lanzado por el Reino Unido, lejos de ser un problema irresoluble, debe representar una ocasión histórica para fortalecer el proyecto europeo liderado por el impulso de Macron en su discurso pronunciado en La Soborna. La UE todavía cuenta con la confianza de la mayoría de los ciudadanos de la Unión, y no debe temer enfrentarse a los discursos populistas contrarios a ella. Un momento clave para medir el grado de confianza en este proyecto común serán las elecciones al Parlamento Europeo de 2019.

No sabemos qué sucederá en el futuro, pero para conocer cómo hemos llegado hasta aquí y en qué situación se encuentran los países de la UE frente a la amenaza populista, esta obra supone una gran ayuda que muchos lectores agradecerán. En su gira de despedida en el año 1995, François Mitterrand afirmó ante el Parlamento Europeo que “el nacionalismo es la guerra”, y precisamente esto es lo que está en juego en los próximos años. En palabras de los autores del libro, “regresar al siglo XX y sus tormentos trágicos, o bien inventar el siglo XXI y escribir su epopeya, esta es la alternativa en la lucha actual entre los populismos y Europa”.

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