Reseña de Alfredo Crespo Entre tiros e historia. La constitución de la autonomía vasca (1976-1979)

Alfredo Crespo Alcázar es profesor de la Universidad Antonio de Nebrija

Entre tiros e historia. La constitución de la autonomía vasca (1976-1979), de José María Portillo Valdés
Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2018, 140 páginas. ISBN: 9788417355210


Un título tan simbólico como apropiado
Tiros e historia son los conceptos fundamentales sobre los que José María Portillo vertebra una obra que, si bien se centra en los primeros años de la Transición, admite detectar ya entonces en los diferentes actores una serie de comportamientos que se han mantenido inalterados con el paso del tiempo, de tal manera que conservan su vigencia en la actualidad.

Los ‘tiros’ aluden a la actividad terrorista desplegada por ETA con especial virulencia durante el periodo 1976-1979. La ‘historia’, por su parte, hace referencia a la estrategia seguida por el Partido Nacionalista Vasco (PNV) de cara a la consecución de un estatus político diferenciado para la Comunidad Autónoma Vasca (CAV) en las negociaciones que condujeron a la Constitución de 1978 y especialmente al Estatuto de Autonomía de 1979. Al respecto, la citada formación política a través de sus principales representantes del momento (Xabier Arzallus y Carlos Garaicoechea) tergiversó la historia con la finalidad de presentarse como la única garante legitimada para acabar con los ‘tiros’.

Dicho con otras palabras: solo si aceptaba la visión de Euskadi difundida por el PNV, ETA pondría fin a su actividad terrorista. En este sentido, aunque el Partido Nacionalista Vasco rechazaba el recurso a la violencia para la obtención de réditos políticos, no atribuía la responsabilidad de aquélla exclusivamente a ETA. Para ello popularizó expresiones que a día de hoy gozan de protagonismo, destacando la manida ‘condena de todas las violencias’, con la que cuestionaba la empleada legítimamente por el Estado. Frente a este mantra, el autor se posiciona de manera valiente, de tal manera que no habla de violencia en abstracto sino que subraya que aquélla respondía a motivaciones políticas y procedía de fuentes concretas: una ideología nacionalista vasca.

A lo largo de cuatro capítulos, expuestos en orden cronológico, aparecen una serie de actores protagonistas. El principal es el nacionalismo vasco (bien a través del PNV, bien a través ETA) y, en menor medida, el gobierno de la Nación presidido por Adolfo Suárez. También disfrutan de cabida formaciones como EIA (Euskal Iraultzarako Alderdia-Partido de la Revolución Vasca), Euskadiko Ezkerra, Herri Batasuna o el PSE. De esta enumeración se extrae una primera conclusión: el carácter marginal de la derecha no nacionalista en el País Vasco, estigmatizada primero, acosada después y finalmente asesinados muchos de sus militantes por ETA, lo que se tradujo en que “la UCD y el Gobierno de Suárez estuvieron más abocados a la negociación y la transacción en todo el proceso que condujo a la constitucionalización de la autonomía vasca” (p. 20).

Así, conforme se daban los pasos pertinentes para la normalización democrática en España, el País Vasco vivía una situación anómala. Por un lado, se multiplicaban los asesinatos perpetrados por ETA, organización terrorista que contaba con el apoyo expreso de una buena parte de la sociedad vasca, mientras que otro porcentaje significativo asumió de manera cobarde y acomodaticia bien el silencio, bien el lema ‘algo habrán hecho’ (los asesinados). En palabras del doctor Portillo: “jugaba en ello un papel principal la elaboración y socialización de un argumentario que pasaba por visualizar la victimización únicamente en el ‘pueblo vasco’, mientras los muertos reales eran considerados más bien como efectos colaterales, deseados o no, pero colaterales, rápidamente prescindibles desde un punto de vista moral y, por lo tanto, sin historia” (p. 113). Por otro lado, el PNV se erigía en la fuerza hegemónica de la CAV, arrogándose un estatus de superioridad en las conversaciones que condujeron al Estatuto de Autonomía.

Una estrategia eficaz, ¿por qué?
Durante la Transición, el Partido Nacionalista Vasco simplificó los dos últimos siglos a través de una dialéctica, imaginaria que no real, que enfrentaba a España con Euskadi. De esta forma, despreciaba las conclusiones científicas a las que iba llegando una incipiente historiografía vasca (Fusi, Elorza, Rivera…) que argumentaba que en el País Vasco habían convivido numerosas ideologías.

No obstante, el PNV necesitaba de algo más que un simple encuadre teórico para respaldar sus exigencias. Es en esta cuestión donde el autor explica un viraje significativo e interesado por parte de los ‘jeltzales’ con respecto a otras etapas, en particular la II República, cuando bajo el liderazgo de José Antonio Aguirre se negaron voluntariamente a integrarse en el Pacto de San Sebastián, lo que a la postre limitó sus opciones de influir políticamente durante el periodo 1931-1936. Durante la Transición adoptó un modus operandi antagónico: “su posicionamiento como partido institucional al haber participado en todo el proceso de cambio y proponer la abstención en vez del voto negativo en el referéndum constitucional le permitió continuar no solo estando presente, sino liderando el segundo momento constituyente en Euskadi, el que dio a luz el Estatuto de Autonomía en 1979” (p. 19). Como prueba de esta ‘novedosa’ estrategia aceptó la Monarquía, frente a las tesis del binomio ETA-izquierda abertzale que interpretaba la Transición como una continuación de 1936, asociación en la que aún persevera en la actualidad.

Esta actitud del PNV, lejos de manifestar seguidismo o complacencia hacia las propuestas constitucionales de otros partidos de ámbito nacional, la combinó con la defensa a ultranza de la ‘teoría de la devolución’: “no se trataba de conformar un ‘cuerpo separado’ del Estado, sino precisamente de lo contrario, de permanecer como cuerpo del Estado, pero constitucionalmente independiente del mismo” (p. 82). Dicho con otras palabras, podía compartir con España el Estado pero no la nación ni la soberanía ya que ello había provocado tanto las guerras carlistas como la civil.

Bajo este prisma, la existencia de ETA en los años setenta era contemplada como la continuación de esa lucha por recuperar los ‘derechos históricos’; consecuentemente, “solo la ‘devolución’, es decir, la aceptación de la propuesta nacionalista de la independencia constitucional vasca, podía poner fin a la violencia” (p. 96). Al respecto, José María Portillo cita un editorial muy revelador de El País de 23 de marzo de 1979: “si el PNV, Herri Batasuna y Euskadiko Ezkerra se unieran, serían mayoritarios en Euskadi. Y si el Gobierno se niega a negociar seriamente –esto es, cediendo en aspectos sustanciales– con el nacionalismo vasco, que busca el pacto, abocaremos sin duda a una radicalización de tendencias de enorme peligrosidad” (p. 111).

El Estatuto de Gernika: síntoma y paradigma
En este punto encontramos una explicación pormenorizada por parte del autor de cómo el PNV construyó un discurso eficaz que utilizó en las negociaciones que condujeron a la Constitución y, sobre todo, al Estatuto. Al respecto, partió de una identificación entre fuero y pueblo, mitificados ambos, de tal manera que el segundo creaba el primero “sin influjos de los eruditos de las ideas” y lo contraponía a la Constitución, como algo liberal y propio de las elites. Esta argumentación representa el paradigma del rechazo de la modernidad que siempre ha caracterizado al nacionalismo vasco, rasgo que hunde sus raíces en Sabino Arana.

Las conversaciones que llevaron al Estatuto de Autonomía las afrontó el PNV en una posición de superioridad, negociando cara a cara con el Gobierno de la UCD y, como refleja el profesor Javier Corcuera, imponiendo su lenguaje al resto de los grupos, en lo que Kepa Sodupe (miembro del equipo negociador peneuvista) definía como ‘procedimiento expeditivo’: plantear propuestas nacionalistas y votarlas sin mucho debate. El propio Carlos Garaicoechea, cuyas memorias cita el autor, viene también a corroborar implícitamente este proceder: “el realismo y una elemental visión política nos decidió a nosotros a asumir el riesgo de negociar con el Gobierno. Si el proyecto hubiera ido directamente a la jaula de grillos de la Comisión Constitucional, nadie sabe qué habría quedado del proyecto de Gernika” (p. 108).

Lo que sí conocemos es el resultado real y tangible del Estatuto de Autonomía. Como recuerda el profesor Portillo Valdés, en él no aparece la palabra España y el pueblo español se suple por el Estado, es decir, no existen ni la nación española ni su pueblo: “el artículo primero del Estatuto de Gernika manifiesta que los poderes de la Comunidad Autónoma Vasca no provienen de la Constitución Española, sino que se adaptan a ella (…) al determinar que es el pueblo vasco y nadie más que el pueblo vasco, el que se constituye en comunidad autónoma dentro del Estado español” (p. 135).

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