Análisis El fin de una era

Cristina Crespo Palomares es directora de Relaciones Externas y coordinadora general del Instituto Franklin-UAH. Del Patronato de la Fundación.


Hace unos días observábamos cómo Washington despedía al senador republicano John McCain en una puesta en escena que recordaba más a tiempos pasados que presentes. Con la gran ausencia del presidente Trump por expreso deseo del difunto, la estampa de conciliación y de hacer política, donde los gestos y las forman importan tanto o más que las acciones, se traducía en puro espejismo. Se ha marchado el alma del Partido Republicano. Uno de los pocos que defendía su esencia en los últimos tiempos y que se posicionaba en firme y de forma clara en contra del presidente Trump.

El senador McCain representaba la América republicana de valores tradicionales, de orgullo y tributo a la nación, de honor a la familia. Siempre fiel a su partido, el de siempre, el grande – the Grand Old Party (GOP) más conocido popularmente. Pero el Partido Republicano, el mismo que se abanderaba por hacer también grande a la nación a lo largo de su historia, ya no es el mismo o por lo menos no lo manifiestan sus representantes que han encumbrado en el poder a un presidente alejado de la ideología de su propio partido.

El senador McCain tuvo una vida llena de aciertos y errores, pero sobre todo fue respetado y admirado por toda la clase política y por el estadounidense de a pie. Un animal político, hombre de consenso, héroe de guerra que sirvió a su país durante toda su vida y que ha recibido el mismo cariño y respeto en su último adiós. Su funeral, lleno de mensajes a la Administración Trump, ponía en escena a una clase política de antaño, de expresidentes, de exlíderes.

En su carta de despedida, McCain hacía un llamamiento a la conciliación del pueblo norteamericano, apelando a que a pesar de las diferencias, “siempre han tenido mucho más en común”. Pero los tiempos han cambiado y siguen cambiando a una velocidad de vértigo en un mundo donde ya casi nada es predecible. Lo que hacía grande a la América de McCain dista mucho de la que llevó a Trump a la Casa Blanca. La sociedad está dividida, pero no debemos olvidar que Trump cuenta legítimamente con el apoyo de las urnas y esto lo sabe su partido, donde muchos se oponen a él, pero no en público.

Puro romanticismo republicano el de McCain porque de acuerdo con las encuestas poco parecen importar los desplantes y vaivenes de la Administración Trump. La popularidad del presidente es baja (un 41%), pero no lo es en el partido republicano donde cuenta con un 85% de apoyo, de acuerdo con FiveThirtyEight y Gallup.

El viejo gran partido ya no es lo que era. Si no levantó la voz ante la imagen de un presidente republicado dando la mano a un presidente ruso, poco podemos esperar. Ni siquiera el sector evangelista del partido ha criticado a su presidente tras los escándalos de pagos realizados a prostitutas.

En el recién publicado artículo en el New York Times un alto funcionario de la Casa Blanca exponía lo evidente: Trump no es un republicano al uso, a pesar de que fuera elegido como uno de ellos, ni sigue los ideales republicanos de libertad de pensamiento, libertad de mercado, libertad de personas.

El grupo de la resistencia, como así se han autodenominado los adversarios de Trump en el seno de la Casa Blanca, suman a la gran división ideológica, e incluso moral, que sufre la nación norteamericana. La respuesta inmediata del presidente vía Twitter mencionando una vez más la ciénaga que está drenando, alimenta la división y su idea de limpiar de corrupción las entrañas del poder en Washington. Porque Trump sabe muy bien cómo dirigirse a su base. Una base que se conforma del descontento y no necesariamente del republicano. Y las últimas filtraciones alimentan el discurso de Trump sobre la existencia de una teoría de la conspiración en su contra en la Casa Blanca.

La pérdida de poder de los republicanos en ambas cámaras en las próximas elecciones de mitad de mandato el 6 de noviembre podría significar un nuevo punto de partida. De esta forma podrían ejercer presión sobre Trump y prepararse para buscar un candidato para el 2020. De otra manera, Trump acrecentaría su poder dentro del partido y le consolidaría como candidato para las próximas presidenciales.

Independientemente de lo que ocurra en las Midterms, el Gran Partido ya no es lo que era. Con McCain termina una época, se ha muerto la grandeza de América –en palabras de su hija– y también la grandeza del Partido Republicano.

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