Los nacionalistas frente al orden constitucional Nacionalismo vasco y espejismo confederal

Vicente de la Quintana Díez es colaborador de FAES


El pasado 31 de mayo Aitor Esteban iniciaba con estas palabras su faena de puntillero en la moción de censura: “Esta mañana, cuando he visto las portadas de los medios de comunicación, me he dicho: ¿’en manos del PNV’?, ¿en serio? ¡Vaya con la gran nación española! ¡Qué incapacidad de llegar a acuerdos!... No queremos desestabilizar el Estado, pero tampoco tenemos vocación de gobernar España. Somos un partido vasco”.

Apenas cuatro meses después, la semana pasada, se celebraba en el Parlamento vasco el Debate de Política General. Tan general fue la política debatida que versó sobre la naturaleza del Estado español. El lehendakari formuló una advertencia camuflada de expectativa: “Confío en que las diversas estructuras del Estado demuestren una mayor sensibilidad hacia su propio carácter plurinacional”. Para no sentir vocación de gobernar España, el nacionalismo vasco se dedica a definirla con admirable desahogo.

Es lo que tienen las minorías nacionales aherrojadas por Estados opresivos cuando cualquier moción de censura las promociona como árbitros dirimentes tras provechosa negociación presupuestaria con gobiernos en minoría.

Ha sido costumbre del PNV, durante mucho tiempo, buscar ‘espejos’ exteriores que reflejasen el íntimo conflicto en el que (y del que) viven los nacionalistas vascos. Así, en su discurso, los vascos hemos sido irlandeses, gibraltareños, portorriqueños, estonios, letonios, lituanos, checos, eslovacos, quebequeses, alemanes del Este, georgianos, chechenos e isleños alandeses. Hasta ahora, el término de comparación era siempre el País Vasco. La novedad registrada la semana pasada consiste en la asimilación de la supuesta naturaleza plurinacional y confederal del Estado español con… la Unión Europea. Según el lehendakari, “nuestro referente, Europa, es un ejemplo en su funcionamiento de democracia plurinacional”; así, se podría resolver la actual “crisis territorial” (el golpe secesionista) mirando a la UE como fórmula política confederal que funciona “para dar solución a realidades en las que conviven diferentes sentimientos de pertenencia nacional”.

Lanzado por la pendiente analógica, Urkullu no dejó de recordar “el referéndum escocés, el federalismo asimétrico belga, la soberanía compartida suiza y la lealtad multilateral bávara dentro del federalismo alemán” (sic). Aunque para salir del “laberinto territorial español”, el hilo de Ariadna lo tenemos aquí mismo, en casa. Dijo Urkullu: “La foralidad tiene un sentido esencialmente confederal y este modelo funciona, ¿por qué no aplicarlo en el Estado?”.

Sería sencillo, según el lehendakari; ni siquiera haría falta una reforma constitucional, sino “una relectura más ambiciosa de la Disposición Adicional Primera de la Constitución”: la nacionalista, que interpreta ‘pro domo sua’ los derechos históricos de los territorios forales como derivados de una soberanía distinta, anterior y superior a la del pueblo español autor del texto de 1978.

Urkullu quiso referirse a una transformación confederal de España usando la expresión “confederación” en sentido estricto; no como variante del federalismo. Porque lo importante en todo este desvarío es romper la soberanía de la Nación española. No tanto obtener de un golpe la secesión, sino, en palabras de Julián Marías, lograr la definitiva “desarticulación nacional de España”.

¿Se pedía la independencia con el “Plan Ibarretxe”? No, “tan sólo” se pretendía un “estatus de libre asociación” con España. El 4 de octubre de 2002, X. Arzalluz lo explicaba así: “Si Aznar desoye a Ibarretxe volverá a perder una magnífica oportunidad para lograr eso que dice tanto estimar como es la unidad de España”. El estatus de libre asociación del País Vasco como “la última oportunidad para impedir que España acabe como Yugoslavia”. Pocos días después, el mismo Arzalluz profetizaba a los afiliados de su organización juvenil: “Vosotros sí veréis la independencia” y el PNV celebraba el Alderdi Eguna repartiendo pegatinas con la leyenda “Good bye, Spain”.

Es casi unánime el veredicto que da por escarmentado al PNV tras aquella aventura que le llevó a la oposición. ¿Escarmentado? Lleva años impulsando al ritmo que dicta su táctica una reforma francamente anticonstitucional de un Estatuto que da por amortizado. Ahora lo hace de la mano de EH Bildu, al tiempo que pide al PP vasco el voto que le falta para sacar adelante sus presupuestos. Los de una Comunidad que gobierna en descompensada coalición con una escolta de socialistas vascos. Que apenas tienen algo que decir sobre la “Pax confederada” que vende su socio-alfa y nada sobre lo de liberar golpistas presos y acercar terroristas, porque están francamente de acuerdo.

¿De verdad han aprendido algo tantos que dicen defender el orden constitucional?

La propuesta confederal será un disparate. Pero determinados disparates tienen recorrido cuando en la principal de las “estructuras del Estado” emplazadas por Urkullu, el Gobierno de España, encuentran cierto “ambiente”.

Por algo es Presidente alguien que, en 2014, decía que Cataluña era “nación” y “así debía recogerlo una nueva Constitución”; y en 2016: “España es una nación de naciones. Cataluña es una nación dentro de otra nación que es España, como lo es también el País Vasco, y esto es algo de lo que tenemos que hablar y reconocer".

España vive su peor crisis política desde la recuperación de la democracia. Un proceso de secesión sin desarticular converge con la boga creciente de discursos que impugnan la Transición, la Constitución y el fundamento de ambas: la Reconciliación Nacional. Los diagnósticos complacientes nunca recomiendan terapias eficaces.

La complacencia se convierte en ceguera voluntaria cuando se minimiza la relevancia del lenguaje nacionalista y, suponiéndolo inocuo, se explora el apaciguamiento por la vía semántica.

A quienes no tengan todavía claro aquello que Patxi López preguntaba al hoy presidente del Gobierno de la Nación: “… pero, Pedro, ¿tú sabes qué es una nación?”. A los que todavía balbucean la misma respuesta que se obtuvo entonces: “bueno, es… un sentimiento que algunas personas tienen”; a todos esos, les perdonamos no saber qué es una nación. Pero resulta imperdonable no saber todavía qué es un nacionalista.

Pacientemente, se lo aclaramos: un nacionalista es alguien cuyo credo básico queda resumido en el viejo “principio de las nacionalidades”; así: toda Nación (definida como él quiera) tiene derecho a convertirse en Estado (soberano).

Amablemente, les recordamos: es peligroso cederle a un nacionalista el sustantivo (“nación”), porque nunca lo disociará del adjetivo (“soberana”); por eso es nacionalista.

Y de forma entusiasta les invitamos a plagiar de un clásico tratado de derecho político la recomendación de distinguir el polvo de la paja (cuando de naciones soberanas se trata): “Lo que importa es no reconocer como Nación sino a la que auténticamente lo sea: un Pueblo avasallado por un Estado incomprensivo, una minoría nacional aherrojada por un Poder despótico son cosa enteramente distinta de un núcleo provinciano y vanidoso que, ahíto de proteccionismos, presume de Nación oprimida para consolidar sus privilegios y seguir explotando a los ‘tiranos’”. (N. Pérez Serrano, Tratado de Derecho Político. Civitas, 1976, pág. 114).

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