Análisis Almagro, Venezuela and multilateral order

Beatriz Becerra es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa (ALDE). Acaba de publicar Eres liberal y no lo sabes (Deusto)


El inacabable tejido de tratados, acuerdos y organismos internacionales que condiciona la política internacional moderna ha contribuido a la estabilidad, la reducción de la violencia y el aumento de prosperidad en todo el mundo desde la posguerra mundial. Sin embargo, las instituciones mundiales afrontan críticas legítimas sobre su incapacidad para atajar derivas dictatoriales e incluso crímenes contra la humanidad. La ONU se lleva la mayor parte de estas críticas.

El uruguayo Luis Almagro, que preside desde 2015 la Organización de Estados Americanos, conoce esta debilidad y ha sabido evitarla ante la gravísima situación que vive Venezuela. La voz de Almagro se ha escuchado con claridad en todo el continente como la de un líder democrático consciente de su papel. Viniendo de un hombre de izquierdas, el discurso de Almagro sobre la tragedia venezolana adquiere un altísimo valor político que dignifica a la OEA y refuerza el papel de las instituciones internacionales. Y no es sólo el discurso: Almagro ha impulsado iniciativas como el informe que debe servir de base para investigar a Nicolás Maduro y otros jerarcas del régimen chavista por crímenes de lesa humanidad. Cinco países latinoamericanos signatarios del Estatuto de Roma –a los que se ha sumado Canadá -acaban de anunciar que pedirán formalmente a la Corte Penal Internacional que abra diligencias. Confío en que pronto lo hagan también los países de la Unión Europea, y en especial España.

Recientemente, Almagro recordó que existe la posibilidad de intervenir en Venezuela de acuerdo con el derecho internacional y la responsabilidad de proteger reconocida por la ONU para todos sus países miembros. De inmediato se llevaron las manos a la cabeza quienes prefieren ignorar la liquidación del Estado de Derecho, la brutal represión, la terrible escasez y el éxodo de venezolanos que ya se ha convertido en el principal problema de la región. El expresidente Zapatero salió en defensa del régimen, como tiene por costumbre, y Almagro le aconsejó que no fuera imbécil, lo que ha propiciado un triste encontronazo con el gobierno español.

El régimen de Maduro ha dicho que denunciará a Almagro ante la ONU, que ha celebrado esta semana su Asamblea General, por “promover una intervención militar”. Sería dramático que se diera carta de naturaleza a la denuncia de una dictadura. El punto más débil de la ONU es su dificultad para defender la democracia liberal cuando implica enfrentarse con tiranías de izquierdas. Es la OEA la que está ofreciendo la cara positiva del orden multilateral en la cuestión venezolana. Si el propio diseño institucional de Naciones Unidas hace imposible una actuación más decidida, al menos hay que confiar en que no se pongan palos en las ruedas de quienes sí son capaces de actuar.

El asunto es especialmente delicado en un momento en el que el multilateralismo está siendo duramente cuestionado por el nacional-populismo. Dirigentes como Donald Trump aprovechan la debilidad de la ONU para impulsar su agenda aislacionista y proteccionista. Los que creemos en un orden internacional basado en marcos legales e instituciones compartidas sólo podemos confiar en que Almagro reciba el respaldo que merece mientras se impulsan medidas eficaces y urgentes para impedir que el régimen de Maduro siga cobrándose víctimas, devastando Venezuela y desestabilizando América del Sur.

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