Jordi Canal: "Una revisión general del Estado autonómico parece inevitable"



Navacerrada (Madrid), 08.07.11.-
El profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, Jordi Canal, ha pronunciado la conferencia "El Estado autonómico y nacionalismos. El caso catalán", hoy viernes, 8 de julio, en la segunda jornada del curso de política institucional del Campus FAES. Durante su intervención, el historiador ha declarado que "estamos en un momento delicado. Una revisión general del Estado autonómico parece inevitable. Deben evitarse duplicaciones y controlar el gasto. Es posible que en el caso catalán sea imprescindible, asimismo, revisar la financiación. En cualquier caso, visto lo visto, creo que sobra estridencia en el debate, desde todos los frentes, y falta mucha pedagogía".

A continuación, se reproduce íntegramente el discurso de Jordi Canal en Campus FAES:

"El conflicto nacional es central en la historia de la España contemporánea. El Estado autonómico fue una manera parcialmente exitosa, implantada en la Transición democrática, para intentar solucionar esta cuestión. El debate sobre este modelo está hoy nuevamente abierto y Cataluña está en el centro de las discusiones. En esta intervención quisiera introducir algunos elementos de reflexión, sobre todo desde un punto de vista histórico, para entender mejor la situación actual.

Para ello, quiero empezar con la pregunta siguiente: ¿Por qué surgieron a fines del siglo XIX nacionalismos alternativos en España? No existen explicaciones ni fórmulas únicas. Las referencias a fenómenos más o menos naturales o más o menos inexorables no nos sirven. Tampoco, en el campo opuesto, las alusiones a la simple invención. Los procesos históricos siempre son más complicados. Para entender la génesis del nacionalismo catalán, pero, asimismo, la de los nacionalismos vasco o gallego ?"un desarrollo mucho más lento, que no permite su eclosión definitiva hasta la década de 1930-, deberíamos tener en cuenta cuatro conjuntos de elementos, pertenecientes a campos diferentes. Ante todo, sin que el orden tenga una especial significación, una coyuntura propicia. El final del siglo XIX responde bien a esta exigencia, con sus crisis y problemas. España tuvo que enfrentarse, al igual que otras naciones de la Europa latina, a sus contradicciones y a sus fantasmas. Se trata de la crisis del 98 ?"el también llamado "Desastre"- o crisis de fin de siglo. El imaginario del 98 ha condicionado todo el siglo XX, desde los regeneracionismos hasta el franquismo. Cinco tipos de crisis coincidieron en aquel entonces: la guerra de Cuba (1895-18989) y la pérdida de las colonias, los problemas económicos, los conflictos sociales, la crisis del sistema político de la Restauración en su versión canovista-sagastina y, por último, las interrogaciones intelectuales. El denominado "Desastre" no fue, sin embargo, en realidad, ni una catástrofe ni una ruptura histórica mayor.

En segundo lugar, un descontento manifiesto en relación con los proyectos de construcción del Estado-nación español. No se pueden entender los nacionalismos periféricos sin tener permanentemente en cuenta el nacionalismo estatal. A lo largo del siglo XIX se asistió en España ?"de manera paralela a lo que ocurría en otros países europeos, como Francia o Italia- a un proceso de construcción nacional y a la voluntad de "hacer españoles", de españolizar, esto es, de nacionalizar una comunidad política preexistente. Los resultados condicionaron, evidentemente, la emergencia o no de proyectos alternativos. Los historiadores han debatido mucho en los últimos veinte años sobre el éxito o el fracaso del proceso de construcción nacional en la España del siglo XIX. La tesis de la debilidad, muy extendida en un primer momento, ha sido recientemente negada o, como mínimo, matizada. Los problemas, sin embargo, resultan innegables.

Las hipótesis más influyentes en este terreno fueron presentadas por el historiador catalán Borja de Riquer en un texto en el que intentaba exponer las razones de la debilidad de este proceso y sus efectos sobre el nacimiento de los nacionalismos catalán y vasco. Los nacionalismos periféricos no habrían destruido la unidad española, sostiene este autor en sus conclusiones, sino al revés; fueron el fracaso o bien la crisis de la penetración social del nacionalismo español los que permitieron el triunfo de los nacionalismos alternativos. Los argumentos que permitían defender esta posición eran los siguientes: las características específicas de la revolución liberal española; la ineficacia de la acción unificadora del Estado; el carácter nacional precario de la vida política ?"un país de centralismo oficial, pero de localismo real, como escribió acertadamente Juan-Pablo Fusi-; los desequilibrios económicos regionales ?"sobre todo entre Cataluña y el País Vasco y el resto- y la débil homogeneidad social; un mensaje de integración nacional conservador y nostálgico; una acción insuficiente del Ejército y de la escuela en el proceso de nacionalización (los agentes estatales nacionalizadores por excelencia, con las comunicaciones, según Eugen Weber en Peasants into Frenchmen, de 1976), en la que el fracaso de la imposición del castellano como lengua única resulta un buen ejemplo; y, finalmente, la falta de prestigio de la monarquía y de los símbolos de la nueva nación (bandera o himno, pongamos por caso). El análisis de Riquer ha sido muy criticado últimamente, tanto por lo que se refiere al peligro de la utilización de modelos de "normalidad" -léase sobre todo Francia-, como a la falta de tratamiento del trabajo de españolización de la propia sociedad civil, al margen del Estado, o la no insistencia en algunos puntos, como la ausencia de enemigos exteriores o el papel de la Iglesia y el catolicismo. Como quiera que sea, las relaciones entre el proceso de construcción nacional español, sin la fuerza suficiente que garantizase su éxito, y la génesis de los nacionalismos catalán y vasco a fines del siglo XIX resultan evidentes.

En tercer lugar, la presencia de tradiciones, conciencias, realidades, experiencias y signos identitarios más o menos antiguos. Entre estas y estos sobresalen la lengua ?"el catalán, el vasco o el gallego, con niveles de uso muy desiguales-; una cultura y una historia propias; las lealtades institucionales y las tradiciones jurídicas locales y regionales; la conciencia étnica y las identidades; o, entre otros, las realidades socioeconómicas ?"la industrialización catalana o vasca, por ejemplo- y las experiencias históricas acumuladas. Aunque toda nación y todo nacionalismo sean una construcción, no sería posible emprenderla sin unas sólidas bases, sin materiales.

Por último, en los conjuntos de elementos que estamos tratando, nos encontramos con los actores: intelectuales, políticos y profesionales. Personas dispuestas y disponibles, en fin de cuentas, a dotar de fuerza y a dirigir este proceso histórico. En este sentido, el desarrollo a lo largo del siglo XIX en España de importantes movimientos románticos (la Renaixença catalana, en especial), anti-centralistas (el federalismo, el provincialismo o el fuerismo vasco) y regionalistas (en Galicia, en Cataluña y también en Aragón) debe ser tenido en cuenta. La convergencia de todos los elementos anteriores y sus interrelaciones permiten explicar la eclosión de los nacionalismos que denominamos periféricos en la España fin-de-siglo. Por separado, nunca habrían dado lugar a este resultado. Por ejemplo, una cultura o una lengua propias pueden constituir piezas centrales, como en el caso catalán, o secundarias, como en el País Vasco ?"la raza fundamentó allí los primeros discursos nacionalistas, en una peculiar sublimación a contrario del casticismo español más intransigente, con atribuciones de pureza de sangre incluidas-; sea como fuere, no resultan suficientes para dar lugar a un nacionalismo, como muestran claramente la región valenciana o las Baleares. Además, ni todos los regionalismos ni todos los movimientos anti-centralistas acabaron convirtiéndose en nacionalismos. El regionalismo aragonés es un buen ejemplo de ello. Incluso, en otro orden de cosas, los regionalismos, como en el caso valenciano, pueden ser excelentes vías de nacionalización española.

El catalán fue, sin duda alguna, el movimiento nacionalista alternativo que se consolidó más rápidamente. La Lliga Regionalista, el primer partido de masas nacionalista, fue creada en 1901. La formación, dirigida por Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó, puede ser definida como nacionalista, conservadora, industrialista y no dinástica. La Lliga reunió sobre todo a los burgueses descontentos con la ineficacia del Estado y los partidos de la Restauración a la hora de defender sus intereses en la agitada coyuntura finisecular y a los intelectuales catalanistas, que ya habían participado en la experiencia de la Unió Catalanista, una asociación fundada en 1891, y en la elaboración de las Bases de Manresa (1892). La Lliga se impuso ya en las elecciones de 1901 en Barcelona, abriendo las puertas a un sistema de partidos específicamente catalán. Este partido se convirtió en hegemónico en Cataluña ?"hasta la Segunda República, con el ascenso de Esquerra Republicana de Catalunya- y llevó a cabo con bastante éxito un intenso proceso de expansión social y de nacionalización catalana en todos los terrenos. El desarrollo del movimiento cultural "noucentista" y la acción de la Mancomunidad, presidida por Prat de la Riba, fueron, en este último punto, esenciales.

Con la génesis de los nacionalismos periféricos, la España del siglo XX iba a ser muy diferente de la de la anterior centuria. La cuestión nacional y el conflicto entre estos nacionalismos y el Estado se convirtieron en problemas centrales, hasta hoy, de la realidad de España. Los nuevos nacionalismos desarrollaron desde el inicio un proceso de construcción nacional propio, de nacionalización en fin de cuentas, que se hizo casi siempre contra la nación y el nacionalismo o patriotismo español. El nacionalismo es una construcción y la nación una construcción de los nacionalistas. En el caso catalán, un par de momentos resultaron claves: principios de siglo, como hemos señalado ya, y la Segunda República, con la consecución de un Estatuto de Autonomía, en 1932, y la experiencia de un gobierno autónomo, siempre en manos de ERC, con Francesc Macià a la cabeza en un primer momento y, más adelante, con Lluís Companys. Octubre de 1934 puso de manifiesto la torpeza y aventurerismo de Companys, pero también los enormes progresos en la interiorización del relato y el sentimiento nacionales. La Guerra Civil y el franquismo supusieron, en este terreno, una importante ruptura. El nacionalismo catalán fue combatido y reprimido por el régimen de Franco ?"lo que no justifica, sin embargo, un análisis en clave de genocidio, holocausto o exterminio al que se ha librado la historiografía nacionalista catalana (y algunos historiadores de izquierdas) durante mucho tiempo-.

Una vez terminada la dictadura, en la Transición democrática, los nacionalismos periféricos vivieron una etapa de gran prestigio, basado sobre todo en lo que podríamos llamar el "resistencialismo". Justo lo contrario de lo que le ocurrió al nacionalismo o patriotismo español. Andrés de Blas, en sus Escritos sobre nacionalismo (2008), afirma que el Estado de los españoles y la conciencia nacional han vivido en la segunda mitad del siglo XX una evidente crisis de legitimidad y confianza. Las causas son múltiples, sostiene este autor, pero parece posible identificar cuatro elementos que han contribuido a ello: la brusca ruptura de la tradición liberal provocada por el resultado de la Guerra Civil; la voluntad del franquismo de apoderarse de la retórica del nacionalismo español, en su versión más conservadora; el exagerado entusiasmo filo-nacionalista vasco, catalán y gallego de las izquierdas en la Transición; y, también, la actitud exclusivista en el asunto nacional de los nacionalismos periféricos y su permanente deslegitimación del Estado español democrático, proyectada desde el pasado al presente y desde este presente al pasado.

De hecho, la identificación entre españolismo y franquismo y entre nacionalismos periféricos y antifranquismo persiste todavía. No quiero insistir mucho en este tema. Un ejemplo bastará: la bandera. Piensen en las enfermizas "guerras de banderas" que se han vivido y se siguen viviendo, sobre todo en el País Vasco y a veces en Cataluña (la incompatibilidad de las banderas es tan artificial como la de identidades o adhesiones) o en las polémicas que se produjeron con la instalación de la famosa bandera española de la plaza de Colón, en Madrid (un dirigente independentista catalán llegó a afirmar que con aquel acto vergonzoso se estaba reabriendo la Guerra Civil). Todavía, en sectores de la izquierda y en los nacionalismos periféricos, la bandera española es un símbolo de la extinta dictadura. Cierto es que el franquismo usó y abusó de la bandera y otros signos nacionales, pero eso ha ocurrido casi siempre en los regímenes autoritarios. Cedérselos eternamente resulta, no obstante, una intolerable renuncia. Pienso que las celebraciones que tuvieron lugar cuando la selección española de fútbol se convirtió en campeona de Europa, en 2008, constituyeron un indicio del abandono definitivo de este lastre. La victoria futbolística en el Mundial lo reafirmó, con gran preocupación entre los nacionalistas catalanes. Seguir obstinándose en pensar el presente de este país en función del pasado franquista resulta una pesada carga. El franquismo es, ahora, afortunadamente, historia. A principios del siglo XXI, los restos del franquismo y los supuestos neofranquismos no se encuentran en la sociedad española real, sino en las cabezas de los que se resisten a pensar sin ataduras ni prejuicios. La comodidad del antifranquismo sin franquismo que algunos cultivan y explotan ?"y otros aceptan sin rechistar- no es más que un signo de falta de ideas y propuestas y, por encima de todo, de perversa pereza mental.

Vuelvo ahora, tras estos comentarios, a la Transición. La Constitución de 1978, los Estatutos de autonomía y lo que denominamos el Estado autonómico se pensaron y elaboraron, así pues, en un claro contexto de prestigios y desprestigios nacionalistas. Eran una solución para un conflicto abierto muchas décadas atrás; una "fórmula feliz", para citar de nuevo a De Blas, una manera idónea para solucionar el conflicto nacional. Las dudas de unos sobre el término "nacionalidades" en el título VIII de la Constitución y de otros sobre el "café para todos" autonómico parecieron superadas por el buen funcionamiento del modelo. El modelo fue un éxito y ha dado excelentes resultados ?"aunque, como todo, al cabo de un tiempo, debe ser revisado-, al igual que la propia transición, a pesar de lo que sostiene el revisionismo zapaterista. En el caso de las autonomías llamadas históricas, estos territorios no habían disfrutado nunca, en toda la historia, de tantas competencias y tanta descentralización. Las alusiones nacionalistas a épocas remotas, ya sea la prehistoria, la época medieval o el periodo anterior a 1714, no invalidan mi anterior afirmación, puesto que no hablamos de la misma realidad.

Para entender lo que ha ocurrido en la Cataluña autónoma desde la restauración de la Generalitat hasta hoy, incluyendo los 23 años de gobierno pujolista (1980-2003), los gobiernos tripartitos ?"socialistas-independentistas-excomunistas- de Pasqual Maragall y José Montilla y el inicio de la era de Artur Mas, deben tenerse en cuenta dos elementos. En primer lugar, la naturaleza del nacionalismo. Este, por definición, aspira a hacer coincidir, hoy, mañana o algún día, la nación con el Estado, esto es, a convertirse en Estado. Por lo tanto, no debe sorprendernos la evolución de este nacionalismo hacia posiciones soberanistas o independentistas. No existen límites. De hecho, esta circunstancia les permite estar en permanente movilización y regeneración. La reclamación es siempre una apuesta ganadora: si se consigue, estamos ante un triunfo merecido; si no se consigue, estamos ante una nueva injusticia, que alimenta evidentemente el (re)sentimiento nacionalista.

En segundo lugar, el éxito del proceso de nacionalización o renacionalización de la sociedad catalana. Desde este punto de vista, la "normalización lingüística" ha sido un éxito y la nacionalización del sistema de partidos políticos catalanes también -únicamente el Partido Popular y Ciudadanos se han resistido a ello, asumiendo todas las consecuencias-. Uno de los efectos más perversos del intenso proceso de nacionalización al que ha sido sometida la sociedad catalana ?"gracias a medios dispares como el bombardeo televisivo, la "normalización" o el reclamo funcionarial- es la aceptación como evidentes de cosas que distan mucho de serlo. Se trata de afirmaciones convertidas en pre-suposiciones o pre-juicios, esto es, anteriores y al margen de todo razonamiento. Frases como la culpa es de Madrid, la política catalana es diferente ?"el mito del oasis-, Cataluña es más moderna (o más europea), aquí trabajamos para mantener a otras regiones o, entre otras, no se reconocen los derechos nacionales de Cataluña, no se pronuncian para ser comentadas o discutidas, sino como letanía reafirmante. Asegurar que no resultan ni evidentes ni indiscutibles supone arriesgarse a una mirada displicente, en el mejor de los casos, y a una acusación de tener auto-odio en otra peor. El famoso editorial conjunto de la prensa catalana con motivo del Estatuto constituye un buen ejemplo de este estado de cosas. El diálogo con "los otros" se convierte, al fin y al cabo, en imposible.

Según el barómetro del mes de junio de 2011 del Centre d"Estudis d"Opinió un 42"9% de los catalanes votaría hoy positivamente en un referéndum soberanista y un 28"2% se inclinaría por el no, con una abstención del 23"3% y un 4"4% de no sabe-no contesta. Según el mismo estudio, el 33% de los catalanes se declaran federalistas, el 31"8% autonomistas y el 25"5% independentistas. La principal argumentación del sí a una posible independencia es, sin lugar a dudas, la económica. No voy a entrar en la cocina de la encuesta. No pienso que estemos ante "una tendencia? abrumadora", como sostiene de manera algo tramposa Salvador Cardús en La Vanguardia de este miércoles 6 de julio. Pero los datos del barómetro nos obligan a reflexionar seriamente. ¿Cómo se ha llegado a esta situación? El ex presidente de la Generalitat Jordi Pujol, ahora convertido al independentismo, ha intentado explicarlo en unos artículos y en un libro reciente: los catalanes serán en el futuro residuales o independientes, puesto que ya se han roto todos los puentes entre Cataluña y España.

La culpa, desde el punto de vista nacionalista catalán, es de España. Esta habría roto el modelo de entendimiento puesto en funcionamiento en la Transición, provocando lo que Montilla bautizó como la "desafección". El nuevo Estatuto sería el elemento clave en la ruptura de los puentes. La sentencia del Tribunal Constitucional, cuya actuación y tardanza merecen un comentario muy negativo, constituiría, en este sentido, una gran afrenta contra Cataluña. El discurso dominante se olvida, sin embargo, de decir que el gobierno tripartito catalán nos metió, siguiendo a un iluminado Maragall, en el berenjenal de la elaboración de un nuevo Estatuto de Autonomía innecesario ?"excepto para los propios intereses partidistas, en lo que Enric Juliana bautiza como un "enredo veneciano", cada uno con su máscara puesta (La deriva de España, 2009)- y que dejaba indiferente a la ciudadanía, hasta que se decidió movilizarla por la vía de la crispación, el victimismo y la defensa de la patria amenazada. La alta abstención del referéndum estatutario no fue casual. El precio a pagar ha sido el deterioro de la convivencia, una inconstitucionalidad parcial del Estatuto que era más que evidente desde el principio y la más absoluta inacción del gobierno catalán mientras duró la bromita.

El futuro, afortunadamente, no está escrito. Estamos en un momento delicado. Una revisión general del Estado autonómico parece inevitable. Deben evitarse duplicaciones y controlar el gasto. Es posible que en el caso catalán sea imprescindible, asimismo, revisar la financiación. En cualquier caso, visto lo visto, creo que sobra estridencia en el debate, desde todos los frentes, y falta mucha pedagogía".