Análisis El estado de la enseñanza en España

    A propósito de La tarima vacía*

Javier Orrico es escritor y catedrático de instituto de Lengua y Literatura

No esperen nada. En cuanto al estado de la enseñanza en España, no es que estemos entrando en el Infierno del Dante y que alguien deba advertirnos de lo que nos espera (es decir, de lo que no nos espera: la esperanza misma). Es que ya llevamos muchos años en ese infierno, y la ilusión de un cambio radical y verdadero ha ido desapareciendo al hilo de las reformas frustradas o ni siquiera abordadas, de los empecinamientos ideológicos, de un fundamentalismo que los supuestos expertos, que viven de él, alimentan como un fuego sagrado. Y ese fuego y, sobre todo, las razones de ese fuego, su materia nutricia, sus ideas, han corroído el sistema hasta un punto seguramente irreversible. Aunque, cuando me preguntan por las soluciones, aún tengo el atrevimiento de proponer salidas. En verdad, no sé si cuando expreso esta posibilidad, cuando me niego a aceptar que ya nada es posible, se trata solo de un estricto optimismo de la voluntad, pues he visto demasiadas estupideces –por demás, siempre interesadas– avanzar e implantarse en la enseñanza sin que casi nadie las discutiese.

En mi último libro, prologado por Gregorio Salvador, doy cuenta de esta calamidad: la que ha arrasado la enseñanza española a lo largo de los últimos treinta años. A través de unas muy malas leyes –LRU, para la universidad, y LOGSE, para las enseñanzas básica y media–, se implantaron en España unas ideas sobre la enseñanza y unas pedagogías supuestamente renovadoras e igualitarias (la comprensividad, el constructivismo), que, sin embargo, han conducido a nuestro sistema a una desigualdad nunca antes conocida en los resultados y en la promoción social de nuestros jóvenes, a la par que a un hundimiento absoluto de los niveles de instrucción.

Esas son las causas de los llamados “ni-nis”, la consecuencia más visible del sistema, pero también de los altos índices de fracaso y abandono, precisamente entre las clases sociales y las regiones que más necesitadas estaban de una buena enseñanza como palanca de redención social, de equilibrio y compensación al subdesarrollo cultural a que su posición geográfica subalterna, y su destino de mano de obra barata y fácilmente asimilable para las regiones industriales del Norte, las habían condenado durante más de un siglo.

Y esas ideas y pedagogías, disfrazadas de intenciones progresistas, pero profundamente reaccionarias, siguen intactas, avanzando, extendiéndose y produciendo cada día más daño, pues ya nadie las discute, nadie cuestiona su validez, ningún pacto educativo aspira a extirparlas o corregirlas. Constituyen, en fin, un tumor imparable y gravemente culpable de la crisis de mediocridad de esta España otra vez sin pulso. Y lo que ahonda aún más la falta de horizonte es la disgregación, intelectual y sentimental, que las leyes citadas y sus meras actualizaciones posteriores, han producido en una vieja nación cuya cohesión y vertebración son insostenibles sin un sistema educativo nacional.

Los males que identifico son, esencialmente, dos, aunque al final son consecuencia uno del otro. En primer lugar, la negación del conocimiento y la cultura como los verdaderos objetivos a los que debe servir cualquier institución educativa digna de ese nombre; es decir, la finalidad de la enseñanza, que siempre fue la transmisión de nuestra herencia cultural, y que ahora es que los alumnos adquieran unas competencias etéreas, desconectadas del conocimiento, meras aplicaciones huecas de un saber que no se posee, ya no destinadas a la formación de personas cultas, y por cultas, críticas y libres. Los hombres ya no deben saber, y gozar con ello y por ello. Solo deben saber hacer. Y así el sistema se presta a ser un vehículo de adoctrinamiento puro, destinado a formar personas dependientes, que no han aprendido a buscar en sí mismas, a enfrentarse a los obstáculos, a superarse, a conocerse, porque jamás tuvieron que hacerlo.

Y como consecuencia, lo que desaparece con el conocimiento son quienes hasta ahora habían sido sus albaceas: los profesores. Ese es el sentido de mi denuncia de los mecanismos, legales e ideológicos, utilizados al servicio de la eliminación de los profesores –antaño hombres-libro, en la hermosa acuñación de Bradbury en su Fahrenheit 451–, responsables de la transmisión de nuestra cultura, para transformarlos en meros acompañantes de lo que llaman “el aprendizaje autónomo del alumno”, una nueva especie de aplicados burócratas bajo vigilancia, dedicados en cuerpo y alma a rellenar formularios de ese seguimiento, y no a enseñar. Y así lo sostienen las teorías expandidas por los pedagogos, psicólogos y sociólogos del sistema: el profesor ya no tiene que ser culto, no tiene que transmitir, sino “saber implementar estrategias”, en ese lenguaje insoportable que usan los “expertos”, no debe haber nadie sobre la tarima, no debe haber tarima.

Y si antes, cuando la cultura habitaba simbólicamente a la altura de la tarima, lo que había que conseguir era que el alumno se alzara hasta ella, hasta el conocimiento, lo que ahora se promueve es que el conocimiento baje hasta el alumno, hasta el suelo. Y eso es lo que se ha conseguido: degradar la cultura, hundir la instrucción. Ese es el sucedáneo que les entregamos, esa la “nada para todos” con que se ha engañado a los españoles, sobre todo a los más humildes, a los que no tienen detrás familias bien formadas que les exijan lo que el sistema ya no les pide.

Y esa es también la tragedia de la enseñanza en la España de hoy, que tenemos un sistema que ya no enseña ni forma ni fortalece ni prepara para la vida ni para la ciencia ni para nada, porque ha sido despojado de su misión principal: transmitir nuestra cultura y, con ella, nuestros valores. Y así, sumida en el desconcierto, cercada por intereses corporativos, por fundamentalismos ideológicos y por toda una corte de los milagros pedagógicos que se ha adueñado de su razón de ser, la educación en España se debate entre el sainete y el esperpento, esas constantes de la vida española en las que se ahogaron siempre las voces que intentaron corregir su rumbo. E la nave va.


*La tarima vacía. Javier Orrico. Editorial Alegoría, Sevilla, 2016 (1ª edición), 2017 (2ª edición).

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