Análisis FAES Gana Sánchez

Análisis FAES

Si hubiera que señalar un momento simbólico en que Susana Díaz perdió su apuesta a la secretaría general del PSOE, ese sería el momento en el que durante el debate de los candidatos la presidenta andaluza se sintió obligada a calificar al Partido Popular de “partido infame y tóxico”.

Aquella declaración, arrancada por la presión argumental de Pedro Sánchez, significaba la rendición de Díaz al relato del candidato ayer vencedor. Ante semejante descalificación del PP, el “no es no” dejaba de ser un error táctico y se convertía en una posición de principio ante la que el aparato había retrocedido, organizando la defenestración del secretario general. Con esos dos adjetivos, Susana Díaz rehabilitaba la estrategia de demonización del PP y se autodestruía el discurso de una socialdemocracia reconocible con un PSOE responsable en la gobernabilidad de España, dispuesto a defender su espacio del populismo izquierdista de Podemos y capaz de acercarse a los sectores más templados del electorado.

La interpretación inmediata de la votación de ayer habla del triunfo de uno de los dos ‘PSOEs’ sobre el otro. Una interpretación que caracteriza a Pedro Sánchez como un cuerpo extraño al socialismo español. Pero la evidencia de lo que ha sido el socialismo español del siglo XXI contradice esa tesis. Sánchez no se ha inventado la “nación de naciones”, ni Cataluña como “nación cultural”, o “nación sin Estado”. No fue Sánchez quien dio carta de naturaleza a la política de exclusión que animó el pacto del Tinell, ni tampoco fue el renovado secretario general el que se quedó sentado al paso de la bandera de los Estados Unidos. Fue otro candidato, Patxi López, y no Pedro Sánchez, el que –literalmente– echó a Mariano Rajoy de la capilla ardiente de Isaías Carrasco, y sería atribuir a Sánchez galones izquierdistas que no le corresponden hacerle responsable de la deslegitimación de la Transición y el pacto constitucional emprendida por el PSOE ya antes de la llegada de Rodríguez Zapatero. No deja de ser llamativo que todos los barones autonómicos que han apoyado a Díaz gobiernen con Podemos y no corresponde a Sánchez la torpe estrategia de intentar revivir un estigma neofranquista sobre el PP a cuenta del Valle de los Caídos.

Sánchez ha conseguido construir su vendetta con estos materiales, pero no he tenido que ir a buscarlos fuera. En diciembre del año pasado, al analizar la caída de Sánchez, la nota editorial de Cuadernos de Pensamiento Político sostenía:

“a la espera de ulteriores acontecimientos de los que aún no hay constancia alguna, la salida de Sánchez debe situarse en el hosco territorio de la escaramuza de partido y no en el del reconocible espíritu de la grandeza de un cambio de rumbo orientado por la comprensión del interés nacional y la consecuente disposición al sacrificio. Más aún, no es descartable que Pedro Sánchez haya lo grado perfilarse como un aceptable intérprete del socialismo realmente existente en España y, por tanto, si el socialismo no cambia, como un candidato real a su liderazgo”.

Susana Díaz le espetó a Sánchez que el problema era él. Se equivocaba. Sánchez es, si se quiere, la expresión del problema profundo que el socialismo español no ha sido capaz de resolver. El problema de su modernización, de la recaída en viejos recursos izquierdistas, de la incapacidad para trabajar de manera seria y coherente en un proyecto nacional de España, el problema de convertir la oposición en descalificación sectaria.

 

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