Artículo de la revista Cuadernos de Pensamiento Político 55 El futuro del vínculo atlántico

Ana Palacio, exministra de Asuntos Exteriores de España

En la senda de foros anteriores que abordaron temas como ‘la educación, motor del desarrollo’, ‘el debate sobre Colombia’ o ‘el Estado de Bienestar’, esta convocatoria constituye otra manifestación de excelencia del Instituto Atlántico de Gobierno, otra aportación apreciable a la vertebración de nuestra sociedad. Y cuando digo nuestra sociedad, me refiero desde luego a la de aquí mismo, España, pero más allá, también a esas dos almas tan nuestras, la europea y la americana. La primera, porque ontológicamente España es Europa, Europa es nuestro ser y en su construcción estamos comprometidos activamente; la segunda, porque la vocación ultramarina, venero de nuestra política exterior desde el siglo XV, nos ha conformado y erigido en nación sin la cual no se entiende el mundo que vivimos, y entretejido en comunidad de lengua y de cultura que se derrama gozosa por ambos hemisferios.

Así, la gran tarea que nos interpela es la vertebración de nuestra sociedad en sentido próximo y en el sentido ambicioso que reserva el papel protagonista a los hispanohablantes, los culturalmente hispanos, del norte, del centro y del sur de las Américas.

El asunto que hoy nos reúne, el vínculo atlántico, presenta, pues, una perspectiva ancha en la que las naciones iberoamericanas tienen mucho que decir. Hoy, sin embargo, me limitaré a la proyección más inmediata, y sin duda esencial, de esta comunidad: el vínculo atlántico entendido como cimiento de los lazos entre Estados Unidos y la Unión Europea. Porque no hay posibilidad de una economía global humanizada que corrija los fallos de nuestro sistema –fallos que debemos asumir de frente y por derecho– sin la concurrencia del gran entramado de riqueza, de iniciativas, de innovación, con sede en la cuenca atlántica. Y, asimismo, toda la arquitectura jurídico-institucional de garantías para los ciudadanos nacida tras la Segunda Guerra Mundial, bastidor de nuestra seguridad y nuestras relaciones internacionales, también tiene su foco, su núcleo, en el Atlántico norte; y desde el desembarco de Normandía, la conferencia de San Francisco o la de Bretton Woods, Estados Unidos se ha constituido en nación indispensable.

Estos principios que han sustentado las relaciones internacionales económicas y de seguridad por más de 70 años cobran hoy una luz, una relevancia, especiales. Porque vivimos tiempos confusos.

Porque el signo del presente es la incertidumbre. Porque nos asolan las turbulencias. Porque, contrariamente al concepto acuñado por Eric Hobsbawm de “corto siglo XX” para denominar la identidad del periodo comprendido entre el asesinato del archiduque Francisco Fernando en 1914 y el desplome de la Unión Soviética en 1991, desde la perspectiva de hoy lo que vemos es un “largo siglo XX”. En efecto, más que suponer una ruptura con respecto al pasado, el cuarto de siglo que sucedió a la caída del muro de Berlín fue una continuación, de hecho, la culminación, del tiempo que la precedió. Hoy estamos en un mundo distinto, nuevo, sin balizar, terra ignota en la que emergen, de entre la bruma, hipocampos, hidras, dragones y sirenas. En el que nos sobresaltan los improperios vía Twitter del presidente de los Estados Unidos de América; y asistimos incrédulos al espectáculo de los grandes empresarios del mundo aplaudiendo beatamente cuando Xi Jinping, presidente de la República Popular y secretario general del Partido Comunista de China, se postuló caudillo de la economía liberal.

En este periodo de inseguridades y mutaciones, ¿cómo orientar la navegación, siquiera esta sea navegación a vista?, ¿cómo contribuir?
Para encauzar estas reflexiones introductorias y responder a estas preguntas he escogido tres acontecimientos recientes diversos en su origen, naturaleza, desarrollo e incluso trascendencia: la elección de Donald Trump y sus 100 primeros días de gobierno; el Brexit en las negociaciones comerciales trasatlánticas; y la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia. Sin embargo, resulta oportuno empezar por una observación previa sobre España.

Durante los últimos cinco años, España ha sido un buen ejemplo de torbellinos y dificultades; y de cómo encarrilarlos y superarlos. Durante dos lustros, en encuentros similares al que hoy nos reúne, España se señalaba como epítome de crisis económica, negación de la realidad, desempleo, parálisis de las instituciones. Hoy, sin abandonar la clara conciencia de las dificultades a las que nos enfrentamos, de las fragilidades que nos aquejan, es obligado reconocer que España se erige en ejemplo de encauzamiento por nuestros gobernantes de una situación por muchos diagnosticada como irreversible; de superación, de vitalidad de nuestras empresas y nuestros ciudadanos. Recordando al vicecanciller alemán Wolfgang Schäuble en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, un país que ha hecho bien las cosas, un país que ha salido de la crisis respetando los valores, el Derecho y las reglas de la Unión Europea. Hoy, la economía española apuntala un crecimiento del 3%, nuestras empresas han salido al exterior a conquistar mercados y la balanza por cuenta corriente comienza a acostumbrarse a un sano superávit. Este gran esfuerzo se traduce en credibilidad internacional y desde el exterior se aprecia la estabilidad de España, en particular por comparación con los países de nuestro entorno que atraviesan complejos periodos electorales y en muchos casos procesos sociales de redefinición.

Los españoles podemos y debemos involucrarnos en tareas que trascienden a nuestra propia situación y esta coyuntura informa la reflexión sobre el vínculo atlántico.
Estados Unidos, decía hace un momento, ha sido arquitecto principal del orden global liberal, nación indispensable. Y hoy continúa siéndolo. De ahí la alarma, el desconcierto, que siguieron a la elección de Donald Trump. Hoy, podemos destacar acontecimientos recientes alentadores. Todo apunta a que el ultranacionalista Steve Bannon, jefe de estrategia de Trump, quien se erigió en los primeros momentos en auténtico valido, está perdiendo influencia y podría incluso ser apartado por completo del círculo de confianza. Mientras, el hasta ahora huidizo y marginado Rex Tillerson se dibuja como sombra del presidente, y el cuestionado Michael Flynn ha sido sustituido en el fundamental cargo de asesor de seguridad nacional por el respetado H.R. McMaster. La Casa Blanca parece enfilar un orden. El recreo parece haber terminado.

Y este giro tiene traducción en la ejecutoria de gobierno. Podría significar que la Administración Trump ha entendido que no puede diseñar una política exterior centrada exclusivamente en intereses internos, definidos estos, además, de forma restrictiva y roma. Así, con el lanzamiento de misiles crucero sobre Siria en respuesta al último ataque con armas químicas a la población civil por parte de Bashar al Assad –aunque este acto sea más demostración de fuerza que precursor de una estrategia sustantiva–, Washington no ha hecho sino recurrir al manual de prácticas del expresidente Clinton. Por otra parte, la agresiva retórica de Trump hacia China se ha visto superada por las preocupaciones compartidas sobre Corea del Norte. Pasado el momento de embeleco presidencial con Putin, Rusia ha sido retornada, al menos ante los medios, al anterior rol de amenaza de Occidente. Y entretanto la OTAN, piedra angular de nuestra seguridad, ha resucitado de la obsolescencia a la que había sido condenada por un tuit trumpiano.

Por lo tanto, el cielo no se ha desplomado sobre nuestras cabezas y en materia de política exterior y de seguridad nos llegan signos alentadores desde Washington. Pero por el momento no cabe lanzar las campanas al vuelo. No podemos superar, por ejemplo, la desazón que provocó la cadena de acontecimientos originada por Pyongyang. Ni ignorar borrones, como cuando, recientemente, la Administración estadounidense anunció haber dado órdenes al portaviones USS Carl Vinson de tomar rumbo a Corea, mientras este continuaba plácidamente su navegación en dirección opuesta, hacia Australia.

En el área económica, la Unión Europea es el mayor socio comercial y de inversión de los Estados Unidos. Así, el último año Estados Unidos exportó al bloque por valor de 270.000 millones de dólares e importó de la Unión bienes y servicios por valor de 417.000 millones de dólares; mientras, la inversión cruzada entre ambos superó los 2,5 billones en cada sentido. En este contexto, desde 2013 se viene negociando, con variada intensidad y entusiasmo, un gran acuerdo bilateral comercial y de inversiones, conocido como TTIP por sus siglas en inglés. Tras la elección de Trump, proliferaron los signos que auguraban para el TTIP un final similar al sufrido por el macroacuerdo regional firmado por la Administración Obama con once naciones de la cuenca pacífica, denominado, también por sus siglas en inglés, TPP. Hoy, parece que las negociaciones del TTIP podrían reactivarse o tal vez reiniciarse en el corto plazo; en cuanto al Brexit, las declaraciones del secretario de comercio de Estados Unidos, Wilbur Ross, no dejan lugar a dudas sobre la primacía de la Unión Europea frente al inicial coqueteo del presidente con el Reino Unido.

Sin perjuicio de valorar estos aspectos positivos, tampoco en esta área tiene cabida el optimismo acrítico. La Administración norteamericana puede haber comprendido que un acuerdo comercial con la Unión es más importante para los intereses de Estados Unidos que un acuerdo post Brexit con el Reino Unido, pero no cabe conjurar, por ensalmo, a quien ha acogido con entusiasmo los resultados del voto del referéndum en el Reino Unido y no ha escatimado muestras, dentro y fuera de Twitter, de aprecio por populistas nacionalistas europeos de ribetes autoritarios, en particular, Marine Le Pen.

En las relaciones transatlánticas nos encontramos frente a un fenómeno parecido a la memoria muscular. Una vez interiorizado, este tipo de aprendizaje, como montar en bicicleta, opera automáticamente en entornos y circunstancias estables, pero por sí solo no tiene capacidad de desarrollar las reacciones creativas, ni la visión a largo plazo necesarias para enfrentarse a una alteración sustancial y duradera del entorno. Saber pedalear no nos garantiza la vuelta ciclista. Como he empezado por decir, vivimos tiempos confusos y, si bien los elementos sobre los que reposaba el orden mundial –multilateralismo, libre comercio, alianzas duraderas, e incluso el esporádico diseño unilateral de políticas por parte de Washington– siguen hoy presentes, falta la amplitud de miras, el impulso que los guio: la convicción de que la libertad, la democracia y el Estado de derecho son los mejores fundamentos para la paz y la prosperidad. Hoy nos enfrentamos al Tourmalet; necesitamos plena consciencia y agudeza muscular. Y no las tenemos. El orden internacional, para retomar su rumbo, precisa de liderazgo. Y este brilla por su ausencia.

Estados Unidos ha sido por 70 años adalid de la visión ilustrada de la racionalidad del hombre, el progreso de la humanidad y la inagotabilidad de los recursos. Pero hoy, aunque por parte de la Administración se intente una singladura constructiva, estaremos en la táctica mientras que de su presidente solo quepa realistamente esperar que no provoque demasiados bandazos.

Mientras, China pregona una “visión” de la globalización que no haría sino perpetuar sus aspectos más desalmados, en los que hunde las raíces el desorden actual.
En cuanto a los gobiernos y dirigentes europeos, hemos de reconocer que son múltiples los flancos que se presentan a la crítica. La inoperancia de las instituciones de Bruselas: la discordia en el Consejo, la deriva de la Comisión Europea, el tan ambicioso como peligroso objetivo de autoengrandecimiento del Parlamento Europeo. Por no hablar de la ausencia de Francia, la debilidad de Italia, las peligrosas derivas de los miembros centroeuropeos, empezando por Polonia y terminando por Hungría, las dificultades que presenta el aparentemente inevitable e históricamente cargado dirigismo de Alemania. Desde la conciencia de la responsabilidad que a España le incumbe, sí, podemos lamentarnos, pero el diagnóstico no cambia, la Unión no está presta para asumir papel de liderazgo mundial alguno.

En esta compleja realidad que vivimos, sin perjuicio de la carencia de liderazgo apuntada, la revitalización del orden global puede y debe abordarse desde la sociedad civil. La tarea, y repito la idea de arranque de esta intervención, se centra en la diseminación de los principios y los valores liberales; que nuestra sociedad los abrace activamente y como suyos los defienda. En definitiva, tenemos que encarar que una parte creciente de la población reniega explícita, implícita o tácitamente de los fundamentos intelectuales de esta doctrina. Y debemos asumir que, al menos en parte, esto se debe al incumplimiento de la promesa de la prosperidad compartida que constituye la base de la sociedad abierta. Pero también ha de proclamarse alto y claro que la defensa del orden internacional liberal no ha sabido trascender en estos tiempos convulsos su rígido corsé intelectual. El liberalismo se ha ido descarnando a medida que se identificaba con la economía y el mercado e ignoraba los condicionantes de la nueva realidad del mundo; en términos aristotélicos, a medida que todo lo fue invadiendo la lógica (logos), mediante el uso del lenguaje de la ética (ethos) y la contención de la pasión (pathos).
Este planteamiento perdió funcionalidad a partir del ataque a las Torres Gemelas, cuando el terrorismo cobró carta de naturaleza internacional y puso de manifiesto las líneas de falla de los cimientos lógicos y éticos del orden liberal. Y la crisis financiera global de 2008 aun las ahondó.

LÓGICA, ÉTICA, PASIÓN

Hoy la pasión es un arma imprescindible en política, pero son los enemigos del liberalismo quienes mejor la empuñan. Marine Le Pen, eficaz propagandista donde las haya, en una simplificación falsa pero atractiva, remacha que la globalización y las instituciones sobre las que esta reposa serían sauvages. Pese a su gran volatilidad, el nacionalismo y el identitarismo, se han convertido en catalizadores de emociones federadoras: la nostalgia y el sentido de pertenencia.

Para sobrevivir como marco de referencia de las relaciones internacionales, los valores del liberalismo deben encarnar en la sociedad a través de un entendimiento propio de la pasión. Sin menospreciar la lógica y la ética –áreas en las que el orden mundial liberal destaca por encima de cualquier alternativa– es preciso encontrar otra conexión con los ciudadanos. Armar un programa que no solo sea razonable, Quienes creemos en el orden mundial liberal, en el papel basilar que en él corresponde al vínculo atlántico, debemos entender que la responsabilidad no solo incumbe a quienes gobiernan sino que conmueva. Que hable al corazón desde la cabeza. Que plantee una ilusión de futuro. Sin falseamientos, sin edulcorar las dificultades, pero sin caer en derrotismos o rehuir el debate que, ya lo dije, tenemos pendiente abordar de frente y por derecho. Y difundirlo, no entre los convencidos, sino entre los escépticos.

Es lo que ha hecho Emmanuel Macron en Francia. No ha recurrido a apropiarse de argumentos del populismo, revistiéndolos de racionalidad como sí vimos hacer en la campaña holandesa. Además, por difícil que en algunos momentos, sin duda, le ha resultado la defensa sin ambages de Europa, ahí está su rotunda llamada a la refundación del proyecto común, “cette Europe qui protège”, en su discurso de victoria la noche del domingo 23 de abril. Y sobre todo, ha creado ilusión, ha dibujado un futuro posible. Y ha ganado en la primera ronda de las presidenciales. Esperemos, esperamos, que gane de forma abultada el día 7 mayo; y aprender la lección que nos está dando; y sacar las consecuencias pertinentes; y, si pudiéramos, contribuir aprovechando su impulso.
Termino. Por mucho tiempo, las virtudes y las ventajas de un mundo globalizado se han promovido desde la autocomplaciente comodidad de intelectuales cámaras de eco. Esto tiene que acabar. Quienes creemos en el orden mundial liberal, en el papel basilar que en él corresponde al vínculo atlántico, tanto en su sentido extenso como en el más estricto objeto de estas palabras, debemos entender que la responsabilidad no solo incumbe a quienes gobiernan; que la tarea nos reclama, que debemos construir sociedad civil. Y saludar iniciativas como esta del Instituto Atlántico de Gobierno, así como su tarea de formación en las medulares áreas de liderazgo y gestión pública.

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