Análisis Italia, camino de unas nuevas elecciones generales 

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea de Madrid


Acaban de convocarse nuevas elecciones generales en Italia, una vez que el presidente de la República, Sergio Mattarella, termina de echar el cierre a la XVII legislatura. Una legislatura que, iniciada cinco años atrás, tuvo un muy mal arranque, con una clase política profundamente dividida y sin un vencedor claro en los comicios generales, ya que el candidato más votado, Pier Luigi Bersani (Partido Democratico, PD, la principal formación de la izquierda italiana) aventajó en menos de un punto a su rival el exprimer ministro Silvio Berlusconi, líder de Forza Italia. Como consecuencia de ello, Bersani no tuvo suficiente fuerza entre los suyos para sacar adelante a sus diferentes candidatos a la presidencia de la República (el presidente saliente, Giorgio Napolitano, finalizaba mandato en abril de 2013) y ello se llevó por delante sus posibilidades de formar gobierno. Finalmente, Napolitano aceptó ser reelegido, Bersani dimitió como secretario general del PD y la izquierda pactó con el centroderecha que el primer ministro fuera el democristiano Letta, exministro en anteriores gobiernos de centroizquierda y sobrino de la mano derecha de Berlusconi (Gianni Letta, su fiel escudero en todos los gobiernos que el político y empresario lombardo presidió).

Así, la primera parte de la legislatura estuvo marcada por la inestabilidad y por la amenaza constante por parte de Berlusconi de hacer caer el gobierno, hasta que una parte de su partido, liderada por el otrora sucesor de Berlusconi (Angelino Alfano), se escindió formando un nuevo partido (el Nuovo Centrodestra, NCD) y dando la mayoría de gobierno suficiente para el gobierno Letta, que duraría hasta febrero de 2014. Y es que Letta caería antes de tiempo no por no tener suficientes votos para gobernar, sino porque su compañero de partido Matteo Renzi, recién elegido secretario general del PD, logró el apoyo del presidente Napolitano para convertirse en el nuevo primer ministro (febrero de 2014). Renzi inauguraría así la etapa de mayor estabilidad de la legislatura, con un gobierno que duró más de mil días y en el que entre sus principales logros estuvo la aprobación de una importante reforma laboral (‘Jobs Act’, diciembre de 2014), la holgada elección de un nuevo presidente de la República (Sergio Mattarela, enero de 2015) y la aprobación de una nueva ley electoral (la Italicum, que otorgaba un premio de mayoría al partido más votado).

Pero Renzi tendría que presentar su dimisión antes de tiempo porque no fue capaz de sacar adelante su reforma constitucional, por la que se eliminaba la capacidad legislativa de una de las dos cámaras (el Senado, en concreto): el 59 por ciento de los italianos votaron en contra de la misma, lo que llevó a Renzi a presentar de inmediato su dimisión (diciembre de 2016), dando paso al último ejecutivo de la legislatura, el presidido por Paolo Gentiloni, quien había sido hasta ese momento su ministro de Asuntos Exteriores. Gentiloni aprovecharía la mayoría de gobierno forjada por Renzi (a la que se añadiría otra escisión en las filas del partido de Berlusconi, el ALA de Denis Verdini), y, aunque no fue capaz de lograr la aprobación de la ley más importante de la legislatura (la Ius Soli, por la que se concedía la nacionalidad italiana a los hijos de inmigrantes nacidos en suelo transalpino), consolidaría la recuperación económica iniciada en tiempos de Renzi (Italia ha crecido en 2017 un 1,6 por ciento del PIB tras años de recesión) y lograría concluir sin sobresaltos la legislatura.

Fue precisamente durante el gobierno Gentiloni cuando se fue perfilando el actual panorama electoral. Por la izquierda, Renzi logró ser reelegido secretario general del PD tras haber dimitido unos meses antes, pero tuvo que ver cómo el sector “crítico” de su partido (liderado por los excomunistas Bersani y D´Alema) se marchaban para formar un partido propio (Artículo I-Movimiento Democrático y Progresista, MdP) y, finalmente, lanzaban una candidatura fuerte de izquierdas llamada Libres e Iguales en la que se ha añadido el otro partido importante de la izquierda italiana (el SEL de Nichi Vendola y Laura Boldrini). Por el centro, a su vez, el exprimer ministro Mario Monti se retiraba discretamente del primer plano de la política para dar libertad de movimiento a sus parlamentarios (los que habían concurrido a las elecciones de 2013 bajo las siglas de Scelta Civica, SC), mientras que por la derecha resurgía por enésima vez Silvio Berlusconi, quien, a pesar de estar condenado a seis años de inhabilitación para ocupar cargo público, ha revitalizado la coalición de centroderecha (Forza Italia, Fratelli d´Italia y Lega Nord, ahora Lega a secas, una vez que se ha olvidado de sus reivindicaciones secesionistas) con un amplio triunfo en las elecciones regionales celebradas en Sicilia en octubre de 2017.

Sin embargo, quien lidera las encuestas desde hace meses es el Movimiento Cinque Stelle de Beppe Grillo, en este momento encabezado por el napolitano Luigi di Maio, quien fuera durante la legislatura pasada vicepresidente de la Cámara de Diputados. Este auge del partido “anticasta” italiano (una formación que, por otra parte, tiene mucho de transversal) llevó a Renzi y a Berlusconi a pactar la ley electoral con la que se irá a los comicios convocados para el próximo 4 de marzo de 2018: la llamada Rosattellum bis, que favorece las coaliciones frente a los partidos que, como el de Di Maio, se presentan en solitario.

Aunque aún quedan dos meses para que se celebren las elecciones, la situación se presenta favorable para la coalición de centroderecha (oficialmente todavía no presentada como tal, aunque todos esperan que así sea), que en todas las encuestas se mueve en el 35 por ciento de los votos. Tras ellos viene el Movimiento Cinque Stelle, con un 30 por ciento de apoyo entre los italianos, y luego el Partido Democratico de un Matteo Renzi que ha perdido mucho terreno en los últimos meses (se ha dejado ya más de seis puntos desde mayo del año pasado), pero que confía en el liderazgo del político toscano para recuperar terreno en los dos meses que hay por delante.

Una vez más, Italia está ante una nueva encrucijada política en la que todo es posible, aunque es conocido que entre las autoridades comunitarias lo que más gustaría –para consolidar la recuperación de un país que lleva años siendo un constante quebradero de cabeza– es que se volviera a reeditar el pacto entre el Partido Democratico y Forza Italia, que funcionó, con sus tira y afloja constantes, durante una parte sustancial de la legislatura.

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