Análisis Primer año de Trump y más allá

El presidente Trump pronuncia hoy, 30 de enero, su primer discurso sobre el Estado de la nación ante el Congreso de los Estados Unidos. Con toda probabilidad, parte de su discurso será sobre las negociaciones entre demócratas y republicanos en torno al cierre de gobierno. Al más puro estilo Trump, en un discurso inquisitivo y crispante culpará de la demora en el acuerdo al Partido Demócrata y su defensa de los inmigrantes en detrimento de los militares y de la sociedad estadounidense en general (como así publicó en sus últimos tweets).

Un presidente poco ortodoxo
Twitter es el canal de comunicación escogido por un presidente del que se podría decir que es cuando menos atípico en su modus operandi, aunque él mismo se define como “presidencial contemporáneo”. Bien es cierto que a través de Twitter su discurso simplista con falta de moral y responsabilidad política consigue la mayor conexión con el público. Un público de más de 100 millones de seguidores repartidos por todo el mundo.

Desde Europa pocos cuentan con una imagen positiva de Trump y de su Administración, o de su círculo de confianza. De hecho solo se habla de sus escándalos, de su dificultad para cumplir sus promesas electorales, de su falta de liderazgo y “saber hacer” en política internacional en comparación con el sobrevalorado presidente Obama.

Todavía cuesta creer que el magnate –adicto a la televisión (solo a canales que considera afines) y con nulo interés por la lectura, de acuerdo con el recién publicado libro de Michael Wolff, Fire and Fury– llegara a ser nombrado presidente de la primera potencia mundial. Es por ello que muchos defienden la existencia, aunque aún no probada, de un fraude electoral propiciado por la interferencia de hackers rusos. La posibilidad de que entre en proceso de destitución (impeachment) es más remota de lo que creemos, ya que se trata de un proceso complejo en el que ambas cámaras –en este momento en manos republicanas– deben ponerse de acuerdo. Esto podría cambiar si las investigaciones encuentran pruebas irrefutables y si los demócratas consiguen el poder de las cámaras en las elecciones de mitad de mandato (las “Midterm Elections”) el próximo 6 de noviembre.

El actual inquilino de la Casa Blanca cuenta con los peores índices de popularidad de la historia, por debajo del 40%, según los últimos índices publicados. Una cifra inédita para el primer año de un presidente. Sin embargo, esto poco parece importar a su electorado de base.

Logros y promesas electorales
La economía ha mejorado en el último año y las expectativas no podrían ser más positivas. De acuerdo con la revista Forbes, el PIB ha subido y el optimismo económico se ha manifestado en la bolsa y en los inversores. El desempleo ha bajado, aunque es cierto que esta ha sido la tendencia de los últimos 17 años y que 2017 es el año que menos ha disminuido después de 7 años de bajada con la Administración Obama.

Con la aprobación de ambas cámaras, Trump ha podido llevar a cabo su vanagloriada reforma fiscal, con una reducción importante de impuestos a las grandes corporaciones. Sin ir más lejos, Tim Cook, de Apple, declaró que la corporación ha incrementado su plan de inversión gracias a esta política y entre sus resultados se espera la creación de más de 20.000 nuevos puestos de trabajo.

En política doméstica aún queda mucho por hacer. Trump aseguró que Washington era un pantano que era necesario drenar y llevar a cabo un desmantelamiento del “estado administrativo”. La tiranía regulatoria es una idea muy bien acogida entre los libertarios y también entre los republicanos. En este sentido, dijo que reduciría gastos aunando puestos y amortizando el personal administrativo. Esto se ha traducido en una asignación de cargos tardía o no realizada. Sobre todo en el Departamento de Estado. Muchos puestos están sin cubrir y se han priorizado los relacionados con el Departamento de Justicia, donde ha nombrado a un juez conservador del Tribunal Supremo, Neil Gorsuch, así como a otros jueces más jóvenes también conservadores, encasillando al país en una ideología más conservadora si cabe para las próximas décadas.

En cuanto al comercio internacional, Trump, en línea con su discurso proteccionista, ha abandonado las negociaciones relacionadas con el acuerdo transpacífico (el TTP) y ha empezado a revisar el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte). Sin embargo, no ha hecho más avances en esta dirección y EE.UU. todavía atrae más inversión extranjera que todos los BRICS juntos.

Asimismo, ha publicado la Estrategia de Seguridad Nacional, de la que podríamos decir que es continuista con la Administración anterior. De hecho, ha mantenido las tropas estadounidenses en Afganistán y otras zonas de conflicto. El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, que podría materializarse en 2019, no parece haber tenido grandes consecuencias más allá de revueltas locales y ha respondido así a una de sus promesas al lobby judío.

Por otro lado, aún no ha derogado el plan de reforma sanitaria aprobado por Obama (Obamacare), aunque ha eliminado la obligación de tener un seguro sanitario a aquellas personas que estén trabajando. Como consecuencia de esto, 32 millones de norteamericanos no tienen cobertura sanitaria. Tampoco ha construido el muro con México y en plena negociación sobre el cierre de gobierno, México recordó en un comunicado que no pagará el muro.

Es decir, realmente sus logros se han centrado en política doméstica y solo ha mirado hacia fuera con intereses muy concretos. Si Trump renovara en el 2020, algo que no es inconcebible, le veremos más activo en su agenda exterior. Para entonces, en el que sería su segundo mandato, ya habrá tenido suficiente recorrido y proceso de aprendizaje para redirigir sus tweets en un modo menos perjudicial para la imagen externa de EE.UU. y la política internacional en general.

Un mundo liderado por Trump
No estamos ante un ejemplo de moralidad, ni ante un nuevo premio Nobel de la Paz. El reciente movimiento femenino “MeToo” podría causarle más daño de lo esperado, algo que se reflejará en las elecciones de noviembre, y tener consecuencias negativas para el Partido Republicano.

Trump es un líder impulsivo, impetuoso y poco fiable, lo que implica que EE.UU. vaya en la dirección de perder liderazgo internacional. Sobre todo en África y América Latina, donde Rusia y China están avanzando en posiciones de influencia económica, comercial y, como consecuencia, política.

Las tensas relaciones con Corea del Norte podrían desembocar en un conflicto mayor. No obstante, la primera democracia del mundo cuenta con un sistema de equilibrios (checks & balances) que hoy por hoy funciona. De hecho, ante los “dimes y diretes” vía Twitter entre el líder norcoreano y Trump, el Congreso está trabajando en un proyecto de ley que impida a su presidente activar el botón nuclear sin el permiso de las cámaras. Esto puede resultarles cuando menos tranquilizador, el resto estaremos a expensas de un mensaje a golpe de tweet.


Cristina Crespo Palomares es directora de Proyectos del Instituto Franklin-Universidad de Alcalá. Del patronato de FAES.

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