'Neoliberalismo', palabra trampa

Fernando R. Genovés es doctor en Filosofía, ensayista, analista especializado en las áreas de la ética y la filosofía política


El prefijo “neo”, aplicado a nociones pertenecientes a la teoría política, resulta, por lo general, notoriamente ambiguo, provoca malentendidos e imprecisiones, generando no pocas confusiones teóricas y prácticas; unos desórdenes intelectuales e interpretativos no siempre inocentes o casuales. Sucede esta circunstancia, muy en especial, con el término “neoliberalismo”. También con otros de cercana familia conceptual, verbigracia, “neoconservador”, a menudo simplificado con la fórmula “neocon”, o también “néoréac”, una “etiqueta refutada” según el diario francés Libération (enero de 2016). Mientras estas dos últimas expresiones han quedado un tanto relegadas en cuanto a uso y vigencia, “neoliberalismo” sigue estando de rabiosa actualidad.

“Neo”, como es sabido, significa “nuevo”. Al emplear la categoría “neoliberalismo”, ¿pretende tal vez indicarse la presencia de un “nuevo liberalismo” que, presumiblemente, negaría el “clásico” o el “auténtico”? ¿O quizás sugiera otra “cara” del liberalismo (John Gray)? La defensa del libremercado y de la propiedad privada, el valor del individualismo frente al colectivismo, la reducción del gasto público y la mínima intervención del Estado en la sociedad son principios proclamados hace varios siglos e identificados como fundamentos principales del liberalismo. Me refiero al término en el sentido europeo continental, no al anglosajón (liberal, liberalism), comúnmente empleado como sinónimo de “progresista” o “izquierdista”, diferencia conceptual equívoca que añade más enredo a la competencia lingüística de tales términos. O quizás, en cambio, aclare las cosas. Así pues, ¿qué hay detrás de ese “neo”?

Repárese en que la izquierda política ha pugnado desde antiguo por apropiarse del concepto “liberal”. El dirigente español Indalecio Prieto, en los años 20 del siglo pasado, hizo célebre y aun programática esta declaración: “Soy socialista a fuer de liberal”. El auténtico liberalismo, en consecuencia, sería patrimonio del socialismo y de nadie más. Quien desde fuera de ese marco pretenda ahora su uso, ése no es genuino continuador de la tradición (chocante ironía), sino un extremista advenedizo (conmovedora paradoja), o sea, un “neo”. La base del discurso usurpador es muy simple, a fin de calar con facilidad en los más variados niveles sociales e intelectivos, y podría resumirse en el siguiente extracto: libertad sí, pero no libertinaje, es decir, “neoliberalismo salvaje”; libertades sí, pero sólo cuando reciba el nihil obstat por parte de la autoridad ideológica y moral establecida (socialista, por supuesto); liberalismo en sentido igualitarista y progresista, “liberalismo social”, sí, pero lo neo… no.

En realidad, basta con añadir “social” a cualquier término para quedar incorporado, como por ensalmo, al pensamiento único socializante. El prefijo (“neo”) cumpliría así una función reprobatoria y el adjetivo (“social”), la legitimadora.

Con todo, el uso (y abuso) de determinados conceptos, como es el caso de “neoliberalismo”, no apunta tanto a la denotación cuanto a la connotación. En vez de aportar información, el objetivo del mismo consiste en crear en el receptor una reacción negativa asociada a su mera mención. Se trata, en general, del empleo de nociones que no son neutras ni informativas, sino eslóganes camuflados, “palabras malditas”, requiebros nominales susceptibles de producir sentimientos de rechazo y repulsa: “palabras-trampa”, en suma.

Es muy indicativo que los señalados por el epíteto “neoliberalismo” no se sientan aludidos ni concernidos ni identificados por semejante vocablo. Si una voz en la calle exclama de pronto “¡Eh, idiota!”, ¿qué transeúnte se vuelve al llamado? Dime quién dice “neoliberalismo” y te diré quién es.

He aquí un fenómeno muy curioso. O acaso, dos.

Por una parte, los paradójicos y no poco sospechosos altavoces del “neoliberalismo” dirigen la andanada nominal a personajes de lo más variado: sea Augusto Pinochet o Bill Clinton; Ronald Reagan, George W. Bush y Margaret Thatcher o Tony Blair; Angela Merkel, Emmanuel Macron o Mariano Rajoy, por citar sólo a gobernantes y dirigentes políticos conocidos a la vez que distantes entre sí en el arco ideológico y, en bastantes casos, ajenos por completo al liberalismo. También reciben dicho calificativo instituciones (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, asociaciones empresariales, etcétera) que no sólo no promueven actuaciones de orientación liberal, sino todo lo contrario.

Por otra parte, la tendenciosa y sesgada motivación del uso del palabro en cuestión queda también patente por el hecho de sobredimensionar (hasta el absurdo) la importancia y amplitud de acción del acusado, a fin de que la alarma suene de manera más estruendosa y la condena sea mayor. Un feroz y legendario “neoliberalismo” estaría así tras la acción política de la mayor parte de los Gobiernos existentes, culpables de las crisis económicas, la pobreza de las naciones, las miserias urbanas y rurales, las corrupciones y toda clase de catástrofes (socio-económicas e incluso ¡naturales!). Un ardid similar —verbigracia, Los Protocolos de los sabios de Sión—, falsario panfleto-trampa antisemita y adjudicado a los propios judíos, ya fue publicitado hace más de un siglo.

La globalización, con todos sus efectos y derivaciones, así como la quiebra del “socialismo real” en la Europa del Este, que reveló a los cuatro vientos la “gran mascarada” (Jean-François Revel), han animado, entre otros estímulos, la activación del espantajo “neoliberalismo”, el cual, aun con su burda exposición, atrapa en la red a incautos y mal informados, con la colaboración de medios de comunicación y amplios sectores del “mundo de la cultura”.

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