Análisis Italia, ante unas nuevas elecciones generales impredecibles

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Europea de Madrid


El 4 de marzo Italia, tercera economía de la eurozona y una de las principales potencias industriales del mundo, celebra elecciones legislativas de las que habrá de salir el Parlamento que guiará la XVIII legislatura de la Historia de la I República italiana. Unas elecciones que, como viene siendo tradicional en los últimos tiempos (así lo fue también en las de 2013, no así en las de 2008) son muy difíciles de predecir en la medida en que no hay un candidato claro a la victoria, y en la que además hay que contar con el factor que implica el concurrir con una nueva ley electoral (la Rosatellum bis) que premia a las coaliciones en detrimento de los partidos individuales).

A día de hoy, la victoria parece decantarse claramente del lado de la coalición de centroderecha, como ya sucedió hace unos meses en las regionales de Sicilia. Eso sí, con una distribución de votos diferente a la de, por ejemplo, 2008: la Forza Italia de un Berlusconi que vuelve a resurgir una vez más va a tener más cerca que nunca a la Liga Norte (ahora rebautizada como Lega a secas) de Matteo Salvini, hasta el extremo de que les puede separar menos de tres puntos de diferencia. Muy por detrás de ellos quedará los Fratelli d´Italia de la romana y exministra Giorgia Meloni, que parece tener garantizado un 5% de los votos que, aunque plenamente consolidado, se encuentra a bastante distancia de los gloriosos tiempos de la Alleanza Nazionale de Gianfranco Fini, ya retirado de la política. El principal problema de esta coalición es que su cabeza de cartel (Berlusconi) se encuentra de momento inhabilitado para ejercer cargo público hasta noviembre de 2019, pero Berlusconi ya se ha encargado de buscar un sustituto de peso en la persona del presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, fiel colaborador suyo desde hace más de dos décadas.

Sin embargo, quien lidera de manera individual las encuestas es el Movimiento Cinque Stelle de Luigi Di Maio, sucesor del candidato de 2013 y fundador de este partido “anti-casta” (Beppe Grillo). Di Maio es seguramente el candidato más flojo de todos los que se presentan, pero busca, y seguramente lo consiga, capitalizar el voto del descontento de una amplia capa de la población italiana con una clase política tan cara como ineficiente. La clave estará en las regiones sureñas del Mezzogiorno (Apulia, Calabria, Basilicata, Cerdeña, Sicilia), donde Forza Italia, Cinque Stelle e incluso la Lega pelearán hasta el final por el último voto.

El tercero en liza es la coalición de centroizquierda del ex primer ministro toscano Matteo Renzi. Sufre las consecuencias de la tradicional división de la izquierda italiana, que ha impedido que todas las formaciones de esta parte del arco político se presentaran juntas (recordemos que la escisión del Partido Democrático, conocido como Articolo I-Movimento Democratico e Progressista ha hecho coalición con Sinistra, Ecologia e Libertà, siendo el resultado Libres e Iguales). A pesar de ello, todo apunta a que la coalición encabezada por Renzi puede alcanzar el 26-27% de los votos gracias sobre todo a haber sumado a su partido a la formación (Piu Europa) de Emma Bonino, una de las políticas italianas de mayor prestigio (ha sido eurodiputada y también titular de Asuntos Exteriores). Bonino resulta fundamental para captar el voto tanto femenino como progresista, en una coalición donde también estará la Lista Civica de Beatrice Lorenzin, Ministra de Sanidad en los Gobiernos Letta, Renzi y Gentiloni.

En ese sentido, sabiendo que el norte es cuestión de Forza Italia y de la Lega, y que en la parte más meridional del país no tienen prácticamente apoyo, van a jugar fuerte la baza de Paolo Gentiloni, aún primer ministro y que ha ganado muchos puntos a ojos de los italianos por su rigurosa gestión durante el año y tres meses que lleva al frente del Ejecutivo italiano, destacando su capacidad para controlar los fuertes flujos migratorios que proceden del norte de África, principalmente de la costa libia. De ahí que, a sabiendas que el centro-norte de Italia (Toscana, Emilia-Romagna, Las Marcas) es su principal surtidor de votos, tratará de aumentar su número de apoyos en la región del Lazio, compitiendo en Roma contra la formación que normalmente suele ser la más votada en este parte del país (los Fratelli d´Italia de Meloni).

Lo cierto es que las instituciones europeas vuelven a contener la respiración ante lo que pueda suceder, en unas elecciones donde la abstención puede alcanzar cifras “récord” ante la falta de tirón de los candidatos. Se busca ante todo que la estabilidad iniciada en tiempos de Monti y continuada con Letta, Renzi y Gentiloni puede seguir una legislatura más, en un país que aún debe hacer mucho para combatir su abultada deuda pública, su alto nivel de desocupación juvenil y el saneamiento de una importante parte de su sector bancario. En ese sentido, la solución más factible, si las encuestas se acaban confirmando en las urnas, sería una reedición del pacto entre el Partido Democratico y Forza Italia, siendo la principal incógnita si al final Gentiloni recibirá el encargo de formar un nuevo gobierno o si, por el contrario, es Antonio Tajani el elegido para encabezar el ejecutivo número 65 de la historia republicana italiana.

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