Análisis Italia, de nuevo ante una auténtica encrucijada política

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es profesor de la Universidad Europea de Madrid y autor del libro Italia, 2013-2018. Del caos a la esperanza (Madrid, Liber Factory, 2018).


Las elecciones generales que acaban de tener lugar en la tercera economía de la eurozona han abierto un panorama de extraordinaria incertidumbre en la que seguramente jugará un papel clave el Presidente de la República, Sergio Mattarella, quien constitucionalmente es quien ha de encargar formar gobierno y, si no ve una mayoría posible desde el punto de vista parlamentario, disolver éste y convocar nuevas elecciones. En ese sentido, una función no escrita del Jefe del Estado italiano, elegido de manera indirecta cada siete años por una asamblea formada por poco más de 1.000 miembros, es el de, no solo tratar de evitar la repetición de elecciones, sino incluso intentar agotar la legislatura que acaba de iniciarse (la XVIII en la Historia de la I República italiana). Sin embargo, en esta ocasión lo va a tener francamente difícil, ante el hundimiento de los partidos tradicionales (el Partido Democrático de Matteo Renzi y Forza Italia de Silvio Berlusconi) y la emergencia con más fuerza que nunca del partido “anticasta” conocido como Movimiento Cinco Estrellas, a lo que se añade el auge de la extrema derecha representada por la Lega de Matteo Salvini.

            Como es tradicional, Mattarella iniciará esta misma semana la ronda de contactos para ver qué partidos pueden formar una coalición con mayoría para gobernar, ya que ningún partido o coalición obtuvo el 40% que se necesita para dicha mayoría parlamentaria. Estos contactos se iniciarán, previsiblemente, con un primer encuentro con la coalición ganadora, que fue la de centroderecha con el 37% de los votos. El problema fundamental es que esta coalición difícilmente puede alcanzar o superar el 40% de los votos que dan la mayoría, ya que no tiene más formaciones políticas en su espectro ideológico: el Movimiento Cinco Estrellas nunca pactaría con Forza Italia; el Partido Democrático, al menos con Renzi aún al frente, ya ha dejado claro que tampoco pactará; y menos aún lo hará Libres e Iguales, la formación situada más a la izquierda del arco parlamentario.

            De ahí que Mattarella seguramente tenga que acabar pasando a un plan 'b' que consistiría en encargar formar gobierno a la formación ganadora (el Movimiento Cinco Estrellas de Luigi Di Maio), y, en relación con eso, intentará que estos acerquen posturas con el Partido Democrático (al que el Presidente Mattarella, por cierto, pertenece desde su fundación en octubre de 2007), pero, como decimos, antes habrá de conseguir vencer la resistencia de un Matteo Renzi que se mostró este lunes pasado más beligerante que nunca con el partido de Di Maio. Además, si el Movimiento Cinco Estrellas quiere pactar, entonces tendrá que abandonar su actitud de la legislatura anterior (en la que se negó sistemáticamente a cualquier tipo de pacto con cualquier otra fuerza política solo por considerarles “casta”) e igualmente modificar su posición respecto al proceso de integración europea, abandonando su exigencia de que Italia se marche de la moneda única.

            En principio, los que quedan fuera de todo este juego de alianzas son los dos que acordaron la ley electoral (llamada Rosattellum bis), que no son otros que Matteo Renzi y Silvio Berlusconi, ya que entre ambos solo llegan al 33% de los votos. Pero dar a ambos por muertos (y más conociendo la trayectoria política de Berlusconi, tantas veces resurgido de sus cenizas) creo que sería una temeridad importante, y buena prueba de ello fue la negativa de Renzi a presentar su dimisión como Secretario General del PD hasta que haya pacto de gobierno. ¿Por qué? Por dos razones fundamentales. La primera, que el Movimiento Cinco Estrellas podría partirse en dos a lo largo de estas negociaciones: por un lado, los partidarios de seguir las tesis de Di Maio de que ha llegado el momento de hacerse con la presidencia del Consejo de Ministros y por tanto de negociar con otras formaciones políticas; por otra, la de los llamados “grillinis”, en algunos casos auténticos fanáticos seguidores del fundador del partido, Beppe Grillo, quien considera que su partido no debe entrar en ningún tipo de coalición de gobierno. No hay que olvidar, en ese sentido, que aunque Di Maio haya superado ampliamente a su mentor (su 32.6% de los votos supera ampliamente al 25.5% que Grillo logró en 2013), es una figura política de muy escaso peso, sin formación universitaria (en un país donde la titulación superior ha sido siempre conditio sine qua non para acceder al puesto de Primer Ministro) y con una “curriculum” político que se limita a haber sido Vicepresidente de la Cámara de Diputados en la legislatura anterior.

            Y es que si el Movimiento Cinco Estrellas se acabara dividiendo y por ello debilitando, en el fondo se reviviría lo sucedido con el PD en 2013, cuando su entonces secretario general, Pier Luigi Bersani, no logró sacar adelante a su candidato a la presidencia de la República (el sindicalista católico Franco Marini) y para cuando quiso rectificar con un segundo candidato (el dos veces primer ministro Romano Prodi), tenía ya en los “tejados” de su partido más de cien “francotiradores” (parlamentarios que votan en contra de la dirección del partido amparándose en el carácter secreto del voto) que acabaron con su carrera política, renunciando a intentar formar gobierno y dimitiendo como secretario general del PD.

            La segunda razón es que tanto Renzi como Berlusconi saben que, si suman sus votos a los Hermanos de Italia de Meloni y a otros partidos como el de Bonino, el de Lorenzin o el de Roberto Fitto, no constituye ninguna quimera alcanzar el 40% necesario, y que en ese caso Mattarella se podría acabar decantando por pedir a Paolo Gentiloni, actual primer ministro, que forme el gobierno número 65 de la I República italiana. No olvidemos que Gentiloni cuenta con el total apoyo de Renzi (que fue quien le dio el mando del Palazzo Chigi en diciembre de 2016 y quien durante toda la campaña ha afirmado que sería muy buena su continuidad al frente del gobierno italiano) y también con el de Berlusconi, ya que Gentiloni, cuando fue ministro de Comunicaciones en el segundo Gobierno Prodi (2006-08), cuidó mucho sus relaciones con el grupo Mediaset, propiedad de la familia Berlusconi.

            Suceda lo que suceda con las negociaciones para formar gobierno, quien debe tomar nota muy importante de lo sucedido en estas elecciones es la Unión Europea. Porque el gran perdedor de estos comicios no es ni Berlusconi ni Renzi, sino la política comunitaria. Los italianos se han vuelto, en muchos casos, radicales antieuropeístas porque culpan a la UE del alto nivel de paro juvenil así como de la precariedad laboral, y también de las continuas oleadas inmigratorias. Las regiones más meridionales (el llamado Mezzogiorno) se sienten cada vez más abandonadas a su suerte y la mejor prueba de lo poco que aprecian las instituciones europeas está en el hecho de que Berlusconi había presentado como candidato alternativo (al encontrarse aún inhabilitado para ejercer cargo público) al presidente del Parlamento europeo, Antonio Tajani, pero lo único que logró fue que el otrora partido dominador de la vida política italiana desde 1994 fuera superado por primera vez por la antigua Liga Norte de Salvini, quien ha duplicado (casi triplicado) sus votos con respecto a los registros de la etapa dorada de Umberto Bossi, fundador del partido y ahora condenado a dos años de cárcel por corrupción. Y todo esto resulta particularmente preocupante en un país que, no debe olvidarse, no solo es la tercera economía de la eurozona, sino que ostenta la categoría de “país fundador” de la actual Unión Europea, ya que Italia fue uno de los seis países que formaron parte de la CECA en 1951, así como los tratados constitutivos de la CEE y el Euratom se firmaron seis años después en Roma, capital del Estado italiano. Ver para creer.

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