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Empeñados en rematar el álbum de sus ciento y pico “años de honradez”, los socialistas están regalando estampas inolvidables. Dentro de su preferencia por lo zarrapastroso hemos pasado de la gama de lo cutre –Ábalos en camiseta– a la vulgaridad millonaria del escándalo Plus Ultra y el rutilante joyero del contador de nubes. Algunas instantáneas: el festín de ostras y champán con que el fundador de la “compañía estratégica” celebraba los 53 millones de dinero público enterrado en su rescate; el testimonio de Gertrudis –“socialista hasta la médula”– sobre herencias de la abuela; portavoces que confunden quilates (ocultos en cajas fuertes) con calderilla (legados políticos que son bisutería fraudulenta); el chapoteo espasmódico de “la sincronizada” en la Prensa del Movimiento…

Hay nociones políticas que, por demasiado abstractas, difícilmente se abren paso. Estos días de bochorno –en termómetros y conciencias– garantizan que la hipocresía socialista, retratada al detalle, quede incrustada en la opinión como una evidencia. Que esa clarificación atenúe, en cierta medida, la vergüenza.

 

*Dedicado a la prensa amiga que, haciendo suyo aquello de cree el ladrón…, tergiversa como “silencio revelador” nuestro desinterés por las alhajas

José María Aznar ha asegurado que las próximas elecciones generales serán «las más trascendentales en España desde el comienzo de la Transición», al tiempo que ha alertado sobre el deterioro institucional del país, ha reivindicado la vigencia del marco constitucional en el País Vasco y ha defendido la democracia liberal como el sistema político que más prosperidad y estabilidad ha proporcionado a las sociedades occidentales. En su opinión, una eventual continuidad de la actual coalición de gobierno supondría el final del sistema constitucional conocido hasta ahora. «Si la coalición actual de Gobierno vuelve a formar gobierno, hará que el sistema constitucional que hemos conocido hasta ahora se termine». 

Todo en Sánchez es impostura y mentira. Su afectada “declaración institucional” reducida a recalentar el plato del “no a la guerra” constituyó la evidencia palmaria de su temeraria indiferencia hacia los intereses de España y un episodio más, pero especialmente grave, de su falta de escrúpulos a la hora de subordinar la política exterior española a sus propios intereses.

Ya sabíamos que gobernar sin el Parlamento significaba encadenar prórrogas presupuestarias sin rubor ni vergüenza; como si perder la confianza de las cámaras no tuviera consecuencias en una democracia parlamentaria. Desde ayer hemos podido comprobar que consiste, además, en enviar buques de la Armada a zonas en conflicto, sin encomendarse ni dar cuenta a nadie, 24 horas después de anunciar al mundo –en diez minutos de declaración institucional sin preguntas– que la política exterior de España se enuncia en cuatro palabras: No a la guerra. De nuevo, Sánchez confirma el dictado que define toda su política, resumido en solo tres: Todo es mentira.

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